Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.
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Capítulo | 15
Camila
Apenas cruzamos la entrada de la empresa, sentí cómo las miradas se posaban sobre nosotros.
No era incomodidad. Era sorpresa. Y casi de inmediato, sonrisas.
Algunos saludaban con discreción; otros no disimulaban la ternura al ver a Nicolás con Alvarito sujeto a su pecho, tranquilo, atento a todo, como si aquel lugar lleno de trajes, vidrio y pasos apresurados también le perteneciera.
—Buenos días —saludó Nicolás, con naturalidad.
Respondí de la misma forma, intentando conservar la compostura profesional, aunque por dentro algo se aflojaba.
El primero en acercarse fue Braulio.
—Buen día —dijo, y luego bajó un poco la voz—. Pero miren esto…
Se aproximó con una sonrisa abierta, como si el día se le hubiera iluminado de pronto.
—Hola, campeón —le habló a Alvarito—. ¿Qué haces aquí tan temprano?
Nicolás se inclinó ligeramente y Braulio lo cargó con cuidado, con una soltura que me sorprendió.
—Míralo —comentó—. Ya es todo un Luna.
Alvarito lo observaba fascinado, moviendo las manos, curioso.
—Hoy nos tocó improvisar —dije.
—Se nota que improvisan bien —respondió Braulio, devolviéndoselo a Nicolás—. Que tengan un buen día.
Antes de que pudiéramos avanzar unos pasos más, una voz conocida se impuso entre el murmullo del hall.
—Vaya, vaya…
Arturo apareció frente a nosotros, con esa sonrisa ladeada que siempre anunciaba algún comentario ingenioso.
—Mírenlo —continuó—. Traje impecable, reunión tras reunión, casos ganados y además cargando al bebé como si fuera parte del uniforme.
Se detuvo frente a Nicolás y lo observó de arriba abajo.
—Definitivamente, amigo, eres el ejemplo perfecto de que se puede dirigir una empresa, ganar juicios… y cambiar pañales sin despeinarse.
Nicolás soltó una breve risa.
—Me esfuerzo por ser funcional en todos los frentes —respondió.
—Multifacético —corrigió Arturo—. Muy multifacético.
Luego miró a Alvarito.
—Y tú —añadió—, ya te estás acostumbrando a los privilegios, ¿no? Oficina privada, atención personalizada… vas rápido.
Alvarito respondió con un sonido indefinido, moviendo las manos, como si entendiera que hablaban de él.
No pude evitar sonreír.
—Creo que disfruta demasiado ser el centro de atención —comenté.
—Eso también lo heredó —dijo Arturo, mirando a Nicolás—. Sin duda.
Arturo nos deseó buen día y se alejó, todavía sonriendo.
Nicolás me entregó a Alvarito para irse hacia su oficina, yo seguí mi camino hacia la mía, con la sensación de que, sin proponérselo, Nicolás había vuelto a llamar la atención de todos. No por su cargo, ni por su apellido, sino por esa capacidad suya de encajar en cualquier papel con una naturalidad que… empezaba a resultarme difícil de ignorar.
Apenas entré, mi asistente levantó la vista… y se quedó completamente embobada.
—¿Ese… es Alvarito? —preguntó, acercándose de inmediato.
—Sí —respondí, sonriendo—. Hoy nos acompaña.
No tardó en hablarle, hacerle gestos, reírse con cada sonido que él emitía. Por un momento, mi oficina dejó de sentirse como un espacio de decisiones y números, y se volvió algo más… humano.
A media mañana, Nicolás apareció en la puerta.
—Vengo a llevármelo un rato —dijo—. Me toca turno.
Mi asistente hizo un gesto de protesta fingida.
—No es justo —murmuró—. Justo ahora que nos estábamos volviendo tan amigos.
Nicolás lo tomó en brazos y se lo llevó, mientras yo retomaba el trabajo.
Un rato después, fui a sacar unas copias. Al llegar a la impresora, me encontré con Nicolás.
—¿Y dónde dejaste al niño? —pregunté, mirando alrededor—. ¿Por qué estás aquí solo?
Sonrió, apoyándose contra el mueble.
—Nuestro hijo es todo un galán —respondió—. Tiene a todas las secretarias y asistentes de la empresa completamente cautivadas.
Fruncí el ceño, incrédula.
—¿Qué?
Señaló con la cabeza hacia el fondo del área común.
Seguí su mirada.
Allí estaban. Varias chicas de distintos pisos, algunas de pie, otras agachadas, turnándose para cargarlo, hablarle, hacerlo reír. Alvarito parecía encantado, observando cada rostro, cómodo, feliz, rodeado de atención.
No pude evitar reír.
