Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 18
Adriel Finamente llegó al palacio de Seraphina como el tenía negocios con el hermano mayor de Seraphina pese al escándalo era bienvenido siempre en la mansión
—señoria vine a informale Que el conde Adriel solicita verla,
—Señorita, ¿baja a recibirlo? —preguntó Berta, con cierto tono de advertencia—. Su padre insistió en que... bueno, en que el conde Adriel es bienvenido en esta casa.
Seraphina suspiró. Llevaba tres días encerrada. Tres días sin ver a Cyran. Tres días pensando en cómo llegar hasta él.
—Está bien —dijo, alisando su vestido—. Bajo.
Bajó las escaleras con paso firme, la cabeza en alto. En la entrada, Adriel esperaba. Cuando la vio aparecer, sus ojos se iluminaron con una esperanza que a ella le provocó un nudo en el estómago.
—Mi amor —dijo él, y fue hacia ella con los brazos extendidos, como si fueran amantes que se reencuentran después de una larga ausencia.
Seraphina no se movió. Lo miró fijamente, con una calma que helaba.
—¿Acaso te golpeaste la cabeza? —preguntó ella, sin rastro de calidez—. ¿Se te olvidó que estoy con Cyran?
El rostro de Adriel cambió en una fracción de segundo. La esperanza se apagó, reemplazada por algo más oscuro.
—¿Por qué? —la voz se le quebró—. Él nos mató, ¿se te olvida? Nos mató a los dos en ese mundo. ¿Cómo puedes estar con él? ¿Por qué? Te juro que no te entiendo.
Seraphina sostuvo su mirada. No había odio en sus ojos, pero tampoco vacilación.
—Porque me enamoré —respondió con suavidad, pero con firmeza—. Me enamoré perdidamente de Cyran. Conocí un lado de él que jamás había visto. Y sí, tienes razón. Él y yo nos hicimos mucho daño.
Hizo una pausa. Tragó saliva.
—Pero yo soy tan culpable como él. Yo también le rompí el corazón infinidad de veces. Lo humillé, lo golpeé, lo escupí, huí de él. Pero ahora... ahora nos amaremos de la manera correcta.
—No —Adriel negó con la cabeza, sus manos temblando—. No, no lo acepto.
—Lo siento —dijo Seraphina, y por primera vez su voz tuvo un dejo de tristeza—. Pero tendrás que aceptarlo, quieras o no. Porque no voy a cambiar de opinión.
El silencio se instaló entre ellos. Pesado. Doloroso.
Adriel la miró largamente. Luego, sin decir una palabra, dio media vuelta y salió del palacio.
Seraphina se quedó quieta, escuchando cómo el carruaje se alejaba.
—¿Señorita? —la voz de Berta detrás de ella—. ¿Está bien?
—No —susurró Seraphina—. No lo estaré hasta que pueda verlo.
Subió las escaleras de regreso a su habitación. Tres días. Llevaba tres días encerrada. Y afuera, en algún lugar del reino, Cyran probablemente pensaba que lo había abandonado otra vez.
—Necesito que sepas que no lo hice —murmuró hacia la ventana, como si él pudiera escucharla—. Necesito que sepas que no te abandoné.
Capítulo 4: El murmullo de los sirvientes
Cyran no había salido de su habitación en tres días.
Los médicos entraban y salían. La reina lloraba a su puerta. El rey amenazaba con desheredarlo. Pero él permanecía inmóvil en la cama, mirando el techo, con los ojos secos de tanto llorar.
—No quiere comer, majestad —susurró un sirviente a la reina—. No quiere hablar. Solo repite un nombre.
—¿Qué nombre? —preguntó la reina, aunque ya lo sabía.
—Seraphina, majestad. La hija del marqués.
La reina apretó la mandíbula. Esa mujer. Esa desgraciada que había humillado a su hijo, que lo había abandonado en el altar, que se había fugado con otro. Y ahora su hijo, su heredero, se estaba muriendo por ella.
—Que entre el médico de nuevo —ordenó—. Y que alguien me traiga noticias de esa... de esa mujer.
En el palacio del marqués, Seraphina aprendió a sobrevivir.
Los primeros días fueron de gritos. Su padre, el marqués, la insultó durante horas. Le recordó la deshonra, la humillación, las miradas de la corte. Le dijo que preferiría tener una hija muerta antes que una hija fugitiva.
—No vuelvas a pronunciar el nombre del príncipe en esta casa —sentenció antes de encerrarla—. Ya has hecho suficiente daño.
Pero lo peor no fue su padre.
Lo peor fue su hermano.
Lucian, el primogénito, el heredero del marquesado, siempre había sentido celos de la atención que Seraphina recibía. Ahora tenía la excusa perfecta para castigarla.
—La señorita necesita aprender modales —dijo a los sirvientes el primer día—. Asegúrense de que entienda su lugar.
Y los sirvientes obedecieron.
La primera vez fue una bofetada por "hablar cuando no debía". La segunda, un golpe en el estómago por "mirar con soberbia". La tercera, un empujón contra la pared por "intentar escapar" cuando solo quería asomarse a la ventana.
Seraphina aprendió a callar. Aprendió a bajar la mirada. Aprendió a no quejarse.
Pero nunca aprendió a dejar de pensar en Cyran.
