Una tarde fría de diciembre, Lucía se cruza con una niña perdida en la calle. Sin dudarlo la consuela y protege, sin imaginar que ese pequeño acto cambiará su vida para siempre. Su padre, Alejandro Ferrer, un poderoso empresario, no puede ignorar la angustia y la felicidad que Lucía despierta en su hija.
Mientras Alejandro busca desesperadamente a alguien que cuide a Emma, se da cuenta de que ninguna niñera parece estar a la altura… se da cuenta de que su hija no deja de mencionar a “la chica de la bufanda”. Y decide contratarla. Entre tensiones, celos y secretos, Lucía tendrá que marcar sus límites mientras Alejandro se debate entre lo correcto y lo que su corazón comienza a desear.
Una historia de amor, familia y segundas oportunidades, donde la Navidad no solo trae luces y regalos, sino también destinos que no pueden ignorarse.
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Mesa para tres
El ambiente en la mansión Ferrer, tras la expulsión de Valeria, era extrañamente liviano. Era como si un nubarrón denso se hubiera disipado, permitiendo que la luz del sol finalmente calentara los suelos de mármol que, durante meses, habían parecido bloques de hielo. Alejandro, después de haber defendido a Lucía no se marchó de inmediato a su despacho. Se quedó observando desde la distancia cómo ella entraba a la habitación de Emma, y cómo los gritos de alegría de la niña al recibir a su "chica de la bufanda" resonaban por todo el pasillo, rompiendo la rigidez sepulcral de la casa.
Esa tarde, el trabajo no fluyó para él. Las gráficas y los balances de su empresa le parecían aburridos, carentes de alma, comparados con la vida que bullía en la planta baja. Cerca de las siete, Alejandro tomó una decisión que rompería años de protocolos rígidos.
Lucía estaba en la pequeña mesa de juegos de Emma, ayudándola a terminar un dibujo de un sol radiante con crayones de colores, cuando la puerta se abrió. Esperaba ver a Rosa con la merienda o a alguna de las empleadas con la ropa limpia, pero fue Alejandro quien entró. No llevaba el saco puesto, las mangas de su camisa estaban prolijamente remangadas hasta los antebrazos y se había desabrochado el primer botón, dándole un aspecto inusualmente relajado, casi vulnerable.
—Señor Ferrer —dijo Lucía, poniéndose en pie por instinto, alisando su falda con nerviosismo.
—Papá —gritó Emma, corriendo hacia él con la energía de un pequeño torbellino—. ¡Mira mi sol! ¡Tiene ojos y una boca muy grande porque está feliz!
Alejandro tomó el dibujo, fingiendo analizarlo con la seriedad de un experto en arte del Louvre, lo que hizo que Emma soltara una risita nerviosa.
—Es un sol muy audaz, Emma. Pero creo que le falta algo... —Alejandro tomó un crayón naranja y dibujó una pequeña corona sobre los rayos.
Luego, dirigió su mirada a Lucía. El azul de sus ojos parecía haber perdido el filo de acero que solía mostrar al mundo.
—He dado instrucciones a Rosa para que sirva la cena en el comedor pequeño, el que tiene vistas al jardín —anunció—. Y quiero que cenes con nosotros, Lucía.
Lucía parpadeó, sorprendida. El comedor pequeño era un lugar íntimo, revestido de paneles de roble claro y rodeado de ventanales que daban a los rosales franceses. Era un espacio reservado generalmente para la familia, un santuario que Valeria nunca terminó de colonizar.
—Señor, no es necesario. Yo puedo cenar en la cocina con el personal o en mi habitación...
—No fue una sugerencia, Lucía —la interrumpió él, aunque esta vez sus ojos tenían un brillo suave. No era la orden de un jefe, sino la petición de un hombre cansado de la soledad—. Después de lo que pasó hoy, creo que todos necesitamos un momento de calma. Además, Emma no deja de decir que quiere que pruebe tus "recetas mágicas". Rosa ha preparado algo especial, pero la compañía la pongo yo.
La cena fue un quiebre absoluto en la rutina de la mansión. Al llegar al comedor, Lucía se encontró con una mesa que, aunque elegante, carecía de pomposidad. No había cubiertos de plata ni arreglos florales intimidantes; solo tres lugares dispuestos en una esquina de la mesa, rompiendo la distancia jerárquica.
