Anuncio, esta novela se encuentra en corrección de ortografía y redacción, algunas cosas cambiaran y otras no........
La muerte de dos padres, una ruptura dolorosa, un accidente, una familia millonaria, un compromiso desde la niñez, una mujer y un hombre.
Sebastian Campbell, un capitán de la marina es degradado de su puesto y pasa a hacer un simple entrenador. Pero, lo más difícil que a enfrentado, es la ruptura de la mujer que ama.
Con los sentimientos heridos, se enfrenta a su familia quien, estaba en desacuerdo de que siguiera con aquella mujer.
Aleida Hamilton, es una artista famosa en Nueva York, un día decide volver a su antiguo hogar a visitar la tumba de sus padres, jamás imagino que se tocaría con el abuelo Campbell una platica y una verdad cayeron encima de Aleida quien esta en desacuerdo.
Sin vuelta atrás, Sebastian y Aleida se encuentra y sin siquiera darse cuenta, empezaron un matrimonio sin amor.
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Capítulo 24
...Sentimientos...
Aun en aquellos labios y con su virilidad al cien por ciento de dureza, apretó con más fuerza, más necesidad a la femenina contra él.
Ese beso que empezó por ser uno tierno paso a ser un beso apasionado y rápido, Aleida ya se había ha acostumbrado a la velocidad de esos labios que la llevaban aún cielo del que no quería bajar.
Sin más preámbulo en el asunto como pudo llegó hasta la orilla para salir con esa femenina en brazos sin dejar de besar la ni un solo momento.
Como si conociera el entorno tomó su chaqueta y la colocó en el suelo como pudo para después bajar y quedar de rodillas en ella.
Sebastián Compbell al ver y sentir la necesidad de oxígeno de parte de la femenina, detuvo el beso, pero no la soltó ni un solo momento.
La femenina poso su frente contra la de Sebastián y tomó aire para después decir con desconfianza
— Esto no está bien
— Ahora si soy sincero no me importa que está bien
Fue suficiente para que esta vez el deseo de Sebastián Compbell se mostrará una vez más, ya que posteriormente el recuerdo de esa noche permanecía en su cabeza torturando lo cada vez que la veía portar prendas de línea. En eso su caballo pasó, por un lado, y este tomó aquella manta que cargo por precaución al ver una nube gris que representa a una pronta tormenta.
Extendió la manta y fue entonces que recostó a la femenina en ella con él encima, sus besos eran apasionados y hambrientos al igual que aquellas manos que tocaban todo rastro de piel húmeda, las manos masculinas de Sebastián tocaban todo aquello que su memoria recordaba.
— Ah~ Sebastián ah~ para
— No, no me pidas eso por favor que no lo are
El beso su cuello como si fuera un chocolate del que pudiera morder con pasión.
Aleida solo jadeaba mientras sentía como su cuerpo era tocado con pasión, no quería comer el error de hace dos meses, pero esta vez había algo diferente con el hombre que la besaba y tocaba con bálsamo, era diferente sentía más la excitación que el hombre la hacía demostrar.
Aleida Hamilton se recargó en sus codos y dejó que el masculino hiciera lo que quisiera, una mano desconocida se había adentrado por debajo de su ropa interior haciendo que Aleida se dejara caer en la manta soltando un gran gemido del que Sebastián Compbell observo y escucho.
— Ah~
Si era como lo recordaba, esos sonidos que eran totalmente diferentes para Sebastián quien ya había estado con una mujer que no lo hacía sentir lo que la mujer debajo de él le hacía sentir ¡cosquillas!, si aquellos jadeos, gemidos le hacían sentir un cosquilleo y un palpitar realmente delicioso por introducirse en ella.
Aquellos dedos que daban masajes en círculos eran por así decirlo el cielo de la femenina quien cerró los ojos y encorvo la espalda sintiendo el placer, Sebastián pudo observar como su mano hacia todo el trabajo mientras sentía como la mujer escurría en su mano.
Sebastián al no aguantar más el dolor en su virilidad, tomó aquella ropa interior y se deshizo de ella lo más rápido de lo que hizo con la suya, al ver aquello la femenina cerró sus piernas y coloco sus manos en los pectorales masculinos evitando que este hiciera algo de lo que después podría culparla.
— Sebastián~ para ya me culpaste una vez por no detenerte no quiero otro reclamo
Sebastián Compbell tomó sus dos manos entre las suyas con gentileza, mirando solamente esos labios mientras sus cabellos mojados escurrían.
— Ahora ya no puedo detenerme
Estampó con violencia sus labios contra los de la femenina haciendo que en el impacto Aleida sintiera los dientes ajenos de ella no pudo poner resistencia, ya que el masculino se encargó de poseerla, la femenina no pudo evitar soltar un gemido potente por la inesperada penetración.
La lentitud del moviendo de pelvis era realmente mortal para la femenina quien empezaba de alguna manera para pedir más estimulación del masculino que gruñó al ser presionado en aquellas paredes que lo hacían perder la cabeza.
Sus movimientos de cadera fueron más rápido y constantes haciendo que la femenina se meciera paulatinamente.
Sebastián Compbell estaba perdido en limbo en la exquisitez de aquel momento íntimo, por supuesto ya lo había tenido una vez, pero se encontraba en un estado de ebriedad, que solo pudo recordar pequeños momentos, pero ahora lo estaba viviendo en carne propia y más cuerdo que nunca.
Su reloj marcaba las dos de la tarde y desde las nueve de la mañana Sebastián Compbell no se había parado en absoluto de poseer ese cuerpo femenino que empezaba a hacerse una droga de la que no estaba del todo conforme, en este momento la femenina se encontraba de espaldas al masculino mientras este la sostenía de sus pechos con un solo brazo, mientras que su otra mano sostenía sus caderas mientras empujaba más profundo.
...Dos horas...
Aleida dormía exhausta al lado de Sebastián quien la tenía cubierta con su chaqueta, él miraba hacia el cielo con la respiración agitada, sentía el aire fresco que se acercaba por la pronta tormenta.
Había cumplido el cometido de hablar con la mujer que dormía a su costado con tranquilidad, él se enderezó para poder observar a la femenina que no daba muestra de que despertaría al contrario se acurrucaba más.
Sebastián miró su cuerpo en especial aquellas piernas que no eran cubiertas, Sebastián se giró rápidamente al ver aquellas sierras que no hacían solamente que despertar devuelta su deseo.
Se puso de pie tomando sus ropas secas y se colocó sus pantalones y playera volviendo a cubrir su anatomía, cubrió a la femenina con la manta y la cargo en brazos, camino hasta su yegua donde con esfuerzo se subió en él con la chica en brazos, Máximo quien fue jalado sutilmente de las riendas siguió el paso de la yegua quien caminaba entre los árboles, un pastor alemán apareció de entre los arbustos y guio a los caballos hasta los establos.
Al tenerla así en sus brazos y el verla completamente frágil sintió ese instinto de protegerla aun si él salía lastimado de eso.
De algo estaba seguro Sebastián Compbell que las cosas cambiarían, pues la rubia en sus brazos le había dejado en claro que no era su enemiga.
...Un nuevo cambio....