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Resucitado Por Venganza

Resucitado Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencuentro / Venganza
Popularitas:185
Nilai: 5
nombre de autor: Galeano

Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.

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Capitulo 23

La luz dorada de la tarde se filtraba entre los visillos de la sala, iluminando los tonos cálidos del hogar que Isabella había construido con tanto esmero. Sobre la mesa de centro, un tapete de fieltro verde servía de tablero para un barco de modelismo a escala que el pequeño Alex intentaba ensamblar sin éxito. Sus menudos dedos luchaban con una vela de tela sintética y un cabo de hilo encerado, mientras fruncía el ceño con esa concentración idéntica a la de su padre.

A un lado del sofá, Alexander —presentado formalmente ante el niño como "Sasha", un antiguo amigo de la familia llegado recientemente del extranjero— lo observaba en silencio. Vistiendo una camisa de lino gris con las mangas enrolladas a los antebrazos, el heredero de los Rostova mantenía una postura relajada, aunque por dentro cada latido de su corazón resonaba como un tambor de guerra ante la sola cercanía de su sangre.

—El nudo marinero que intentas hacer es un nudo de rizo —comentó Alexander con voz suave y profunda, rompiendo el murmullo de la música instrumental que Isabella había puesto de fondo en la cocina—. Si lo apretaras así, el viento rompería el mástil en la primera maniobra.

El niño levantó la vista de inmediato. Sus ojos azules, puros y brillantes, se fijaron en la figura del hombre alto que lo miraba con una mezcla inusual de severidad y ternura.

—¿Usted sabe de barcos, señor Sasha? —preguntó el pequeño Alex, dejando la pinza de madera sobre la mesa y acomodándose sobre sus rodillas.

—Sé lo suficiente sobre la mar como para saber que ninguna vela se sostiene sin paciencia —respondió Alexander con una media sonrisa, deslizándose del sofá para hincarse sobre la alfombra a la misma altura del niño.

A pocos metros, desde el umbral de la cocina, Isabella observaba la escena sosteniendo una bandeja con limonada. El pecho se le oprimía en un dulce nudo de emociones encontradas. Ver a Alexander a escasos centímetros de su hijo, compartiendo espacio en la misma alfombra donde el pequeño había dado sus primeros pasos, parecía un milagro ganado a pulso tras una década de dolor. Sin embargo, el recuerdo de las amenazas que pesaban sobre sus vidas mantenía a Isabella en una alerta constante, obligándola a vigilar la escena con la respiración contenida.

Alexander tomó la diminuta cuerda entre sus gruesos dedos. Con una destreza precisa y pausada, ejecutó el trenzado, guiando las manos del niño para que repitiera el movimiento paso a paso.

—Pasa el cabo por debajo de la cornamusa, así... y luego le das la vuelta en forma de ocho —instruyó Alexander, sintiendo el calor de la pequeña mano de Alex rozando la suya. Un escalofrío eléctrico le recorrió la columna vertebral; era la primera vez que tocaba formalmente a su hijo en el calor de un hogar, sin las sombras del parque ni la urgencia de la huida.

—¡Guau! Quedó firme —exclamó el niño con admiración, tirando del hilo para probar la resistencia del nudo—. Mi papá también sabía hacer cosas geniales, ¿verdad? Mamá dice que él era un gran arquitecto y que podía construir cualquier cosa.

La pregunta cayó sobre la estancia con el peso de una verdad a medias. Alexander detuvo el movimiento de sus manos por una fracción de segundo, buscando los ojos de Isabella en la distancia antes de responder.

—Tu padre era un hombre que amaba la precisión, Alex —contestó Alexander, mirando fijamente al pequeño con una solemnidad desgarradora—. Pero sobre todas las cosas, edificó la obra más hermosa de su vida el día que te dio la existencia a ti.

El niño sonrió con orgullo, inflando el pecho como solía hacer cada vez que se mencionaba la memoria de su progenitor. La conexión entre ambos fluía con una naturalidad asombrosa. Para Alex, la presencia de "Sasha" no resultaba intrusiva ni ajena; había en la forma de hablar del visitante, en sus ademanes tranquilos y en el tono protector de su voz, algo que le transmitía una seguridad inexplicable, como si una pieza faltante en su universo finalmente hubiera encajado en su lugar.

Durante las horas siguientes, las visitas de Alexander se convirtieron en el evento más esperado de las tardes del pequeño. Compartieron tardes de tareas escolares, partidas de ajedrez en las que el niño aprendía la astucia de la estrategia militar camuflada de juego, y relatos de viajes por Europa que mantenían al pequeño Alex fascinado, escuchando con atención cada palabra del hombre al que consideraba su nuevo y mejor amigo.

Una tarde de lluvia, mientras el agua repiqueteaba contra los cristales del salón, Alex se quedó dormido sobre el sofá, con la cabeza apoyada en un cojín y un libro de historias navales entre las manos.

Alexander se puso de pie con cautela, procurando no hacer el menor ruido. Se acercó al sofá, se inclinó lentamente y acomodó una manta de lana sobre los hombros de su hijo. Rozó con la yema del pulgar la mejilla suave del niño, reteniendo un sollozo que amenazaba con quebrarle la voz.

—Duerme tranquilo, mi pequeño capitán —susurró Alexander para sí mismo, besando la frente del niño con una devoción sagrada que congeló el tiempo en la estancia.

Isabella, que caminaba hacia el salón para traer un café caliente, se detuvo en seco al presenciar el gesto. Las lágrimas brotaron de sus ojos en silencio, corriendo por sus mejillas mientras veía a su verdadero amor cuidar del fruto de sus vidas. Alexander se giró lentamente hacia ella, manteniéndose erguido en la penumbra.

—Se parece a ti cuando duerme —murmuró Isabella con la voz entrecortada, limpiándose la cara con la manga del suéter.

—Tiene tus labios y tu nobleza, Isabella —respondió Alexander, acercándose a ella con paso firme hasta quedar a pocos centímetros de distancia—. Cada segundo que paso a su lado me demuestra el trabajo extraordinario que hiciste criándolo. Se ha ganado mi respeto absoluto, no solo porque lleva mi sangre, sino porque es un niño de luz impecable.

—Él te aprecia, Alexander —confesó ella, buscando la mirada del hombre que había vuelto del infierno—. Anoche, antes de dormirse, me preguntó si el señor Sasha podría quedarse a vivir con nosotros algún día. Me dijo que cuando está contigo siente que nada malo puede pasarle.

Alexander cerró los puños a los costados, sintiendo que una fuerza inquebrantable le inflamaba el pecho. El vínculo con su hijo estaba forjado; la confianza y el respeto mutuo eran una realidad indestructible. Ya no era un extraño ni un espectro del pasado; era la figura protectora que el pequeño Alex había anhelado desde el día en que nació.

—Ese día llegará muy pronto, mi amor —sentenció Alexander en un susurro cargado de determinación, tomando la mano de Isabella y besando sus nudillos con fervor—. La sombra que los amenaza está a punto de ser destruida por completo. Me he ganado el corazón de mi hijo como amigo; muy pronto, cuando la verdad salga a la luz y la justicia sea ejecutada, reclamaré mi lugar como su padre ante el mundo entero.

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