La vida despreocupada de fiestas y alcohol del universitario Esteban Anderson da un vuelco total cuando una mañana encuentra una bebé en su porche con una nota de despedida. Tras confirmar por ADN que es su hija y comprobar que la madre nunca volverá, Esteban deja atrás los excesos para criarla solo. Entre trabajos de madrugada, clases universitarias y un amor incondicional, bautiza a la pequeña Isabella y descubre que el propósito más grande de su vida era convertirse en su padre.
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Capitulo 23
El silencio dentro de la oficina del taller mecánico de Martín era pesado, de esos que te aprietan el pecho antes de que alguien pronuncie una sola palabra. Era un lunes por la tarde, y el olor a gasolina y grasa quemada no alcanzaba a disfrazar la tensión en el aire. Martín estaba sentado detrás de su escritorio de metal, mirando una lista de facturas pendientes con el ceño fruncido y una expresión de amargura que jamás le había visto en todos estos meses.
—Lo siento mucho, Esteban —dijo Martín con la voz apagada, pasándose una mano grande y tososa por la frente—. La distribución de repuestos cayó a la mitad este mes. Las empresas locales recortaron presupuestos y apenas me alcanza para mantener la cortina abierta. No puedo darte las horas extras de la tarde, y voy a tener que reducirte el turno a la mitad hasta que la cosa mejore.
Las palabras cayeron sobre mi cabeza como un balde de agua helada. Sentí que el aire se me congelaba en los pulmones.
—Martín... por favor —balbuceé, apretando los puños dentro de los bolsillos del overol—. Tú sabes que necesito el dinero. La leche especializada de Isabella cuesta una fortuna y la consulta con la pediatra es la próxima semana. Si me recortas las horas, no me va a alcanzar para nada.
Martín me miró con una mezcla de lástima y frustración sincera. Se puso de pie, rodeó el escritorio y me dio una palmada firme en el hombro.
—Si tuviera el dinero en la caja te lo daría, muchacho, lo sabes bien —respondió en un susurro cansado—. Pero no tengo de dónde sacar. Es esto o cerrar el taller. Lo siento de corazón, Esteban.
Salí del taller mecánico con los pies pesados y una negrura helada recorriéndome la espalda. El camino hacia la casa fue un tormento en cámara lenta. En mi cabeza, las cuentas no dejaban de dar vueltas de forma desquiciada. El sueldo reducido apenas alcanzaba para pagar una parte de los servicios de la casa de mis padres y la comida básica. Pero la fórmula médica de Isabella, esa leche especial que la pediatra Valeria Rivas le había recetado para no lastimar su estómago delicado, no admitía demoras ni rebajas. Una sola lata grande costaba casi lo de tres días de trabajo completo, y en la alacena apenas quedaba polvo en el fondo del último bote.
Llegué a la casa a las cinco de la tarde. La sala estaba tranquila; Isabella dormía su siesta en la cama, abrazada a una cobijita azul, ajena por completo a la tormenta que amenazaba nuestro mundo. La miré desde el marco de la puerta durante unos segundos largos, sintiendo una punzada de impotencia que me quemaba las entrañas. No podía permitir que a mi hija le faltara lo elemental. No podía ir con la pediatra a decirle que no me había alcanzado para su alimento.
Caminé a pasitos lentos hacia el fondo de mi habitación y abrí el closet de madera.
Al fondo, escondida bajo una sábana vieja y cubierta por una capa fina de polvo, estaba la funda negra de mi guitarra eléctrica. A su lado, en una caja de cartón guardada desde hacía más de un año, descansaba mi consola de videojuegos con sus dos controles impecables. Eran las últimas dos cosas de valor material que me quedaban de mi época de adolescente despreocupado. Recordé las tardes enteras encerrado en mi cuarto tocando riffs desafinados, las noches de desvelo jugando en línea con amigos que ya no estaban y la ilusión tonta con la que había ahorrado durante meses para comprármelas cuando tenía diecinueve años.
Saqué la funda de la guitarra y abrí el cierre. El cuerpo de madera lustrada de color rojo brillante brilló bajo la luz del foco. Pasé los dedos por las cuerdas metálicas, escuchando un rasgueo seco que resonó en el cuarto silencioso.
