"Los omegas tienen prohibido acercarse a mí. Esa es mi única regla." Damián es el Alfa más temido de la ciudad. Frío, cruel, y con un odio profundo hacia los omegas. Nadie sabe por qué, pero todos saben que acercarse a él es buscarse la muerte. Yo soy Lola. Una omega invisible, de esas que pasan desapercibidas. Mi olor es neutro, y así me gusta: invisible, viva. Hasta que una noche, un celo inesperado me toma por sorpresa justo cuando él cruza mi camino. Su olor me envuelve. El mío lo enloquece. Y sin quererlo, sin desearlo, contra toda lógica... Quedamos vinculados. Ahora el Alfa que me odia está atado a mí para siempre. Hará todo lo posible por romper este vínculo, pero cada intento lo acerca más a mí. Y cuando otro Alfa intente lastimarme... Su lobo desata el infierno para protegerme. Dicen que el odio y el amor son la misma cara de una moneda. Pero, ¿qué pasa cuando su mente me rechaza, pero su lobo me reclama? ¿Podrá Damián aceptar que soy su compañera? ¿O el vínculo nos destruirá a los dos?
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Capítulo 5: La Amiga
La mansión estaba en silencio cuando Damián bajó al despacho.
Eran casi las dos de la madrugada. Lola dormía en su habitación —él lo sabía porque el vínculo se había aquietado, como un río que por fin encuentra su cauce—, pero Damián no podía descansar.
Nunca podía desde que ella llegó.
—Sabía que te encontraría aquí.
La voz de León llegó desde la puerta. Damián no se molestó en volverse. Siguió mirando el fuego de la chimenea, con una copa de whisky en la mano que no había probado.
—¿Qué quieres?
—Hablar. Explicarme. Disculparme. Todo eso.
León entró y se dejó caer en el sillón frente a la chimenea. Su expresión ya no era la del tipo alegre y despreocupado de esa mañana. Ahora parecía tan cansado como Damián.
—No fue mi intención —dijo—. Cuando la vi... me quedé en blanco. Llevas cinco meses hablando de ella, y de repente aparece aquí, vinculada a ti. No supe reaccionar.
Damián apretó la mandíbula.
—Casi la matas.
—No iba a decir nada.
—Ibas a decirlo todo. Te conozco.
León suspiró.
—Vale, sí. Iba a decirlo. Pero no lo hice. Te vi la cara y me callé. ¿Eso no cuenta?
Damián se volvió por fin. Sus ojos dorados brillaban en la penumbra.
—Cuenta que por una vez en tu vida hiciste lo correcto. Pero esto no puede volver a pasar.
—¿Qué piensas hacer? ¿Mantenerla en la mansión para siempre sin que sepa que ya estabas colgado por ella antes de saber que existía?
—Exactamente.
León se inclinó hacia adelante.
—Damián, eso es una locura. El vínculo ya es complicado. Si encima le ocultas que...
—Que ¿qué? —le cortó Damián, con voz peligrosa—. ¿Que hace cinco meses entré en una cafetería del centro y vi a una chica que me dejó paralizado? ¿Que volví doce veces en dos semanas solo para verla? ¿Que pagaba cafés que no quería para poder mirarla mientras trabajaba?
—Sí. Eso exactamente.
—¿Y para qué? ¿Para que sepa que el Alfa que la tiene prisionera ya estaba obsesionado con ella antes de que el vínculo existiera? ¿Crees que eso la haría sentir mejor? ¿O más atrapada?
León guardó silencio un momento.
—No lo sé —admitió al fin—. Pero ocultárselo... mentirle... tampoco está bien.
—No le miento. Solo... no le digo todo.
—Eso es mentir.
Damián bebió un trago de whisky. El fuego crepitaba en la chimenea.
—Escucha —dijo León, más serio—. Yo la vi hoy. La miré a los ojos. Y no vi a una omega normal. Vi a alguien que ya sospecha. Que intuyó algo en nuestras miradas, en mis palabras. No soy tonto, Damián. Ella sabe que hay algo.
—Pero no sabe qué. Y no lo sabrá.
—¿Y si lo descubre sola?
—No lo hará. Porque su loba está dormida. No puede sentir lo profundo. Solo lo superficial. Rabia, miedo, deseo físico. Pero no esto. No lo que yo...
