Miranda lo tenía todo: un esposo que la amaba y una vida perfecta. Pero un "accidente" le arrebató el aliento. Ahora, ha despertado en el cuerpo de Ámbar Valer, la chica señalada como su asesina. Atrapada en una casa llena de enemigos y perseguida por el odio implacable de su propio esposo, Damián Villegas, Miranda deberá jugar un juego peligroso. ¿Podrá convencer al hombre que ama de que ella sigue viva, o morirá de nuevo a manos de su propia venganza?
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Remordimiento
[Perspectiva de Damián Villegas]
El silencio de mi oficina siempre había sido mi santuario, el lugar donde las líneas rectas y los ángulos perfectos de mis diseños me devolvían el control sobre el caos del mundo. Pero hoy, el silencio es un juez implacable. Me quedé inmóvil tras el escritorio, con las luces de la ciudad filtrándose por el ventanal, proyectando sombras alargadas que parecen dedos acusadores.
Frente a mí, el informe del Dr. Santillán y el diario de Ámbar Valer compiten por mi cordura. Uno ofrece la lógica fría de un profesional: Ámbar es una psicópata, una actriz consumada, una mentirosa que usa la vulnerabilidad como arma. El otro, el cuaderno de cuero desgastado, ofrece el susurro de una niña rota que pedía a gritos ser salvada de los monstruos que dormían bajo su propio techo.
Cerré los ojos, pero la oscuridad no trajo paz. En lugar de eso, trajo la imagen de Arturo Valer colapsando bajo mis manos. Sentí de nuevo la tensión de su cuello, el pulso desesperado bajo mi agarre y, sobre todo, la mirada de Ámbar. No fue una mirada de odio común; fue una mirada de decepción absoluta. Una mirada que me atravesó como si supiera exactamente en qué parte de mi alma se guardaba la bondad que alguna vez tuve y que yo mismo estaba traicionando.
—"El hombre del que ella se enamoró no era un matón" —repetí sus palabras en un susurro que me supo a ceniza.
Esa frase me estaba desmantelando. Miranda me amaba porque yo creía en la belleza de construir cosas, no en la fealdad de destruirlas. Ella era el equilibrio de mi arrogancia, el norte de mi brújula moral. Y hoy, en ese hospital, me comporté como un animal herido que ataca lo primero que ve. Atacaste a un anciano que acababa de despertar de la pesadilla de ver a su hija en coma. Atacaste a la única persona que, según los informes de Marcos, realmente intentó proteger a esa chica.
El remordimiento empezó a filtrarse en mis huesos como una humedad helada. Me levanté y caminé hacia el mueble bar, pero me detuve antes de tocar la botella de whisky. Miranda odiaba cuando bebía para evadir los problemas. "Damián, los problemas se enfrentan con los ojos abiertos", solía decirme con esa sonrisa que podía iluminar hasta el rincón más oscuro de mi ser.
Fui hacia el vestidor y saqué una de sus bufandas de seda. Todavía guardaba un rastro ínfimo de su aroma. Me la llevé al rostro, buscando desesperadamente su perdón, pero lo único que encontré fue el eco de la voz de Ámbar Valer.
Había algo profundamente perturbador en la forma en que ella me hablaba. No era solo lo que decía, sino cómo lo decía. ¿Cómo podía una desconocida saber lo de los bocetos en el tercer cajón? ¿Cómo podía saber que uso sándalo para recordarla? Esa información no estaba en ningún informe clínico, no era algo que una "experta manipuladora" pudiera adivinar por azar. Eran secretos que yo compartía con el aire en la soledad de mis noches, o con la mujer que ya no está.
—¿Qué estás intentando decirme, Miranda? —pregunté a la habitación vacía, sintiendo que la locura me rozaba con sus dedos largos.
