En un mundo de depredadores, el hambre es más fuerte que el miedo."
En una sociedad regida por las Jerarquías de Oro, donde el aroma de un Alpha puede doblegar voluntades y los Omegas son meros accesorios de estatus, Fabiana Lagos ha decidido romper las reglas. Criada en la miseria asfixiante de "El Cinturón", Fabiana no busca amor ni redención; busca el poder que solo el dinero puede otorgar. Ella es una Omega recesiva: invisible para el radar de muchos, pero con una voluntad de hierro que compensa su biología "débil".
Su objetivo es Alessandra Volkov, conocida como la "Viuda de Hierro". Una Alpha Pura cuya sola presencia colapsa el sistema nervioso de quienes la rodean y cuyas finanzas mueven los hilos del mundo.
En este duelo de voluntades, la línea entre la ambición y la supervivencia se desdibuja.
¿Podrá Fabiana cobrar su cheque antes de que el sistema nervioso, su corazón se calcine bajo el toque de la Viuda de Hierro?
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Capítulo 20
El salón de eventos del hotel "L’Océan" era una pecera de tiburones vestidos de etiqueta. El olor a perfume caro y traición flotaba en el aire. Alessandra Volkov estaba de pie cerca de la barra, con un vaso de whisky puro en la mano. Su mirada gris recorría la entrada con la precisión de un francotirador. Estaba furiosa. No, "furiosa" era una palabra pequeña; estaba en combustión interna. Sabía que su esposa había dormido en la suite de Morgana Sterling. El pensamiento de esas dos bajo el mismo techo le retorcía las tripas, aunque su orgullo le impedía admitir los celos.
De pronto, el murmullo del salón se detuvo.
Fabiana entró. No caminaba, desfilaba. Llevaba un vestido de seda negra con un escote que terminaba donde empezaba el pecado y una abertura en la pierna que dejaba ver la piel canela que Morgana había marcado la noche anterior. Iba de la mano con Morgana, quien lucía una sonrisa de triunfo depredador.
Alessandra interceptó el paso de ambas antes de que llegaran al centro del salón. La tensión era tan alta que las copas de cristal parecían vibrar.
—Te ves... radiante para haber dormido en cama ajena, Fabiana —siseó Alessandra, su voz era un trueno contenido—. Suéltala, Sterling. Ahora.
Fabiana no bajó la mirada. Se acomodó un mechón de pelo y soltó una risita seca, cargada de una confianza que Alessandra ya conocía conocía muy bien.
—¿Cama ajena? Ay, Alessandra, no seas tan dramática —soltó Fabiana con ese acento que siempre ponía nerviosa a la rusa—. Morgana es una excelente anfitriona. Tiene una hospitalidad que a ti se te olvidó hace siglos. Aquí la única que sobra con esa cara de velorio eres tú.
—Soy tu esposa —rugió Alessandra por lo bajo, acercándose tanto que Fabiana pudo oler el alcohol y el tabaco—. Y te estoy dando una orden.
—Tú me das órdenes en tu oficina, no en mi vida —desafió Fabiana, dándole un sorbo a la copa de champaña que Morgana le ofrecía—. Disfruta la fiesta, "Viuda de Hierro", porque te ves oxidada.
Alessandra le apretó el brazo, sus ojos echando chispas.
—Disfruta tu rebeldía mientras dure, Fabiana. Mañana a primera hora sale el jet. Nos regresamos a Rusia. Se acabó el jueguito de la libertad. En Moscú recordaras quién manda.
Fabiana sintió un frío en la espalda, pero no dejó que se le notara. Sabía que el contrato de Italia estaba en su bolso, pero no era el momento de soltar la bomba.
—Ya veremos quién regresa a dónde, Alessandra. Por ahora, déjame bailar con alguien que sí sepa mover la cintura.
Mientras la gala ardía, en el ático de la capital, Victoria Thorne celebraba la "estabilidad" con Lucía. Habían cenado langosta y bebido el vino más caro de la reserva. Victoria miraba a Lucía con una adoración que rozaba la locura.
