Con el alma rota y dos hijos que proteger, Catalina reconstruyó su vida desde cero… sin él.
Rubén lo dejó todo por una mentira. Pero cuando la ilusión se desvaneció, comprendió que lo que abandonó era lo único real. Regresa arrepentido, dispuesto a recuperar lo que perdió.
Sin embargo, Catalina ya no espera por nadie. Encontró la fuerza, la paz y la vida que él le negó.
¿Podrá su arrepentimiento borrar años de abandono? ¿O será demasiado tarde para volver a su lado?
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Capítulo 6: Una casa llena de silencio
Catalina
La casa nunca había sido tan silenciosa.
Durante años había aprendido a reconocer cada sonido.
El ruido de las llaves de Rubén entrando por la puerta.
Sus pasos por el pasillo.
La televisión encendida después de la cena.
La risa de Mateo cuando su padre lo perseguía por la sala.
Incluso los pequeños ronquidos de Rubén durante la noche.
Ahora no había nada.
Solo silencio.
Un silencio tan profundo que parecía meterse dentro de mí.
Aquella mañana desperté antes de que sonara la alarma. Por unos segundos olvidé todo.
Estiré la mano hacia el otro lado de la cama.
Mis dedos tocaron las sábanas frías.
Entonces recordé.
Rubén se había ido.
Me quedé mirando el techo mientras sentía un nudo en la garganta.
—No llores —me dije en voz baja—. No delante de Mateo.
Me levanté lentamente. Mi embarazo hacía que cada movimiento fuera más pesado, pero no podía permitirme quedarme en la cama.
Tenía un hijo que alimentar.
Un bebé que estaba por llegar.
Y una vida que, aunque no sabía cómo, debía continuar.
Entré a la cocina y preparé el desayuno.
Dos platos.
Dos vasos.
Dos porciones de comida.
Sin darme cuenta, había preparado una tercera taza de café.
La miré durante unos segundos.
Era la taza de Rubén.
La que siempre usaba.
La sostuve entre mis manos y sentí que los ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.
—Ya no está —susurré.
Guardé la taza en el gabinete.
No quería verla.
No todavía.
—Mamá.
La voz de Mateo me hizo girar.
Estaba parado en la entrada de la cocina, despeinado y abrazando su pequeño oso de peluche.
—Buenos días, mi amor.
—¿Papá va a venir hoy?
Sentí que el corazón se me partía.
Me agaché frente a él.
—No lo sé, Mateo.
—¿Se fue por mucho tiempo?
Tragué saliva.
—Papá necesita estar en otro lugar.
Mateo bajó la mirada.
—¿Hice algo malo?
—¡No!
Lo abracé inmediatamente.
—Tú no hiciste absolutamente nada malo. Nada de esto es culpa tuya.
Él apoyó su cabeza sobre mi hombro.
—Entonces, ¿por qué papá se fue?
No encontré una respuesta.
¿Cómo podía explicarle a un niño de cinco años que algunas personas toman decisiones egoístas?
¿Cómo podía decirle que su padre había elegido una vida diferente?
¿Cómo podía explicarle que el amor de dos adultos podía desaparecer, pero que el amor de un padre hacia su hijo debería permanecer?
—A veces los adultos toman decisiones que no entendemos —dije finalmente—. Pero tú siempre vas a tener a tu mamá.
Mateo levantó la cabeza.
—¿Y papá?
Me quedé en silencio.
Él no entendió mi silencio.
Pero yo sí.
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Rubén
Estaba sentado en el sofá del apartamento de Valeria.
Todo era nuevo.
El lugar.
Los muebles.
El olor.
La música que sonaba de fondo.
Incluso la forma en que Valeria me miraba.
—Por fin estamos juntos —dijo ella mientras se sentaba a mi lado.
Sonrió y apoyó la cabeza sobre mi hombro.
Yo intenté sonreír.
—Sí.
Pero algo dentro de mí no estaba tranquilo.
Miré mi teléfono.
No había mensajes de Catalina.
Ninguna llamada.
Nada.
Una parte de mí esperaba que ella me buscara.
Que me dijera que no podía vivir sin mí.
Que me pidiera regresar.
Pero el teléfono permanecía en silencio.
—¿Estás pensando en ella?
La pregunta de Valeria me sorprendió.
—No.
Mentí demasiado rápido.
Ella me observó.
—Entonces mírame.
Lo hice.
Valeria tomó mi rostro entre sus manos y me besó.
Cerré los ojos.
Pero en lugar de sentir emoción, apareció una imagen.