—Míralo —dije—. Ni siquiera se acuerda de nosotros.
—Salió a su padre —comentó Nicolás, con tono divertido—. Encanto natural.
La risa me ganó por completo. Una carcajada franca, espontánea.
Nicolás me observó un segundo más de lo habitual.
—Hacía mucho que no te veía reír así —dijo—. De verdad.
Mi risa se fue apagando poco a poco.
Sentí algo parecido a un pequeño sobresalto. Un nerviosismo sutil, inesperado.
—Bueno… —murmuré, desviando la mirada—. Supongo que el ambiente ayuda.
Asentí, como si eso explicara todo.
Pero mientras regresaba a mi oficina, no pude dejar de pensar que no había sido solo el ambiente.
Había sido él. Y eso… me inquietó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
A la hora del almuerzo fui a la oficina de Nicolás en busca de mi hijo para darle de comer.
Él tenía al niño en la cuna portátil que había improvisado junto a su escritorio y revisó la hora en el reloj.
—Vengo para darle su biberón — dije.
—Si termino con esto en unos minutos, ¿te parece que vayamos a almorzar? —preguntó, sin mirarme directamente—. Afuera. Algo rápido.
Levanté la vista, sorprendida.
No era una invitación habitual. No así.
—¿Aquí cerca? —pregunté.
—Sí —asintió—. Hay un restaurante tranquilo a un par de cuadras. Podemos llevar a Alvarito.
Dudé apenas un segundo.
—Está bien —acepté al final.
No sonrió de inmediato, pero noté ese gesto leve en su expresión, casi imperceptible, que aparecía cuando algo le agradaba de verdad.
—Perfecto —dijo—. Dame unos minutos más y nos vamos.
Entonces decidí esperar en su oficina.
Estaba sentada con mi hijo en brazos, entretenido con uno de los bolígrafos que había logrado rescatar de la mesa. Nicolás revisaba unos documentos en la computadora, concentrado, pero atento a cada sonido que hacía el niño.
La escena era… doméstica. Íntima. Casi impropia de una oficina.
Fue entonces, cuando llamaron a la puerta.
—Adelante —dijo Nicolás, sin levantar la vista.
La puerta se abrió y Danna apareció en el umbral.
La reconocí de inmediato.
Su mirada recorrió la oficina en apenas un segundo, pero fue suficiente.
Primero Nicolás. Luego el niño en mis brazos. Finalmente, yo.
No dijo nada al principio. Solo se quedó ahí, observando.
Y yo lo noté.
Noté cómo su expresión cambiaba apenas, cómo su gesto se tensaba de forma casi imperceptible. No era sorpresa. Era algo más cercano a la molestia. A la frustración.
—Hola, Danna.
Nicolás la miró con naturalidad.
—No sabía que estabas ocupado —dijo finalmente, con una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Lo estoy —respondió Nicolás, ahora sí girando hacia ella—. Y bastante.
Se acercó un poco más, como si dudara si entrar del todo o no.
—Solo quería consultarte algo —añadió—. Es un caso similar al que me asignaron la otra vez y pensé que tal vez podrías orientarme.
Mientras hablaba, su mirada volvía una y otra vez a Alvarito. A mis brazos alrededor de él. A esa imagen que, evidentemente, no había esperado encontrar.
Nicolás cerró el archivo que estaba revisando.
—Ahora mismo no voy a poder ayudarte —dijo con calma—. Estoy con poco margen hoy.
Danna frunció levemente el ceño.
—Es importante…
—Lo entiendo —la interrumpió, sin dureza—. Pero en este caso te conviene hablar con Arturo. Él también es abogado y es especialista en casos como el tuyo. Tiene más experiencia — miró a Alvarito y a mí — y más tiempo libre para ayudarte.
Hubo un breve silencio.
Danna asintió despacio.
—Claro —dijo—. Sí, Arturo… tiene sentido.
—Su oficina es la que está enfrente. Dile que vas de mi parte y él te hará un lugar en su agenda.
Nos dedicó una última mirada, rápida, contenida. Luego se despidió y salió de la oficina.
Cuando la puerta se cerró, el ambiente pareció relajarse de inmediato.
Yo no dije nada.
Pero por dentro, algo se había acomodado.
No porque Danna se hubiera marchado, sino por la forma en que Nicolás lo había hecho. Sin explicaciones innecesarias. Sin ambigüedades. Marcando un límite claro.
Alvarito se movió inquieto en mis brazos y yo lo acomodé con cuidado.
Nicolás volvió a mirarme.
—Enseguida nos vamos —dijo.
Asentí.
Y en mucho tiempo, sentí que esa escena —esa oficina, ese niño, ese hombre— no era solo una casualidad. Era una elección.