Desde la ventana de su habitación, Mireya aprendió a escapar sin salir de casa.
A sus dieciséis años, el mundo le quedaba grande: discusiones detrás de las paredes, una bebé llorando en la habitación contigua y la palabra separación flotando como una sombra imposible de ignorar. Pero al otro lado de la calle había algo distinto. O alguien.
Ryan.
Veintiuno. Cabello castaño arrulado. Ojos verdes imposibles de olvidar. Siempre tranquilo. Siempre ajeno a la mirada que lo observaba cada tarde.
Él nunca la notaba.
Hasta que el destino decidió que una ventana no sería suficiente para mantenerlos separados.
Y lo que comenzó como simple curiosidad... estaba a punto de cambiarlo todo.
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Capítulo 8
Capítulo 8: Confundido
Pov: Jack
No esperaba que hablara.
La mayoría de la gente se da la vuelta cuando les digo algo así. Se ofenden, se van, o empiezan a discutir. Ella no.
Se queda quieta.
Mira la guitarra como si no supiera qué hacer con ella. Su expresión no cambia… pero la tensión en sus hombros sí.
Joder.
No quería hacerla sentir peor.
No soy bueno con esto.
Las personas.
Las emociones.
Las conversaciones largas.
Trabajo aquí porque es sencillo: vender instrumentos, dar el cambio, decir “que tengas buen día”.
Nada más.
Pero la forma en que está parada frente a la guitarra me molesta.
No por ella.
Por lo que me recuerda.
Esa mirada.
La he visto.
En espejos.
En noches donde no quería pensar.
En momentos en los que fingía que todo estaba bien.
Respiré hondo.
No iba a arreglarle la vida.
Ni quería.
Pero tampoco iba a dejar que se sintiera peor por mi culpa.
Me acerqué un poco más al mostrador.
No demasiado.
Solo lo suficiente.
—No fue un insulto —dije.
Mi voz salió más calmada.
Ella parpadeó.
Me miró.
—Pues sonó como uno.
Tenía razón.
Fruncí un poco el ceño.
—No era la idea.
Silencio.
Otra vez.
Genial.
La gente siempre se pone incómoda cuando hablo demasiado.
Pero no podía dejarlo así.
La vi antes.
Esa mirada.
Perdida.
Vacía.
No sé qué le pasó.
No es mi problema.
No debería serlo.
Y aun así…
Algo me obligó a seguir.
—Día difícil, ¿eh?
La pregunta salió sin mucha intención.
Solo para romper el silencio.
Ella me miró.
Y esta vez no respondió de inmediato.
Sus labios se movieron, como si quisiera decir algo.
Luego los apretó.
—Algo así.
Bien.
Un inicio.
Pequeño.
Pero algo.
Asentí.
—Se nota.
Otra vez la mirada. No de enojo. No de desafío. Tristeza.
Joder.
No soy psicólogo. No soy su amigo.
No tengo que meterme, pero tampoco soy un imbécil. Me apoyé en el mostrador. No demasiado cerca.
Solo lo suficiente para no parecer hostil.
—Si quieres… puedes sentarte un minuto.
No era una invitación enorme.
Solo un gesto.
La tienda tenía un banquito al lado de la sección de guitarras. Nadie lo usa.
Pero está ahí.
Ella me miró.
Como si evaluara la oferta.
Luego se mordió el labio. Dudó y finalmente caminó hasta el banco.
Se sentó. No habló.
Bien.
No necesitaba hablar de inmediato.
A veces solo estar en silencio ayuda.
Lo sé por experiencia.
Me quedé en mi lugar. Mirando el mostrador. No quería presionarla, pero tampoco podía fingir que no la vi. La forma en que llegó.
La expresión.
La tristeza.
Me recordó cosas. No quería pensar en eso, pero ahí estaba. La sensación de que la gente a veces carga cosas demasiado pesadas. Cosas que no cuentan. Que esconden.
Que los rompen un poco por dentro.
Joder.
No soy el tipo de persona que dice estas cosas ni el que escucha problemas.
Pero tampoco iba a seguir siendo frío sin motivo.
Respiré hondo.
—No tienes que decir nada.
Ella me miró.
Un segundo.
Dos.
Luego bajó la vista.
—Escuché a mi mamá —dijo.
La frase salió baja.
Como si le costara.
Me quedé quieto. No dije nada.
Solo la dejé seguir.
—Hablaba por teléfono —continuó—. Con alguien.
Su voz tembló un poco. Solo un poco.
Pero lo suficiente para notarlo.
Joder.
No necesitaba ser un genio para entenderlo.
Una llamada. Secretos.
Esa mirada.
Me quedé en silencio.
No era mi lugar preguntar, pero ella siguió hablando. Como si necesitara sacarlo.
—Dijo que lo extrañaba.
Tragué saliva.
No respondí.
No tenía que hacerlo. Ella apretó las manos sobre las rodillas.
—Que pensaba en él.
Otra pausa.
Más larga.
—Que lo quería.
El aire de la tienda se sintió más pesado.
No porque hubiera cambiado.
Sino porque la tensión estaba ahí.
En su voz.
En su postura.
En la forma en que intentaba no llorar.
Joder.
No soy bueno con esto. No sé qué decir.
No voy a fingir que entiendo todo.
Pero la vi.
De verdad la vi.
No la chica problemática del choque.
No la cliente grosera sino alguien que estaba pasando por algo.
Algo que la dolía.
Asentí lentamente.
—Eso apesta.
Las palabras salieron simples.
