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Crónicas De Los Cuatro Reinos: La Saga Arcana

Crónicas De Los Cuatro Reinos: La Saga Arcana

Status: En proceso
Genre:Venganza / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:541
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En un mundo dividido por magia y poder, seis protagonistas luchan por el destino de los Cuatro Reinos. Entre traiciones, alianzas y secretos ancestrales, cada uno debe enfrentar su propio pasado para conquistar un reino al borde del caos. Una saga épica de magia, intriga y supervivencia donde solo los más fuertes definirán el futuro.

Crónica de los Cuatro Reinos: La Saga Arcana.
Libro 1: El Legado de Drakthar.
Libro 2: Fuego y Hielo en Frostvale.
Libro 3: Los Secretos de Ironspire.
Libro 4: El Juramento de Embercliff.
Libro 5: La Corona Rota.
Libro 6: Las Sombras del Trono.

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Capítulo 07

La Fortaleza del Guardián era un nido de tensión y desesperación tras la caída del Paso del Aliento del Dragón. El fuego de Embercliff había quemado la moral de Frostvale, y el rumor de una nueva amenaza en el este se extendía como una enfermedad. Seraphina, de pie en la sala de guerra, sentía el peso de cada mirada sobre ella, cada susurro, cada duda. Sus ojos se posaron en Lady Isolde, quien, extrañamente, había recobrado un semblante más sereno, casi... aliviado, desde el momento de la retirada. La Reina intentó ignorarlo, pero la punzada de la desconfianza persistía.

—¿Figuras extrañas? ¿Frío antinatural? —Lord Kaelen, el consejero pragmático, bufó con desdén—. Mi Reina, ¿no son ya suficientes los fantasmas de la profecía? Embercliff es nuestro enemigo, y la realidad es que hemos perdido una posición clave. Debemos planificar la recuperación del Paso, no perseguir sombras.

—La Gran Oráculo no se equivocó con Embercliff, Lord Kaelen —replicó Seraphina, su voz tranquila pero cortante, sus ojos fijos en el mapa de las Montañas Grises—. No me equivocaré con esto. El frío que describen no es el nuestro. Es algo diferente. Algo... ajeno.

Mientras Seraphina hablaba, un grito de alerta resonó desde los muros exteriores. No era el grito de "¡Embercliff!", sino algo más urgente, más aterrador.

—¡Mi Reina! —el Capitán Theron entró corriendo, su rostro ceniciento—. ¡Están atacando! ¡No son los de Embercliff! ¡Son... esas cosas del este! ¡Y están atacando a los de Embercliff también!

La sala de guerra cayó en un silencio atónito, roto solo por el choque metálico y los gritos distantes que venían de afuera. ¡Las nuevas criaturas estaban atacando a Embercliff! Esto era inconcebible.

Seraphina no perdió un segundo.

—¡A los muros! ¡Todos! ¡Manteneos alerta! ¡Y Theron, prepara a nuestros magos de escarcha! ¡Que se enfoquen en la protección!

Subió a las almenas de la Fortaleza, el viento gélido le azotaba el rostro. Lo que vio la dejó sin aliento.

Abajo, en el valle frente a la Fortaleza del Guardián, el ejército de Embercliff se había reagrupado después de tomar el Paso del Aliento del Dragón, preparándose para el siguiente asalto. Pero ahora, no estaban atacando la Fortaleza. Estaban luchando desesperadamente contra una nueva horda que emergía de las sombras de las montañas del este.

Eran criaturas macabras, humanoides de piel pálida y agrietada, con ojos que brillaban con una luz roja enferma. Sus movimientos eran rápidos, casi espasmódicos, y portaban armas oxidadas que parecían hechas de huesos. Un aura de frío muerto los rodeaba, y a su paso, la escarcha se volvía más densa, la vida vegetal se marchitaba. Eran los "Cadáveres Helados", criaturas de las leyendas más oscuras de Frostvale, una plaga olvidada que se creía extinta. Y lo más perturbador: sus ataques no eran de fuego, sino de una fría y corrupta magia de hielo que congelaba la carne en el instante del impacto.

La batalla entre las fuerzas de Embercliff y los Cadáveres Helados era un torbellino infernal. Las llamas de los soldados de fuego se encontraban con el frío letal de los no-muertos, creando explosiones de vapor y ruidos ensordecedores. Los Pieles de Lava, que habían sido imparables contra Frostvale, ahora luchaban con dificultad, su inmunidad al fuego no los protegía de la congelación.

Y en el centro de la vorágine, Kaelith, el Príncipe de Embercliff, luchaba con una ferocidad aún mayor, su espada, La Garra del Dragón, un faro de fuego en la oscuridad. Sus ataques eran potentes, consumían a los Cadáveres Helados en llamaradas purificadoras, pero por cada uno que caía, dos más parecían levantarse.

Seraphina vio a Kaelith levantar la vista, sus ojos ámbar se encontraron con los suyos desde la distancia. En su rostro, ya no había estoicismo. Había una urgencia, una desesperación silenciosa que atravesó el velo de la batalla y llegó hasta el corazón de Seraphina. La misma sensación, el mismo pulso que habían compartido en el muro, se extendió entre ellos. La Oráculo había hablado de "la sombra ardiente" y "el frío antinatural". Y ahora, ese frío atacaba a su enemigo, el fuego.

—No son nuestros enemigos principales —murmuró Seraphina, la verdad golpeándola con la fuerza de un témpano—. La profecía... hablaba de que el hielo y el fuego debían unirse.

Lady Isolde la miró con horror.

—¡Mi Reina, no podéis estar sugiriendo...! ¡Son Embercliff! ¡Han invadido nuestro reino!

—¡Y ahora están luchando contra algo que podría destruir a ambos reinos! —replicó Seraphina, su voz tensa, su mirada fija en Kaelith—. ¡Theron! ¡Reúne a nuestros mejores magos! ¡Prepara a la Legión de Hielo!

Theron vaciló, la incredulidad y la lealtad luchaban en su rostro.

—¿Vamos a ayudarles, Su Majestad? ¿A los que hace un momento intentaban quemar nuestro hogar?

—¡No les ayudamos a ellos, Theron! ¡Ayudamos a Frostvale! —Seraphina se volvió hacia él, sus ojos azules brillaban con una determinación feroz—. ¡Esta es la serpiente de la traición, el frío antinatural que la Oráculo predijo! ¡Si Embercliff cae, nosotros somos los siguientes! ¡No hay elección!

La decisión le revolvía el estómago, pero una extraña claridad la invadía. El enemigo de su enemigo. El destino.

Con un grito de guerra que sorprendió incluso a sus propios soldados, Seraphina desenvainó Filo de Escarcha y descendió de los muros, su armadura de hielo brillante bajo la luz pálida del sol.

—¡Por Frostvale! —rugió, y sus tropas, aunque confusas, la siguieron, leales hasta el final.

La Legión de Hielo de Frostvale, una fuerza de guerreros endurecidos por el frío y magos que tejían el hielo como si fuera seda, salió de la Fortaleza del Guardián y se lanzó al valle. No atacaron a las fuerzas de Embercliff. En cambio, se dirigieron directamente a los Cadáveres Helados, interponiéndose entre ellos y los diezmados soldados de fuego.

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