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YO SOY ANA KARENINA

YO SOY ANA KARENINA

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Mujer poderosa / Época
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Ana Karénina murió bajo las ruedas de un tren, destruida por un amor que nunca estuvo dispuesto a luchar por ella.

Pero el destino le concede una segunda oportunidad.

Ana despierta en el pasado con todos sus recuerdos intactos. Esta vez no será la esposa obediente de Karénin ni la mujer que cae rendida ante Vronsky. Conoce el final de su historia y está decidida a cambiarlo.

También conoce un secreto.

Alejandro II, el poderoso Zar de Rusia, algún día se enamorará perdidamente de Ekaterina Dolgorúkova.

Ana no piensa permitir que esa historia se repita.

Ella no busca un amante. Busca un hombre capaz de amarla con la misma intensidad con la que ella sabe entregarse.

Así comienza su juego más peligroso: conquistar al Zar, proteger a su hijo Seriozha y arrebatarle al destino el lugar que considera suyo.

Esta vez, Ana no morirá por amor. Será ella quien escriba el final.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Red de Seda

Aquel espacio privado del Palacio de Invierno quedó sumido en un silencio denso y sofocante. El Zar Alejandro II avanzó con un paso lento, firme y deliberado, mientras Ana retrocedió a tientas, midiendo cada milímetro hasta que sus espaldas impactaron contra la pared tapizada de seda. Sin ningún lugar hacia dónde huir ni escape posible, quedó completamente atrapada bajo la sombra del monarca.

Alejandro II extendió su mano y, con una firmeza que no admitió resistencia, la tomó del mentón y le levantó el rostro, obligándola a mirarlo fijamente a los ojos.

—Ana Karénina, esposa de uno de los funcionarios de mi gobierno... ¿Vas a seguir huyendo de mí o te vas a rendir a lo evidente? —preguntó el Zar con una voz grave, cargada de una posesividad absoluta.

Ana apartó el rostro con brusquedad simulada y clavó la vista en el suelo.

—No sé de qué habla, Señor —murmuró ella con un tono que pretendió sonar distante y confundido.

El soberano volvió a tomar su barbilla, apretando los dedos con más intensidad para forzar su mirada.

—¿Acaso no lo recuerdas? ¿Debo recordarte la noche que pasamos juntos, señora Karénina? —le susurró Alejandro al oído, mientras deslizaba los nudillos con lentitud por la curva pálida de su mejilla.

Un temblor visible recorrió el cuerpo de Ana. Encogió los hombros y alzó las manos en un gesto de aparente desesperación moral.

—Eso... eso fue un error —dijo con la voz entrecortada, atropellándose con las palabras—. Yo estaba medio ebria esa noche... Usted ingresó a la habitación y yo... yo no tengo la culpa de lo que ocurrió.

El Zar dejó escapar una leve carcajada llena de incredulidad y arrogancia, disfrutando la supuesta inocencia de su presa.

—Vaya... Entonces está acusando usted al Zar de aprovecharse de una mujer desvalida —sentenció el monarca, alzando una ceja.

Ana lo miró de golpe, abriendo los ojos con una sorpresa teñida de absoluto pánico. Sabía perfectamente que acusar al soberano de semejante delito significaba una condena directa a muerte o la ruina total. Movió la cabeza repetidamente en señal de negativa, fingiendo un terror abrumador.

—No, Su Majestad... ¡No! —exclamó en un susurro desesperado—. Solo... solo que yo no era yo misma esa noche, lo siento profundamente...

Aprovechó el instante para intentar dar un paso al costado y escapar hacia la salida, pero el Zar la tomó del brazo con fuerza, la giró hacia su cuerpo y la atrajo bruscamente hacia sí. Antes de que ella pudiera articular otra palabra, la besó con una pasión dominante y hambrienta.

Cuando el beso concluyó, Ana mantuvo los ojos cerrados, dejando escapar un sollozo ahogado.