Se detuvo.
León lo miró con una sonrisa triste.
—No lo que tú sientes de verdad —completó—. Y duele, ¿verdad? Tenerla tan cerca y no poder compartir eso.
Damián no respondió.
Pero su silencio lo dijo todo.
A la mañana siguiente, desperté con el teléfono vibrando sobre la mesilla.
—¿Elara?
—¡Lola! —su voz era un susurro urgente—. ¿Estás bien? ¿Dónde estás? Llevo días sin saber de ti, apareció alguien en tu apartamento diciendo que recogiera tus cosas, y nadie me explicaba nada...
—Tranquila —dije, sentándome en la cama—. Estoy bien. Estoy en... en casa de un amigo.
—¿Un amigo? Tú no tienes amigos. Solo me tienes a mí.
Sonreí.
—Es una historia larga.
—Pues cuéntamela. Pero rápido. Porque antes de llamarte pasó algo raro.
Mi sonrisa se desvaneció.
—¿Algo raro?
—Recibí una llamada. De un número que no conocía. Un hombre. Se presentó como Kael. Dijo que era un viejo amigo tuyo.
El aire se congeló en mis pulmones.
—¿Kael?
—Sí. Preguntó por ti. Dijo que se conocían de antes, que quería ponerse en contacto contigo. Quería saber dónde estabas, cómo te iba, si seguías trabajando en la librería...
—¿Y tú qué le dijiste?
—La verdad. Que no sabía nada. Que solo eras mi amiga y que no te había visto en días. Lola, lo siento, me pilló por sorpresa. No supe mentir.
—No pasa nada —la tranquilicé, aunque el corazón me latía a mil—. ¿Dijo algo más?
—Solo que... que te buscaría. Que era importante que hablaran. Sonaba... no sé, amable. Pero había algo en su voz que no me gustó.
Colgué con las manos temblorosas.
Kael.
El nombre del Alfa rival. El hombre del que Damián me había advertido.
Y ahora sabía mi nombre. Sabía de Elara. Sabía demasiado.
Salí de la habitación como una exhalación. Bajé las escaleras casi volando, atravesé el recibidor, y entré en el despacho de Damián sin llamar.
—¡Damián!
Él estaba sentado detrás del escritorio, con Marcus de pie a su lado. Ambos me miraron sorprendidos.
—¿Qué haces?
—Kael —jadeé—. Llamó a mi amiga. Dijo que era un viejo amigo mío.
Damián se levantó de golpe.
—¿Qué amiga?
—Elara. Mi única amiga. Vive en el sector sur. Kael la llamó, se presentó con su nombre, y dijo que quería contactar conmigo.
—¿Y ella qué le dijo?
—Todo —admití, con la voz quebrada—. Dijo todo sin saberlo. Dónde trabajaba, que vivía sola, que no me había visto en días. Y ahora Kael sabe quién es ella.
Damián ya estaba dando órdenes a Marcus.
—Espera —dije—. Quiero verla.
—No.
Su negativa fue tan inmediata, tan tajante, que me quedé sin aire.
—¿Cómo que no?
—No vas a verla. No puedes salir de la mansión.
—¡Es mi amiga! Está en peligro por mi culpa.
—Por eso precisamente no puedes verla. Si Kael la está vigilando, aparecer tú sería como ponerle un cartel de "aquí estoy".
—Entonces tráela aquí.
Damián me miró como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Traer a una omega a mi mansión? ¿A la mansión Blackwood?
—Es mi única amiga, es beta. Y está en peligro. Si no me dejas ir, tráela tú.
—No.
—¡Damián!
—¡He dicho que no!
Su rugido retumbó en las paredes del despacho. Marcus dio un paso atrás, incómodo.
Pero yo no me moví.
Lo miré a los ojos, y a través del vínculo, sentí su furia, su miedo, su lucha interna. Quería protegerme. Quería protegerse de mí. Quería decirme que no y que al mismo tiempo sí.
—Por favor —dije, y mi voz se rompió—. Es todo lo que tengo. Ella es todo lo que tengo.
El silencio se alargó.
Damián me sostuvo la mirada. Y en algún lugar muy profundo de sus ojos dorados, vi algo ceder.