Honestas.
No era un discurso.
No una solución.
Solo reconocimiento. Porque a veces eso es lo único que alguien necesita.
Que alguien admita que las cosas están mal. Ella me miró.
Sus ojos estaban un poco rojos.
No estaba llorando.
Aún.
Pero estaba cerca.
—Sí —susurró.
Silencio.
No incómodo.
Solo… presente.
Me quedé en el mostrador.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
Y por primera vez desde que entró…
No me pareció una desconocida.
Solo alguien pasando por un día horrible.
Como todos.
Respiré hondo.
—No soy bueno con consejos —dije—. Pero si necesitas estar aquí un rato, está bien.
No era mucho.
Pero era algo.
Ella me miró.
Y por un segundo pensé que iba a negarse.
No lo hizo.
Asintió apenas.
—Gracias.
Pequeña palabra. Gran peso.
No respondí.
No hacía falta.
La tienda volvió a quedarse en silencio. No incómodo. Solo… tranquilo.
Y por primera vez desde que entró,
no sentí ganas de que se fuera.
Pov: Ryan
No me gustan esas cosas.
Ashlie no se lo merecía.
Ella solo quería ser amable.
Quería hablar con los vecinos, saludar. Nada más.
Y aquella castaña respondió como si la hubieran atacado.
Como si todo fuera una ofensa.
Eso me molestó.
Todavía me molesta.
No entiendo por qué alguien reacciona así sin motivo.
No la conozco bien.
Solo la he visto un par de veces.
El choque en la calle.
La actitud en la puerta.
La forma en que habló.
No fue solo grosería.
Fue esa sensación de que el mundo le debe algo.
Egocentrismo.
Quizá es una palabra fuerte.
Pero se siente así.
Como si su mal día justificara tratar mal a los demás.
Y no funciona así.
Ashlie no tenía la culpa.
Nadie la tenía.
Cuando me fui con Lucas, la vi alejarse por la calle.
Pasos rápidos.
Hombros tensos.
Ni siquiera miró atrás.
No sé por qué me quedé pensando en eso.
No debería importarme.
No es mi problema.
Pero sí me importó.
Por cómo habló.
Por la forma en que miró a Ashlie.
Por esa actitud.
Al principio pensé que quizá era tímida.
Que el choque la había puesto nerviosa.
Que el pastel que trajo (sí, lo recuerdo) era un gesto amable.
Me pareció una chica normal.
Un poco distraída.
Nada más, pero ahora… no sé.
Me está cayendo mal. No quiero ser injusto. No la conozco de verdad. Quizá tiene problemas. Quizá está pasando por algo, pero eso no explica tratar mal a la gente. No a Ashlie.
No a nadie.
Llegué a casa todavía molesto.
Dejé las llaves sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
Mi mamá estaba en la cocina.
—¿Todo bien? —preguntó.
Suspiré.
No quería hablar de eso.
Pero terminé contándolo.
—La vecina —dije—. La chica nueva.
Mi mamá me miró con atención.
—¿Qué pasó?
Me crucé de brazos.
—Fue grosera con Ashlie.
Las palabras salieron secas.
Todavía con rabia.
Mi mamá frunció un poco el ceño.
—Quizá tuvo un mal día.
—Un mal día no justifica ser así.
No quise sonar tan firme.
Pero salió.
Mi mamá dejó la taza sobre la mesa.
—A veces la gente reacciona mal cuando está dolida.
Negué con la cabeza.
—Eso no significa que puedan tratar a otros como basura.
Ella me observó un segundo.
No discutió.
—Entiendo —dijo.
Me senté en la silla del comedor.
Todavía molesto.
—Al principio pensé que era distinta —continué—. Por lo del pastel.
Me arrepentí apenas lo dije.
No quería sonar como si eso hubiera cambiado mi opinión por completo.
Pero lo hizo.
Un poco.
El gesto me pareció amable.
Ahora no estoy tan seguro.
Mi mamá levantó una ceja.
—¿El pastel?
Asentí.
—Sí. Pensé que era una chica normal.
Silencio.
Luego mi mamá habló.
—No la conoces.
Tenía razón.
No la conozco.
Pero sí vi cómo se comportó.
Y no me gustó.
Me recosté en la silla.
—Parece egocéntrica.
La palabra salió sin filtros.
Mi mamá no reaccionó con sorpresa.
Solo me miró.
—No saques conclusiones tan rápido.
Fruncí el ceño.
—No es tan complicado.
—Las personas lo son.
Quise responder.
Pero no lo hice.
Porque en el fondo…
sabía que tenía un punto.
No la conozco.
Solo he visto fragmentos.
El choque.
La actitud.
Las palabras.
Quizá estoy juzgando demasiado rápido.
Pero tampoco voy a fingir que me cayó bien. No ahora. No después de cómo habló.
Suspiré.
—Solo digo lo que vi.
Mi mamá asintió.
—Está bien.
No quería seguir hablando del tema.
Así que cambié de asunto.
—¿Cómo estuvo el hospital?
Ella sonrió levemente.
—Largo.
La conversación murió ahí.
Me quedé en silencio.
Todavía pensando en la escena.
En Ashlie.
En la expresión de Mireya cuando se fue.
En la sensación extraña que me dejó.
No me gusta tener conflictos.
No me gusta la mala vibra.
Y no me gusta sentir que alguien actúa como si el mundo girara a su alrededor.
Quizá estoy siendo duro.
Quizá me falta contexto.
Pero por ahora…
no tengo ganas de defenderla.