Emma estaba sentada en su silla alta, pero se movía inquieta, emocionada por la novedad.
—¡Lucía, siéntate aquí! —ordenó la pequeña, palmeando el lugar a su derecha—. Papá está allá porque es el rey, pero tú eres mi hada.
Alejandro soltó una carcajada genuina, un sonido que a Lucía le pareció la música más hermosa de esa casa. Rosa entró sirviendo una crema de espárragos y un salmón al eneldo que perfumó el aire.
—Cuéntame, Emma —dijo Alejandro mientras servía un poco de agua en el vaso de la niña—, ¿qué es eso de las recetas mágicas de Lucía?
—¡Es que ella sabe hacer que los guisantes no parezcan guisantes! —exclamó Emma, agitando su cuchara—. Los convierte en "perlas de dragón". Y cuando me los como, me vuelvo fuerte y sonrío más. Papá, tú deberías comer perlas de dragón para que no estés tan serio.
Alejandro miró a Lucía por encima de su copa de vino.
—Tomo nota. Puede que necesite muchas perlas de dragón para sobrevivir a las reuniones de la junta directiva —comentó él, antes de volverse hacia Lucía—. Háblame de ti, Lucía.
Por primera vez, Alejandro preguntó por su vida fuera de esas paredes.
Ella, al principio tímida, comenzó a soltarse. Le contó sobre sus estudios de diseño de interiores que tuvo que poner en pausa cuando la salud de su madre empeoró, sobre las tardes doradas en Culver City donde el olor al océano se mezclaba con el de la comida callejera, y sobre cómo su madre, a pesar de las dificultades económicas, siempre encontraba la forma de hacer que una cena de arroz y frijoles pareciera un banquete real.
—Ella me enseñó que la verdadera riqueza no está en lo que uno posee, sino en a quién tiene a su lado al final del día —explicó Lucía, su voz adquiriendo un tono nostálgico.
Alejandro escuchaba con una atención que ella encontraba casi desconcertante. Él, un hombre acostumbrado a tratar con las mentes financieras más brillantes y despiadadas del país, parecía genuinamente fascinado por sus historias de resiliencia y sencillez.
—Nunca había visto las cosas de esa manera —admitió Alejandro, dejando su copa de vino sobre la mesa—. He pasado tanto tiempo construyendo muros de cristal y acero para que nada me afectara, que olvidé que esos mismos muros también me impedían sentir el calor de lo que es real.
—A veces —respondió Lucía, sosteniéndole la mirada con una valentía que no sabía que poseía—, hay que dejar que el viento entre por las ventanas, aunque desordene un poco los papeles. Un despacho ordenado es un despacho muerto, ¿no cree?
Emma, que ya terminaba su postre —una pequeña compota de manzanas—, empezó a cabecear de sueño. Sin embargo, antes de rendirse al cansancio, se estiró sobre la mesa y tomó la mano de Lucía con su manita izquierda y la de Alejandro con la derecha. Sus dedos pequeños y pegajosos por el dulce unieron las dos manos adultas sobre el mantel de lino.
—Ahora somos como los del cuento que me leíste ayer, Lucía —dijo la niña arrastrando las palabras—. El rey, la princesa... y la chica mágica que nos cuida de los monstruos. Mi mamá me mandó a la chica mágica, ¿verdad, papá?
El comentario de la niña provocó un silencio cargado de significado, un silencio que vibraba en el aire. Alejandro no apartó su mano de la de Lucía. Al contrario, sus dedos rozaron suavemente los de ella por un segundo antes de que la pequeña soltara el agarre. Era un puente físico entre dos mundos que, por lógica social, nunca debieron cruzarse, pero que en ese momento parecían encajar con la precisión de un reloj antiguo.
Alejandro recordó brevemente a su difunta esposa. Había muerto cuando Emma era apenas un bebé de meses, dejándolo en un páramo emocional del que Valeria casi lo arrastra por conveniencia. Pero ver a su hija tan plena, tan segura al lado de Lucía, le hizo comprender que el vacío no se llenaba con estatus, sino con esa luz que Lucía emanaba sin siquiera esforzarse.
—Buenas noches, princesa —susurró Alejandro, levantándose para tomar a Emma en brazos. La niña se acurrucó en su hombro, quedándose dormida al instante.
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