—No puedo creer la suerte que tengo —susurró Victoria, acariciando la mejilla de Lucía—. Mi madre podrá decir lo que quiera, pero tú eres mi legado. Mi todo.
Lucía sonreía, pero su corazón latía con la culpa de la carta de Nueva York escondida en su maletín. No podía decírselo hoy. No cuando Victoria la miraba como si fuera su salvación.
—Te amo, Vicky —dijo Lucía, tratando de enterrar el secreto—. Solo quiero que esta noche sea para nosotras. Sin pasado, sin futuro.
Después de la gala, Fabiana no puso un pie en la habitación que estaba quedando antes. Sabía que la rusa la estaba esperando allí para una confrontación que terminaría en gritos o en hielo. En lugar de eso, caminó directo a la suite de Morgana.
En cuanto la puerta se cerró, la dominancia de Morgana reclamó el espacio.
—Esa mirada que te dio Alessandra... casi me mata de la risa —dijo Morgana, acorralando a Fabiana contra la puerta—. Pero ahora, quiero que te olvides de ella. Quiero que sientas el peso de mi mano, no el de su apellido.
Morgana no fue sutil. Agarró a Fabiana por el cuello, un agarre firme pero lleno de promesa, y la besó con una rabia posesiva. Sus lenguas pelearon una batalla húmeda y caliente. Morgana la giró con un movimiento brusco, obligándola a doblarse sobre la cómoda de madera fina.
—Me encanta cuando la desafías, pero aquí, tú me obedeces a mí —gruñó Morgana.
Se escuchó el sonido seco de la seda rasgándose. Morgana no esperó. La primera estocada fue un impacto que hizo que Fabiana soltara un grito ahogado, enterrando sus uñas en la madera.
—¡Ay, Dios! —gimió Fabiana, su acento saliendo a flote en el clímax del dolor y el placer—. ¡Más duro, Morgana... hazme pedazos!
—¿Quieres que te trate como ella? ¿Fría y distante? —preguntó Morgana, propinándole una nalgada sonora que dejó la piel de Fabiana ardiendo en un tono carmesí—. ¡Dime!
—¡No! ¡Rómpeme! ¡Dime qué eres mía, dime que soy tuya! —rogó la Omega, mientras su cuerpo temblaba bajo el ritmo salvaje de la italiana.
—Eres mía ahora, Fabiana. Ese apellido Volkov se te va a olvidar a punta de fuego —decía Morgana mientras aumentaba la velocidad, sus cuerpos chocando con un sonido húmedo y rítmico que llenaba la habitación.
Los gemías que se escuchaba en la habitación era un castigo contra el orgullo de Alessandra, una intriga de fluidos y gemidos desgarradores. Morgana la poseía con una dominancia oscura, marcándole los hombros con mordidas, dejando claro que en ese cuarto, Alessandra no tenía poder.
Fabiana se entregaba al delirio, dejando que cada embestida borrara la imagen de la "Viuda de Hierro". Los besos eran hambrientos, bajando por su espalda, por sus muslos, mientras las palabras dulce de Morgana actuaban como un bálsamo para su alma herida.
Mientras tanto ...en la habitación contigua, Alessandra Volkov estaba sentada en la oscuridad, con una botella de vodka vacía a sus pies. El silencio de la suite la estaba matando. Podía jurar que escuchaba los ecos de los gemidos de su esposa a través de las paredes, o quizás era solo su paranoia alimentada por el orgullo herido.
Se puso de pie y caminó hacia el ventanal. "Mañana nos vamos a Rusia", se repitió. Pero en el fondo, sabía que Fabiana ya no era la misma niña que solo buscaba ceros en una cuenta o la que sacó del Cinturón.
Y en la capital, el cuerpo de Lucía empezaba a procesar las "vitaminas" de Lady Elizabeth, mientras Victoria la poseía con una ternura que que tal vez muy pronto se convertiría en tragedia cuando descubriera el viaje a Nueva York.
La mecha estaba encendida.
Continuará....🔥