Bellamy despierta sin recuerdos. Descubre que está casado con Ignis, un duque dragón al que teme y detesta o eso pensaba. Su matrimonio fue un arreglo político, y él tiene un huevo de dragón escondido en el sótano que necesita las feromonas de ambos padres para nacer.
Ignis es brusco y posesivo, pero por la noche lo cuida en secreto. Bellamy descubre que antes de perder la memoria hizo cosas terribles por su hijo —incluso intentó matar a Martin, el hombre que Ignis prefiere según él.
Obligado por el bien de su bebé, se acerca a Ignis y consigue lo necesario para el huevo.
Al pasar los días, Bellamy ve a Ignis como un extraño y le teme, Ignis se da cuenta de que lo perdió por culpa de su propia brutalidad. Al en contrar el huevo Ignis no se enoja solo se preocupa.
Y el huevo espera… creciendo, esperando nacer.
¿Crees que Ignis logre recuperar el amor de Bellamy?
¿Podrá Bellamy hacer que su bebé nazca sin que su padre lo descubra?
NovelToon tiene autorización de Azul zafiro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12
Martin fue guiado por el mayordomo hasta la habitación que le habían preparado. Era amplia, luminosa… y estaba muy cerca de la de Ignis. Demasiado cerca.
En cuanto la puerta se cerró y se quedó solo, recorrió todo el cuarto con la mirada, y una sonrisa lenta, casi satisfecha, se dibujó en sus labios.
—Por fin puedo quedarme cerca de él —susurró, cerrando los ojos por unos instantes, como si el simple hecho de estar cerca le diera paz.
Dejó su bolso sobre la cama y sacó un libro viejo, de cuero desgastado por el tiempo y el uso. Lo abrió sobre el escritorio. No era un libro de oraciones. Estaba lleno de dibujos, cartas dobladas con cuidado, y una pequeña pluma de dragón que Ignis había perdido siendo niño.
—Aquí guardo todo lo que es más precioso para mí —murmuró, pasando la mano suavemente por encima de las páginas—. Todos los momentos que vivimos juntos, antes de que todo esto cambiara.
Su sonrisa se apagó de golpe.
—No me culpes, Bellamy. Tú no eres la persona indicada para él. Ni siquiera eres capaz de cuidar de su propio hijo.
Recuerdo — El día de la boda
Ese día, Martin vestía su túnica de obispo. No podía casarse, no podía permitirse amar: esas eran las reglas. Pero su tristeza no venía de la regla.
Venía de que el que se casaba era Ignis.
Él no tenía padres. El Duque Gareth Sterling lo había acogido y criado como a un hijo más. Si no hubiera nacido con el don, si hubiera sido un omega común… habría sido él quien estuviera en ese altar. No Bellamy.
Y esa certeza le quemaba por dentro.
Al terminar la ceremonia, se acercó al recién casado, esforzándose por ocultar el nudo que le apretaba el pecho.
—Bellamy… espero que seamos familia —dijo, forzando una sonrisa—. Felicidades por la boda.
Bellamy apenas lo miró. Estaba pálido, incómodo hasta en su propio traje. Todos sabían que aquel matrimonio era un arreglo político, no un acto de amor.
—Gracias —respondió él, con voz seca y cortante.
Martin lo notó al instante. Bellamy no amaba a Ignis. No lo miraba como se mira a quien se desea toda la vida. Lo miraba como quien mira un trato cumplido.
Con el paso de los días, la sensación empeoró. Cada vez que Ignis sonreía por alguna torpeza de Bellamy, cada vez que decía «es tan adorable», algo en el pecho de Martin se retorcía con fuerza.
—Ignis… ¿no crees que Bellamy tiene algo diferente a los demás? —le dijo una tarde, mientras caminaban por los jardines—. Todos en la casa parecen obligados a sentir aprecio por él, sin saber por qué. Ayer lo escuché hablar con su sirvienta… decía cosas raras sobre alguien que disfruta ser maltratado.
Ignis se rió, sin darle importancia.
—Es un omega fértil, Martin. Es natural que su presencia genere afecto. No le des tantas vueltas.