Si Ámbar decía la verdad, si el diario era real y el informe de Santillán era una fabricación de Vanessa, entonces yo me había convertido en el arma más letal de la mujer que realmente causó el dolor de Miranda. Me sentí como un arquitecto que ha construido un edificio sobre un pantano: todo lo que había hecho en los últimos tres meses, cada demanda, cada presión financiera, cada insulto escupido a la cara de esa joven, estaba cimentado en una mentira.
Me desplomé en el sofá, con la cabeza entre las manos. Recordé el momento en que la sostuve del brazo en el hospital. Su piel estaba fría, pero su mirada... su mirada ardía con una dignidad que me obligó a retroceder. Una niña caprichosa habría gritado, habría llamado a seguridad o habría fingido un desmayo. Ámbar no hizo nada de eso. Me enfrentó como un titán enfrenta a otro, con la frente en alto y la verdad como escudo.
Me sentí pequeño. Un hombre de treinta años, exitoso, poderoso, reducido a nada por las palabras de una joven que, según yo, no valía ni el aire que respiraba. El remordimiento se transformó en una náusea física. ¿Y si Arturo muere? ¿Y si el hombre que me dio la mano en tantos proyectos, el que siempre habló de su hija con una devoción casi religiosa, muere por culpa de mi arrebato?
—No puedo ser este hombre —me dije a mí mismo, con la voz quebrada—. No puedo ser el asesino de un padre.
La sospecha de que Vanessa Valer me había usado como un peón en su tablero personal empezó a solidificarse. Ella me entregó ese informe justo después de mi encuentro en el jardín con Ámbar. Fue demasiado oportuno. Fue una jugada magistral para reavivar mi odio justo cuando la compasión empezaba a asomar. Ella sabía que mi punto débil era la memoria de Miranda, y usó ese informe como un bisturí para abrir mis heridas de nuevo.
Me levanté y volví al escritorio. Abrí el diario de Ámbar una vez más y empecé a leer con una atención que antes me había negado. Página tras página de soledad, de miedo a Esteban, de la indiferencia de una madrastra que la quería ver muerta o loca. A medida que avanzaba, el odio que sentía por Ámbar se iba desplazando, centímetro a centímetro, hacia Vanessa y sus hijos.
Pero el remordimiento por lo que yo mismo había hecho seguía ahí, inamovible. Le había prometido a Miranda justicia, y en su nombre, había repartido dolor a inocentes. Había humillado a una chica que ya estaba rota y había mandado a su padre a una unidad de cuidados intensivos.
—Perdóname, Miranda —susurré, mirando su fotografía—. Me perdí en la oscuridad. Me convertí en lo que juré destruir.
El reloj marcó las tres de la mañana. No había vuelta atrás para lo que ocurrió en el estudio o en el hospital, pero sí había un camino hacia adelante. Si quería redimirme, si quería volver a ser el hombre del que Miranda se enamoró, tenía que descubrir la verdad, sin importar cuán dolorosa fuera. Tenía que saber si esa mirada de Ámbar era un milagro o una trampa, y para hacerlo, necesitaba alejarme del ruido de mi propia venganza.
Caminé hacia la ventana y apoyé la frente contra el cristal frío. El remordimiento es una carga pesada, una estructura que no admite fallas. Si Ámbar Valer era realmente la víctima de esta historia, yo era el villano. Y esa es una realidad que no estaba seguro de poder soportar. Pero le debía a Miranda —y quizás, muy en el fondo, a la mujer que ahora habitaba en la mansión Valer— llegar al fondo de este laberinto, aunque eso significara destruir mi propio orgullo y pedir perdón de rodillas ante la persona que más había jurado odiar.
La noche seguía siendo larga, pero por primera vez en meses, no estaba planeando una demolición. Estaba buscando una forma de reconstruir mi propia alma, una que se había hecho pedazos en el momento en que dejé de ver a la persona frente a mí para ver solo un objetivo de mi rabia.
Ámbar dile que eres Miranda aunque piense que estas loca 🤭