—¿Su dirección? —preguntó al fin, con voz cansada.
—¿Qué?
—La dirección de tu amiga. Dámela. Mandaré un coche a buscarla.
El aire salió de mis pulmones en un susurro.
—¿De verdad?
—No me hagas cambiar de opinión.
Le di la dirección casi balbuceando. Damián asintió a Marcus, que salió inmediatamente a dar las órdenes.
Y entonces, cuando estuvimos solos, Damián se acercó a mí.
—Escúchame bien —dijo en voz baja—. Tu amiga vendrá. Pasará aquí el tiempo que sea necesario. Pero si Kael la ha llamado, si se presentó con su nombre, es porque quiere que sepas que está cerca. Quiere que tengas miedo. No le des ese poder.
—Lo sé.
—Y si necesitas algo, cualquier cosa...
—Lo sé, Damián.
Me miró un largo momento.
Y por un instante, sentí algo extraño a través del vínculo. Algo profundo, verdadero, que mi loba dormida no podía descifrar.
Pero que mi corazón, mi estúpido corazón humano, sí.
¿Qué es eso?, quise preguntar.
Pero él ya se había girado, ya estaba saliendo del despacho, ya estaba huyendo de mí como siempre.
Y yo me quedé allí, con su calor aún en la piel, preguntándome qué demonios me estaba pasando.
Elara llegó dos horas después.
Cuando la vi bajar del coche negro, con los ojos como platos y la boca abierta, no pude evitar reír. Corrí hacia ella y la abracé con tanta fuerza que protestó.
—¡Lola, me asfixias!
—Lo siento —dije, riendo y llorando al mismo tiempo—. Lo siento mucho.
—¿De qué te disculpas? —Ella me apartó para mirarme—. ¿De vivir en un palacio? ¿De tener un chofer? Porque si es eso, no te perdono.
—No es un palacio. Es una prisión.
Elara arqueó una ceja.
—Bonita prisión. La mía tiene goteras y vecinos que discuten a gritos.
Sonreí, pero la sonrisa no llegó a mis ojos.
—Ven. Tengo que contarte cosas. Muchas cosas.
La llevé a mi habitación. Durante el trayecto, Elara no paraba de mirar a su alrededor, impresionada por la mansión, por los cuadros, por los betas de seguridad que nos cruzaban.
—Lola —susurró cuando cerramos la puerta—. ¿Qué es este lugar? ¿Quién es el dueño? Porque el chofer no me dijo nada, solo que "la señorita Lola la espera". Parecía una película.
—Siéntate —dije, señalando la cama—. Esto va a ser largo.
Le conté todo.
Bueno, casi todo. Le conté lo del celo, lo del vínculo, lo de Damián, lo del curandero, lo de Selene.
Cuando terminé, Elara me miraba con los ojos tan abiertos que parecían a punto de salirse de sus órbitas.
—¿Me estás diciendo —dijo lentamente— que estás vinculada al Alfa más poderoso de la ciudad? ¿Al que pone carteles prohibiendo omegas?
—Sí.
—¿Y que además tu lobo está dormido y no puedes sentir lo que él siente de verdad?
—Sí.
—¿Y que un Alfa rival llamado Kael me llamó diciendo que era tu viejo amigo?
—Sí.
Elara se pasó una mano por la cara.
—Lola, esto es una locura.
—Lo sé.
—Una locura de novela.
—También lo sé.
Se quedó en silencio un momento. Luego, me miró con esa expresión suya, la que usaba cuando iba a decir algo importante.
—Escucha —dijo—. Ese Kael... cuando me llamó, sonaba muy seguro de sí mismo. Como si supiera algo que yo no sé. Dijo lo de "viejo amigo" con una sonrisa en la voz. No me fío, Lola.
—Lo sé.
—¿Y Damián? —preguntó Elara—. ¿Confías en él?
Miré hacia la puerta. Al otro lado, en algún lugar de la mansión, estaba él. Podía sentirlo vagamente a través del vínculo, una presencia constante en el fondo de mi pecho.
—No lo sé —respondí con honestidad..
Elara asintió.
—Entonces me quedo.
Sonreí.
Por primera vez en días, no me sentía sola.