Martin no insistió. Pero en su mente, la semilla ya estaba plantada.
No es natural. Es manipulación. Si no lo ama, no podrá darle lo que él necesita. Un dragón de sangre pura necesita amor para crecer, no política. Lo va a matar a él y al bebé que lleguen a tener.
Presente
Cerró el libro de golpe, con un golpe seco que resonó en la habitación.
—No importa qué tenga que hacer —dijo en voz baja, con esa voz suave y solemne que usaba para las bendiciones—. Bellamy no puede seguir aquí. No dejaré que lo lastime a ti… ni a nuestro hijo.
Y por primera vez, lo llamó nuestro.
Mientras tanto…
—Ignis, no quiero que él se quede —dije, sin dejar de abrazar el huevo contra mi pecho.
—Bellamy, no hablemos de eso ahora. Mejor dame al pequeño… es la primera vez que lo cargo —dijo Ignis, y lo tomó con cuidado en sus manos—. Se siente tan pesado… y tan vivo.
—Ten cuidado, es frágil —advertí, viendo que lo sostenía del lado equivocado—. Lo estás cargando mal.
Lo acomodé entre sus manos, dejándolo por fin sostenerlo. Ignis lo miraba con una emoción tan grande que casi dolía verla.
—Hola, pequeño… soy papá —susurró con voz dulce, llena de ternura—. Estoy tan feliz de tenerte por fin.
Me miró entonces, directo a los ojos, y por un instante pensé que me reclamaría por habérselo ocultado.
—Escucha… tengo una explicación lógica sobre todo lo que pasó…
—Bellamy —me interrumpió suavemente—. Perdón.
—¿Qué?
—Perdón por no darme cuenta antes. No quería preocuparte, y terminé dejándote cargar con todo tú solo — se acercó y me besó con una suavidad que me derritió por completo—. No tienes que explicarme nada. Fui yo quien debió estar ahí, quien debió notarlo. Me gustaría haber estado contigo cuando más me necesitabas. Ahora entiendo por qué estabas tan irritable… era por él, por el embarazo.
—Ignis… —murmuré, y sin darme cuenta ya lo estaba besando yo también—. Eres un idiota.
Ignis sonrió, y en esa sonrisa había alivio y amor. Para él, en ese instante, todo volvía a estar en su lugar: tenía a su esposo de vuelta y un hijo una familia.
—Extrañé que me llamaras así —respondió, y me besó de nuevo, con más fuerza, con todo lo que habían guardado durante semanas.
De pronto, el huevo dio un movimiento tan fuerte entre los brazos de Ignis que nos obligó a separarnos.
—Ay, mi pequeño amor… está celoso de su papá —dije riendo, y lo tomé de vuelta entre mis manos, pegándolo a mi pecho.
Ignis me tomó entonces el rostro con ambas manos, me levantó la mirada con delicadeza.
—Nuestro pequeño amor —corrigió con voz suave y llena de emoción, y besó el cascarón con reverencia.
El huevo respondió con un movimiento más leve, como si lo saludara. Nos quedamos abrazados, los tres, nunca imagine que me sentiría tan feliz con él. Y por un instante, creí que todo iba a estar bien.
Al otro lado de la pared…
En la habitación contigua, Martin escuchó esa risa atravesar la pared.
No se movió. Siguió de pie junto a una cuna vacía que Ignis había mandado subir: la que se suponía que era temporal, para que él pudiera darle energía al bebé durante la noche y Bellamy pudiera descansar.
Martin la había cubierto con una mantita blanca. Le había puesto un pequeño dragón de peluche en una esquina. Había acomodado todo con un cuidado meticuloso, como si el bebé fuera a llegar en cualquier momento.
Apoyó una mano sobre el borde de la cuna vacía y sonrió, sin rastro de la dulzura que había mostrado antes.
—Ríe ahora Bellamy —susurró, con esa misma voz suave que usaba para las bendiciones—. Pronto vas a estar aquí, conmigo. Tu papá no sabe cuidarte. Pero yo sí. Yo sí sé lo que necesitas.
Y acarició la madera pulida, como si el huevo ya descansara dentro.