Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 17: Un espacio para Oriana
Oriana.
Dejé que el agua caliente resbalara por mi cuerpo mientras apoyaba las manos contra los azulejos de la ducha.
No sabía qué haría de ahora en adelante.
Amaba profundamente a Jonás. Eso no había cambiado, ni siquiera después de descubrir todas las cosas que me había ocultado. Pero ¿cómo se suponía que debía enfrentarme a su familia? Sus padres me habían dejado muy claro que no me consideraban suficiente para su hijo. Para ellos, yo era una desconocida que había conseguido casarse con el heredero de los O’Neil.
Y no podía evitar preguntarme si aquella sería mi vida a partir de ahora: tener que demostrar constantemente que merecía estar a su lado.
Suspiré, dejando que el agua mojara mi rostro.
Nunca había deseado riquezas ni una vida llena de lujos. Mis sueños eran mucho más sencillos. Quería terminar mis estudios, dedicarme a la pintura, tener un hogar y construir una familia con alguien que me amara. Y había creído encontrar todo eso en Jonás.
Pero ahora descubría que casarme con él significaba entrar en un mundo que apenas conocía.
¿Podría acostumbrarme?
¿Podría soportar las miradas de desprecio y los comentarios de personas que se creían superiores a mí por tener más dinero?
Cerré los ojos.
No quería pensar en eso. Al menos no en aquel momento.
Después de unos minutos, cerré la llave y salí de la ducha. Me sequé con una toalla, me puse una de las prendas cómodas que había guardado en mi maleta y me acerqué a la cama.
Jonás no estaba en la habitación.
Recordé que había salido y me pregunté cuándo regresaría. Una parte de mí deseaba que volviera pronto, aunque todavía no supiera cómo mirarlo sin recordar todas sus mentiras.
Me acomodé entre las sábanas, abrazando una almohada.
Estaba agotada.
Mis pensamientos comenzaron a confundirse mientras el cansancio se apoderaba de mí. Sin darme cuenta, terminé cerrando los ojos.
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Jonás.
Salí de la casa después de hablar con Matilde.
—Necesito que me ayudes con algo —le había dicho.
—Por supuesto, ¿Qué necesita?
—Quiero que desocupes el ático. Retira todo lo que haya allí y asegúrate de que quede limpio.
Matilde me miró con cierta curiosidad.
—¿Piensa utilizarlo?
—Sí. Quiero tenerlo listo cuanto antes.
—No se preocupe. Me encargaré.
Le agradecí y salí de la casa.
Durante el camino no pude dejar de pensar en Oriana. Sabía que estaba dolida y que necesitaba tiempo para asimilar todo lo que había descubierto. No podía exigirle que estuviera bien de un momento a otro, pero tampoco quería que nuestra primera noche en aquella casa terminara siendo un recuerdo desagradable.
Había imaginado que este sería el comienzo de una etapa maravillosa para los dos. Sin embargo, mis secretos habían terminado convirtiendo nuestra llegada en una discusión.
Y tenía que hacer algo para demostrarle que, a pesar de todo lo que había descubierto, seguía siendo el mismo hombre del que se había enamorado.
Pasaron aproximadamente dos horas antes de que regresara.
Llevaba varias bolsas con algunas cosas que había comprado. Al entrar, Matilde apareció desde el pasillo.
—Señor, ya está todo despejado, tal como me pidió.
—Perfecto. Muchas gracias.
—¿Necesita que le ayude con algo más?
—Por ahora no. Puedes continuar con tus cosas.
Subí las escaleras con las bolsas y me dirigí al ático. Al abrir la puerta, comprobé que Matilde había cumplido con lo que le había pedido. El espacio estaba limpio y despejado, tal como lo necesitaba.
No quería que fuera un lugar cualquiera. Quería que tuviera algo de ella, de esa parte de Oriana que tanto me había enamorado y que, entre tantas cosas que habían sucedido, no quería que llegara a perder.
Mientras acomodaba algunas cosas, recordé las veces que la había encontrado dibujando en cualquier pedazo de papel que tuviera a mano. Recordé la emoción con la que me hablaba de sus pinturas, de los colores que utilizaba para representar las emociones y de todos los sueños que tenía relacionados con su pasión.
Sonreí al pensar en ella.
Mi pelirroja merecía un espacio donde pudiera sentirse libre, donde pudiera dejar volar su imaginación y olvidarse, aunque fuera por un momento, de los problemas que nos rodeaban. Un lugar donde pudiera seguir haciendo lo que amaba sin sentirse juzgada ni limitada por las circunstancias.
Continué trabajando durante un buen rato, procurando que cada detalle quedara en su lugar. Quería que todo estuviera perfecto. No sabía si mi sorpresa conseguiría hacerla sonreír, pero esperaba que al menos le recordara que sus sueños seguían siendo importantes y que yo quería verla cumplirlos.
Cuando terminé, me quedé observando el resultado.
Sabía que aquello no solucionaría nuestros problemas ni borraría las mentiras que le había contado. Pero esperaba que comprendiera que no quería cambiarla ni hacer que renunciara a lo que amaba por estar conmigo. Quería acompañarla, apoyarla y construir una vida en la que también hubiera espacio para sus sueños.
...****************...
Oriana.
Me desperté cuando los últimos rayos del sol se filtraban por las cortinas. Por unos segundos permanecí acostada, intentando recordar dónde estaba. Entonces recordé todo lo sucedido y suspiré.
Me incorporé y miré hacia el otro lado de la cama. Estaba vacío.
Jonás todavía no había regresado a la habitación, así que me levanté, me arreglé un poco el cabello y salí.
Bajé las escaleras lentamente. Al llegar al último escalón, lo encontré en la sala, revisando algo en su teléfono.
—Hola—saludé.
Jonás levantó inmediatamente la mirada y sonrió.
—Hola, dormilona.
Se acercó y depositó un beso en mi frente.
—¿Descansaste?
—Sí, bastante.
—Me alegra. Ven, quiero enseñarte algo.
Lo miré con curiosidad.
—¿Qué cosa?
—Es una sorpresa.
—¿Una sorpresa?
—Así es. Pero tendrás que acompañarme para descubrirlo.
Tomó mi mano y me condujo hacia las escaleras. Subimos hasta el último piso de la casa y se detuvo frente a una puerta que no había visto antes.
—Cierra los ojos —me pidió.
—Jonás, ¿qué estás haciendo?
—Confía en mí, pelirroja.
Sonreí ligeramente y obedecí. Sentí que abría la puerta y después me guió unos pasos hacia adelante.
—Ya puedes abrirlos.
Lo hice.
Y me quedé sin palabras.