—Por favor, déjeme volver junto a mi marido... —suplicó entre cortadas respiraciones—. Yo soy una mujer casada. No puedo estar en esta situación tan indecente.

Alejandro no prestó la menor atención a sus palabras. Se inclinó sobre su cuello y le rozó la piel con los labios.

—Me gustas, Ana Karénina. He decidido que serás mi amante —le dictó al oído con tono inquebrantable.

Con los ojos aún cerrados, Ana comenzó a llorar en silencio. Dejó que las lágrimas rodaran por sus mejillas mientras sacudía la cabeza, fingiendo defender desesperadamente su virtud.

—No... no quiero, Señor —sollozó con voz rota—. Soy una mujer casada, le debo fidelidad a mi esposo y tengo un hijo pequeño. Por favor, busque a muchas otras mujeres más hermosas, más jóvenes y más dispuestas en la corte... pero yo no puedo.

El Zar hizo oídos sordos a sus súplicas. Fascinado por esa resistencia que solo alimentó su instinto conquistador, continuó besándola en el cuello y los hombros mientras, con dedos ágiles, comenzó a desabrochar lentamente la parte posterior de su vestido de terciopelo. Ana intentó apartar sus manos tímidamente en un gesto inicial de resistencia, pero terminó cediendo y cayendo rendida bajo los avances inevitables del monarca.

En el clímax de la entrega, cuando el deseo consumió la estancia y Ana dejó escapar gemidos ahogados bajo su peso, el soberano se inclinó sobre ella para marcar su dominio.

—Ana... Desde ahora eres mi mujer, mi amante —le juró Alejandro al oído.

Cuando el encuentro apasionado llegó a su fin, el Zar se incorporó a su lado, satisfecho y triunfante. Al girarse hacia ella, notó que Ana lo miraba con los ojos empapados en lágrimas.

—¿Por qué lloras? —preguntó el monarca con evidente curiosidad.

Ana apartó la mirada de inmediato, fijándola en la pared opuesta.

—No quiero ser su amante —murmuró entre sollozos contenidos—. Yo soy una mujer casada... Esto es sucio, es indecente ante Dios y ante la sociedad.

Continuó llorando en silencio, proyectando la imagen perfecta de una víctima atrapada por el destino. Alejandro se acercó con ternura, extendió sus dedos y le secó suavemente las lágrimas del rostro.

—Ay, mi hermosa Ana... No llores —dijo el Zar con voz suave y posesiva—. Ese hermoso rostro solo está en este mundo para hacerme feliz a mí.

Ana volvió a mirarlo con esos ojos desvalidos, desprotegidos y suplicantes que tanto fascinaban al monarca. La visión de su fragilidad fue una tentación imposible de frenar para Alejandro, quien perdió de nuevo el control e intimó con ella una vez más en la penumbra de la habitación.

A medida que los minutos transcurrían y la intimidad se desvanecía lentamente entre las sábanas de seda y el calor de los candelabros, Ana respiraba con una calma calculada. Sabía que cada lágrima derramada, cada palabra de falsa resistencia y cada gemido medido cumplían el propósito exacto de atrapar el orgullo del autócrata en una red invisible de devoción y culpa. El Zar, convencido de que su voluntad masculina y su poder imperial doblegaban por completo la resistencia moral de la dama, ignoraba por completo que cada segundo de sumisión aparente consolidaba el control definitivo de ella sobre el trono de Rusia.

Transcurrido el tiempo, un golpe firme y discreto resonó al otro lado de la puerta de madera, e interrumpió el silencio de la estancia para anunciar que la ausencia del soberano comenzaba a llamar la atención en el salón imperial.

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Gleirys Carolina
😅😅
Vaya decisión de la prota, siempre fue un lobo al acecho vestida con piel de oveja calculando todo y saliéndose con la suya, haciendole ver al Zar que era el cazador y a la final siempre fue la presa
EspirituCreativo: 🤭 Nuestra ana vivió mucho algo tuvo que aprender
total 1 replies
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