Catalina sentada en nuestra cocina.
Catalina preparando el desayuno.
Catalina acariciando su vientre.
Mateo corriendo hacia mí.
Abrí los ojos.
—¿Qué pasa? —preguntó Valeria.
—Nada.
Me levanté.
—Voy a tomar aire.
Salí al balcón.
La ciudad estaba llena de luces.
Pensé en nuestra casa.
En la habitación de Mateo.
En la cuna que todavía no habíamos terminado de armar para el bebé.
En Catalina.
Me repetí que había tomado la decisión correcta.
Una y otra vez.
Pero cuanto más intentaba convencerme, más difícil resultaba.
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Catalina
Durante los siguientes días aprendí que una casa podía estar llena de cosas y, al mismo tiempo, sentirse completamente vacía.
Los juguetes de Mateo seguían en la sala.
Las fotografías familiares continuaban en las paredes.
La ropa de Rubén todavía estaba en algunos cajones.
Su cepillo de dientes seguía en el baño.
Pero él no estaba.
Y su ausencia estaba en todas partes.
Una tarde, mientras organizaba la habitación del bebé, encontré una pequeña caja.
Dentro estaba la primera ecografía.
La tomé entre mis manos.
Sonreí al recordar el día en que Rubén la había visto por primera vez.
—Vamos a tener otro bebé —había dicho emocionado.
Después me había abrazado.
Yo había creído que ese momento sería para siempre.
Me senté en la cama y acaricié mi vientre.
—Tu papá te quería mucho —susurré.
Una lágrima cayó sobre la fotografía.
—Y aunque las cosas hayan cambiado, yo voy a protegerte.
De repente sentí una pequeña patada.
Me quedé inmóvil.
Después sonreí entre lágrimas.
—Sí, mi amor. Mamá está aquí.
Por primera vez en varios días, sentí algo diferente al dolor.
Sentí fuerza.
Tal vez todavía estaba rota.
Tal vez todavía amaba a Rubén.
Pero había algo que él no podía quitarme.
Mis hijos.
Mi futuro.
Y las ganas de volver a empezar.
---
Esa noche, Mateo llegó hasta mi habitación con su almohada.
—Mamá, ¿puedo dormir contigo?
—Claro, mi amor.
Se acostó a mi lado y abrazó mi brazo.
—Cuando nazca el bebé, ¿vamos a seguir viviendo aquí?
—Sí.
—¿Aunque papá no vuelva?
Cerré los ojos durante unos segundos.
—Sí.
—Entonces nosotros tres vamos a estar juntos.
Sonreí.
—Nosotros tres.
Mateo levantó tres dedos.
—Tú, yo y el bebé.
Lo abracé con fuerza.
—Exactamente.
Él se quedó dormido rápidamente.
Yo, en cambio, permanecí despierta.
Miré el techo mientras una pregunta daba vueltas en mi cabeza.
¿Podría realmente construir una vida sin Rubén?
No tenía respuesta.
Pero aquella noche entendí algo.
No podía controlar las decisiones de Rubén.
No podía obligarlo a volver.
No podía hacer que me amara nuevamente.
Pero sí podía decidir qué hacer con los pedazos de mi vida que todavía tenía.
Y por primera vez desde que se fue, decidí que iba a intentarlo.
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Rubén
Eran casi las dos de la madrugada cuando miré nuevamente el teléfono.
Seguía sin mensajes.
Abrí la conversación con Catalina.
Escribí:
“¿Cómo están los niños?”
Me quedé mirando la pantalla.
No envié el mensaje.
Lo borré.
Volví a escribir:
“¿Estás bien?”
También lo borré.
Finalmente bloqueé el teléfono y lo dejé sobre la mesa.
—¿Qué haces despierto?
La voz de Valeria apareció detrás de mí.
—Nada.
Ella se acercó y me abrazó por la espalda.
—Ya no tienes que preocuparte por ellos.
Me quedé quieto.
Aquellas palabras me incomodaron.
Porque aunque yo había decidido marcharme, una parte de mí sabía que Catalina y mis hijos seguían siendo mi familia.
Y entonces entendí algo que no quería aceptar.
Había salido de aquella casa buscando una vida diferente.
Pero había dejado dentro de ella una parte de mí.
Y esa parte comenzaba a doler.
Mucho más de lo que esperaba.
Mientras tanto, en nuestra antigua casa, Catalina dormía abrazada a Mateo.
Y por primera vez, ninguno de los dos me estaba esperando.
Ese pensamiento me quitó el sueño.
🙊a hora cual será el misterio