—Señorita —susurró Berta una noche, entrando a escondidas con una vela—. Traje algo de comer. El cocinero me ayudó.
Seraphina estaba en el suelo, acurrucada contra la pared. Tenía un moretón en el pómulo y el labio partido.
—Gracias, Berta —dijo con voz débil—. Pero no tengo hambre.
—Tiene que comer —insistió Berta, arrodillándose a su lado—. No puede dejarse morir.
—No me dejo morir —respondió Seraphina, y por primera vez en días, sus ojos brillaron—. Solo... solo pienso en él. En Cyran. ¿Sabes algo? ¿Has oído algo?
Berta dudó.
—Señorita...
—Por favor, Berta. Tú eres lo único que tengo.
Berta suspiró. Miró hacia la puerta para asegurarse de que nadie escuchaba.
—Los sirvientes del palacio real hablan —susurró—. Dicen que el príncipe no ha salido de su habitación en tres días. Que no come, que no habla. Que solo repite un nombre.
Seraphina sintió que el corazón se le partía en mil pedazos.
—Mi nombre —susurró—. Repite mi nombre.
Berta asintió.
—Cree que usted lo odia, señorita. Cree que usted lo abandonó otra vez. No sabe que está encerrada. No sabe lo que le hacen.
Seraphina apretó los puños. Las uñas se clavaron en sus palmas.
—Tengo que verlo —dijo con urgencia—. Tengo que decirle que no lo abandoné. Que lo recuerdo todo. Que lo amo.
—¿Cómo, señorita? Su hermano la tiene vigilada. Los sirvientes la golpean. Su padre no la deja salir.
Seraphina la miró. Y en sus ojos, a pesar del dolor, a pesar de los moretones, a pesar de todo, había una determinación feroz.
—No lo sé —admitió—. Pero lo haré. Escapé de este palacio una vez con Adriel. Lo haré de nuevo, pero esta vez para llegar a Cyran.
Berta la miró con miedo y admiración a la vez.
—Si la descubren, señorita... su hermano...
—Que me maten —la interrumpió Seraphina—. Prefiero morir intentando verlo que vivir un día más sin él.
Al día siguiente, en el palacio real, Cyran se levantó de la cama por primera vez en tres días.
Los sirvientes se sorprendieron al verlo de pie, aunque apoyado en la pared, pálido como un fantasma.
—Majestad —dijo uno—. Debería descansar...
—No —respondió Cyran con voz ronca—. Necesito... necesito saber.
—¿Saber qué, majestad?
Cyran lo miró. Sus ojos estaban hinchados, rojos, pero había algo nuevo en ellos. Algo que no estaba antes.
Determinación.
—Necesito saber si ella me odia. Necesito verla. Necesito... —tragó saliva—. Necesito escucharlo de sus labios. Que me diga que no me quiere. Porque si no lo hace...
—¿Si no lo hace, majestad?
Cyran enderezó la espalda. El camisón real colgaba de su cuerpo demacrado, pero su voz, por primera vez, sonó firme.
—Si no lo hace, iré a buscarla. Como antes. Pero esta vez no la encerraré. Esta vez le demostraré que puedo ser el hombre que ella merece.
El sirviente no supo qué responder.
Cyran caminó hacia la ventana. Miró hacia el horizonte, hacia el lugar donde sabía que estaba el palacio del marqués.
—Espérame, Será —murmuró—. Voy a buscarte. Y esta vez no habrá cadenas. Solo yo. Solo tú. Y la promesa de hacerlo bien.
Esa misma noche, en el palacio del marqués, Seraphina escuchó pasos en el pasillo.
Pero no eran los pasos de los sirvientes que venían a golpearla.
Eran pasos firmes. Autoritarios. Conocidos.
La puerta se abrió.
Y allí, iluminado por la luz de las velas, estaba Cyran.
Ella abrió la boca para hablar, pero él se llevó un dedo a los labios. Luego, con una mirada que recorrió su rostro, sus moretones, su labio partido, sus ojos se llenaron de una furia que ella jamás había visto.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó con voz baja, temblorosa, peligrosa.
Y Seraphina, por primera vez en días, sonrió.
—Cyran —susurró—. Viniste.
—Siempre voy a ir a ti —respondió él, entrando y cerrando la puerta—. Siempre. Aunque tenga que cruzar mundos. Aunque tenga que enfrentarme a todos. Aunque tenga que morir en el intento.
Ella se levantó temblando. Dio un paso hacia él.
Él dio tres hacia ella.
Y cuando por fin se tocaron, cuando sus brazos la rodearon con una suavidad que contrastaba con la furia en sus ojos, Seraphina sintió que todo el dolor de los últimos días valía la pena.
—Pensé que me odiabas —susurró Cyran contra su cabello.
—Pensé que habías vuelto a ser el de antes —respondió ella entre lágrimas.
—Nunca —dijo él, apretándola más—. Nunca volveré a ser ese. Te lo prometo.
—Lo sé —respondió ella—. Por eso te amo.
Afuera, en los jardines, Berta vigilaba. Había sido ella quien había hecho llegar un mensaje al palacio real. Había sido ella quien había abierto la puerta trasera. Había sido ella quien arriesgaba su vida por su señora.
Y mientras miraba la ventana iluminada, sonrió.
—Cuídala, príncipe —susurró—. Cuídala como ella merece.