Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai
NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 21: Dorotea habla.
El martes a las siete de la noche sonó el timbre.
Cassidy estaba en la cocina con Lucía repasando los números del último informe de Valentina cuando el sonido las interrumpió. Lucía fue a abrir. Volvió en quince segundos con los ojos muy abiertos.
—Es Dorotea, señora.
Cassidy dejó los papeles en la mesa. Respiró una vez. Se levantó.
Viniste. Sabía que vendrías.
Dorotea estaba en la puerta con el aspecto de alguien que no ha dormido en una semana, que era probablemente el caso. Más flaca que la última vez, más ojerosa, con un abrigo viejo que le quedaba grande y una bolsa de plástico en la mano que apretaba como si fuera lo único que la mantenía en pie.
Temblaba. Todo el cuerpo. Las manos, los labios, los hombros. Temblaba como tiembla la gente cuando lleva días peleando contra una decisión y finalmente se rinde.
—Pasa —dijo Cassidy.
La sentó en la sala. Lucía trajo agua. Dorotea agarró el vaso con las dos manos y no bebió. Solo lo sostuvo, como si necesitara algo a qué aferrarse.
Cassidy se sentó frente a ella. Sacó el teléfono del bolsillo y lo dejó en la mesa de cristal entre las dos, con la pantalla hacia arriba.
—Voy a grabar esta conversación, Dorotea. Necesito que lo sepas antes de empezar.
Dorotea miró el teléfono. Miró a Cassidy. Asintió con un movimiento mínimo de cabeza.
Cassidy activó la grabación.
—Es martes, siete y cuarto de la noche. Estoy con Dorotea... —Miró a la mujer—. ¿Apellido?
—Herrera. Dorotea Herrera.
—Dorotea Herrera, exempleada de la mansión Montero. Dorotea, nadie te está obligando a estar aquí. ¿Vienes por tu propia voluntad?
—Sí.
—¿Quieres contarme lo que pasó la noche antes de que yo entrara en coma?
Dorotea cerró los ojos. El vaso de agua le tembló en las manos. Cuando los abrió, estaban llenos de lágrimas, pero la voz le salió entera. Rota, pero entera.
—La señorita Andrea me llamó un jueves por la tarde. Me dijo que necesitaba hablar conmigo en privado. Nos vimos en un café cerca del centro, uno pequeño, de esos donde no va nadie. Me dio un frasco. Pequeño, de cristal oscuro, sin etiqueta. Me dijo que eran gotas naturales para dormir. Que usted llevaba semanas sin descansar, que estaba muy mal, que necesitaba ayuda pero que no aceptaba ir al médico. Me dijo que se las pusiera en el té. Diez gotas. Que no le dijera nada. Que era por su bien.
—¿Y tú le creíste?
—Le creí porque... —Dorotea tragó saliva—. Porque usted de verdad dormía mal, señora. La escuchaba llorar por las noches en ese cuarto. Todas las noches. Y la señorita Andrea era su amiga. Su mejor amiga. ¿Por qué iba a mentir?
Porque no era tu amiga. Nunca lo fue.
—¿Qué pasó esa noche?
—Le preparé el té a las nueve, como siempre. Le puse las diez gotas. Se lo llevé al cuarto. Usted lo tomó. Me dijo gracias. —La voz se le quebró—. Me dijo gracias, señora. Fue lo último que me dijo.
Dorotea se tapó la boca con la mano. Las lágrimas le corrían por las mejillas y le caían en el abrigo viejo.
—Me fui a mi cuarto. A la mañana siguiente el señor Duarte me despertó gritando. Usted estaba en el piso del cuarto de servicio. No respiraba. Tenía espuma en la boca. La ambulancia llegó en diez minutos.
Cassidy no se movió. No habló. Dejó que Dorotea llorara y siguiera.
—Después, en el hospital, cuando los doctores dijeron que había sido una sustancia tóxica, yo supe. Supe que no eran gotas para dormir. Quise decir algo. Quise hablar. Pero la señorita Andrea me llamó esa misma noche y me dijo que si abría la boca, me iba a meter presa a mí. Que ella tenía abogados y yo no tenía nada. Que nadie me iba a creer. Que mi hija se iba a quedar sola.
—¿Sebastián sabía?
Dorotea asintió.
—La señorita Andrea me dijo que el señor Duarte estaba de acuerdo. Que él había dado la orden. Que los tres estábamos metidos y que si yo hablaba, caíamos los tres, pero yo caía primero.