En otro momento, la sola idea de deshacerme de ellas me habría parecido una tragedia insoportable. Pero al girar la cabeza y ver la carita tranquila de mi hija durmiendo a unos metros, el valor sentimental de esos objetos se evaporó en un segundo. La guitarra y la consola ya no eran recuerdos valiosos; eran latas de leche fortificada, pañales y tranquilidad para mi hija.
Tomé la funda de la guitarra con la mano derecha, cargué la caja de la consola bajo el brazo izquierdo y salí de la casa sin hacer ruido para no despertar a nadie.
La casa de empeño del centro del vecindario tenía un letrero amarillo brillante y barandales de hierro en las ventanas. El aire en el interior olía a humedad, metal viejo y desesperación reprimida. Me acerqué al mostrador de cristal, donde un hombre de barba canosa y lentes pequeños me miró sin la menor muestra de emoción.
—Buenas tardes. Quiero empeñar esto... o venderlo, si me da una mejor oferta —dije con la voz firme, aunque por dentro las manos me temblaban un poco.
Puse la funda de la guitarra sobre el mostrador y saqué la consola de la caja. El empleado examinó cada objeto con una frialdad matemática: probó los botones del control, revisó el mástil de la guitarra, conectó los cables a un monitor de prueba y anotó números en un cuaderno de hojas amarillentas.
—Por la consola te puedo dar una cifra básica, ya es un modelo de la generación pasada —dijo el hombre con tono seco, sin levantar la vista—. Y por la guitarra... la madera está en buen estado, pero las cuerdas están oxidadas. En total, por las dos cosas, puedo ofrecerte esto.
Anotó una cifra en un pedazo de papel y me lo deslizó por debajo del cristal.
La cantidad era baja, ridículamente inferior al precio real de las cosas, pero era el dinero exacto que necesitaba para comprar tres latas grandes de leche especializada, dos paquetes de pañales de la talla de Isabella y dejar saldada la consulta médica de la próxima semana.
—Está bien. Me lo llevo en efectivo, por favor —respondí sin dudar un solo segundo.
El hombre asintió de forma mecánica, sacó los billetes de la caja fuerte, me los entregó junto con un recibo impreso y comenzó a etiquetar mi guitarra con un código de barras amarillo antes de acomodarla en un estante metálico al fondo del local.
Miré la guitarra roja por última vez a través del cristal de la vitrina. No sentí dolor, ni tristeza, ni el menor rastro de arrepentimiento. Los vestigios de mi adolescencia, de ese chico irresponsable que solo pensaba en su propio entretenimiento, quedaban oficialmente empeñados en ese mostrador.
Caminé directamente a la farmacia especializada que estaba a dos cuadras del centro. Pagué las tres latas de leche médica de la marca que la pediatra había ordenado, compré los paquetes de pañales y guardé el cambio restante en mi cartera para la cita médica.
Cuando crucé la puerta de la casa a la hora de la cena, cargando las bolsas pesadas en los brazos, mi mamá estaba en la cocina preparando una sopa. Al ver las Latas de leche especializada sobre la mesa, abrió los ojos con sorpresa y luego miró hacia el pasillo de mi cuarto, notando la ausencia de la funda negra de la guitarra.
—Esteban... ¿qué hiciste con tus cosas? —preguntó mi mamá en un susurro, llevándose las manos a la boca con la mirada triste.
Me acerqué a ella, le di un beso cariñoso en la mejilla y le mostré una sonrisa tranquila y llena de paz.
—Hice lo que cualquier padre tiene que hacer, mamá —respondí con absoluta serenidad—. Esas cosas eran para un niño que ya no existe. Lo que está en esas bolsas es para la persona más importante de mi vida.
Me dirigí a la habitación. Isabella ya estaba despierta, sentada en el centro de la cama jugando con un peluche. En cuanto me vio entrar, se puso de pie apoyándose en la cabecera, dio dos pasos tambaleantes hacia el borde y estiró los bracitos hacia mí con una sonrisa enorme.
La tomé en brazos, pegándola con fuerza contra mi pecho y sintiendo el aroma suave de su cabello. Salir de la casa de empeño con las manos vacías de juguetes viejos pero llenas de alimento para mi hija no había sido una derrota; había sido la confirmación definitiva de que mi verdadera madurez ya no tenía precio.