Cassidy apretó los puños debajo de la mesa donde Dorotea no pudiera verlos.
Te amenazaron. Te usaron como instrumento, te metieron miedo con tu hija y te tiraron a la calle cuando ya no les servías. No eres inocente, Dorotea. Pusiste el veneno en la taza. Pero la mano que movía la tuya era la de Andrea.
—¿Tienes el frasco?
Dorotea metió la mano en la bolsa de plástico y sacó un frasco pequeño de cristal oscuro, sin etiqueta, medio vacío. Lo dejó en la mesa con dedos temblorosos.
—Lo guardé. No sé por qué. Supongo que sabía que algún día iba a necesitarlo.
Cassidy miró el frasco. El líquido dentro era transparente, amarillento. Eso era lo que casi mató a Emilia Montero. Un frasquito de cristal que cabía en la palma de una mano.
—Una última pregunta, Dorotea. ¿Andrea te dijo de dónde sacó esto?
—No. Solo dijo que se lo había conseguido alguien de confianza. No me dio nombres.
Cassidy detuvo la grabación. Se recostó en el sofá y miró a Dorotea, que seguía llorando en silencio con el vaso de agua intacto en las manos.
—¿Qué va a pasar conmigo? —preguntó Dorotea con un hilo de voz.
—Lo que te prometí. Dinero para que te vayas de la ciudad con tu hija y empieces en otro lado. Mañana Lucía te contacta con los detalles. Pero necesito que hagas dos cosas.
—Lo que sea.
—Primera: no hables con nadie sobre esta conversación. Ni con Andrea, ni con Sebastián, ni con tu vecina, ni con el tipo del hotel. Con nadie. Si se enteran de que hablaste antes de que yo esté lista para actuar, se van a mover y vamos a perder la ventaja.
—¿Y la segunda?
—Cuando llegue el momento, y te voy a avisar cuándo, necesito que repitas esto frente a un juez. Todo. Exactamente como me lo contaste.
Dorotea palideció.
—Señora, si me paro frente a un juez...
—Vas a tener el mejor abogado que el dinero pueda comprar. Te lo garantizo. No vas a ir presa, Dorotea. Cooperaste. Fuiste manipulada. Cualquier juez con dos dedos de frente lo va a ver. Pero necesito tu testimonio. Sin él, el correo de Andrea es un papel. Con él, es una sentencia.
Dorotea la miró con los ojos rojos y la cara destruida. Y asintió.
—Gracias —dijo Cassidy.
Se levantó. Fue a la cocina. Volvió con un sobre que tenía preparado desde hacía tres días. Lo dejó en la mesa frente a Dorotea.
—Ahí hay suficiente para tres meses. El resto te llega cuando testifiques. Lucía te ayuda con todo: el viaje, la mudanza, lo que necesites.
Dorotea agarró el sobre con manos temblorosas. Se levantó. Caminó hacia la puerta. Se detuvo.
—Señora Montero.
—¿Sí?
—Yo le pegué una bofetada el día que usted volvió del hospital. Usted me la devolvió. Y después me echó.
—Me acuerdo.
—Me la merecía. Las dos. La bofetada y que me echara. Me merecía eso y mucho más.
Cassidy la miró. La mujer flaca, destruida, temblando en la puerta de la mansión donde una vez mandó como si fuera la dueña.
—Cuida a tu hija, Dorotea. Es lo único que importa.
Dorotea asintió y se fue.
Cassidy cerró la puerta. Se apoyó contra ella y soltó el aire que llevaba conteniendo desde que empezó la grabación.
Lucía apareció desde la cocina.
—¿Habló?
—Todo. Tengo la grabación y el frasco.
—Dios mío, señora.
—Dios no tuvo nada que ver con esto, Lucía. Esto fue Andrea Ríos, Sebastián Duarte y un frasquito sin etiqueta.
Subió al despacho. Guardó el teléfono con la grabación en la caja fuerte que había mandado a instalar la semana anterior. Puso el frasco de cristal en una bolsa de plástico con cierre y lo guardó al lado.
Una prueba más. El correo de Andrea, la confesión de Dorotea, el frasco con el líquido. Falta el informe completo de Valentina y lo que Daniel descubra sobre su padre. Cuando tenga todo, las serpientes no van a tener por dónde escapar.
Se sentó en la silla giratoria. Giró una vez. Despacio.
Voy por ustedes. Uno por uno. Y no voy a parar hasta que no quede nada.
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