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El Precio De Las Oportunidades: Ecos Del Pasado

El Precio De Las Oportunidades: Ecos Del Pasado

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Romance de oficina / CEO
Popularitas:454
Nilai: 5
nombre de autor: SakuDiHina

Aurelia creía haber dejado atrás los secretos de su pasado.

Hasta que vuelve a encontrarse con Franco.

Lo que nace entre ellos los lleva a descubrir documentos ocultos, acusaciones manipuladas y una verdad que alguien lleva años intentando enterrar.

Una nueva pista los obliga a regresar al lugar donde todo comenzó.

Y allí comprenden que nada era como les contaron.

Ahora Aurelia y Franco deberán descubrir quién manipuló los acontecimientos que cambiaron sus vidas y cuánto están dispuestos a arriesgar para conocer la verdad.

Porque amar puede ser una elección.
Perdonar, otra.
Pero descubrir la verdad...
puede tener un precio demasiado alto.

NovelToon tiene autorización de SakuDiHina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Prólogo — El árbol y la promesa

Muchos años antes de que FranLia se convirtiera en una empresa reconocida, cuando los apellidos todavía pesaban más que las decisiones propias, una tarde de verano comenzó a unir dos historias que los adultos habían intentado mantener separadas. En los jardines de la residencia Blackwood, los niños corrían entre los árboles mientras, dentro de la casa, las voces de los mayores subían y bajaban con una tensión que ninguno de ellos comprendía del todo.

Aurelia tenía la costumbre de observar antes de hablar. Había aprendido que, en aquella casa, hacerlo era más seguro. Ana, en cambio, parecía saber exactamente qué decir para conseguir que los demás se pusieran de su lado. Víctor, Walter, Andrew y Xavier la seguían con una facilidad que a Aurelia le costaba entender. Eran pequeños todavía, pero ya existían entre ellos alianzas, bromas privadas y pequeñas lealtades que parecían cambiar según quién estuviera delante.

Aquella tarde habían estado jugando cerca de una de las fuentes cuando Ana tomó una cinta que Aurelia había dejado sobre una piedra.

—Es mía —dijo Aurelia, acercándose.

Ana la sostuvo detrás de la espalda y sonrió.

—Solo la estoy mirando.

—Devuélvemela.

—¿Por qué siempre tienes que mandar? —preguntó Víctor.

Aurelia lo miró sorprendida.

—No estoy mandando. Solo quiero mi cinta.

Walter se encogió de hombros.

—Ana la encontró primero.

—Pero era mía.

Ana bajó la mirada y dejó escapar un suspiro.

—Está bien. Quédate con ella. No quería discutir.

Aurelia sintió que la discusión había cambiado de dirección sin que nadie hubiera hecho nada para resolverla.

—No estoy discutiendo —insistió—. Solo estoy diciendo la verdad.

Ana Levantó los ojos hacia los demás. Su expresión cambió apenas, lo suficiente para parecer herida.

—Siempre termina igual. Si digo algo, Aurelia se enfada conmigo.

—Eso no es cierto —respondió Aurelia de inmediato.

—Entonces, ¿por qué estás gritando? —preguntó Xavier.

Aurelia abrió la boca y volvió a cerrarla. No estaba gritando. Pero, de pronto, defenderse parecía una prueba en su contra.

—No estoy gritando.

Ana se abrazó a sí misma.

—No importa. Déjalo.

Víctor se colocó a su lado.

—Ya está, Ana. No tienes que explicarte.

Aurelia sintió una punzada de frustración.

—¿Y yo? ¿Por qué nadie me pregunta qué pasó?

Nadie respondió.

Aquella no sería la última vez que Aurelia tendría que defenderse de algo que no había hecho. Tampoco sería la última vez que Ana conseguiría convertir una discusión sencilla en una escena donde ella quedaba como la persona herida y Aurelia como la responsable de haberla provocado.

Los adultos aparecieron entonces en una de las galerías que comunicaban la casa con el jardín. No habían escuchado toda la conversación, solo el final.

—¿Qué ocurrió? —preguntó una de las mujeres.

Ana bajó la mirada.

—Nada. Aurelia se molestó conmigo.

Aurelia dio un paso adelante.

—No fue así. Ella tomó mi cinta y después dijo que yo estaba gritando.

La respuesta de Ana llegó casi en un susurro.

—No quería hacerle daño.

Uno de los adultos miró a Aurelia con una mezcla de cansancio y desaprobación.

—Entonces no sigas discutiendo.

Aurelia sintió que algo se cerraba dentro de ella.

—Pero no fui yo quien empezó.

—Ya es suficiente —dijo otra voz.

No hubo una investigación. No hubo preguntas. Solo una conclusión rápida que la dejó a ella cargando con una culpa que no entendía.

Aurelia miró a los cuatro niños. Esperó que alguno dijera que había ocurrido de otra manera. Walter evitó sus ojos. Andrew parecía incómodo. Xavier observaba el suelo. Víctor permaneció junto a Ana.

—¿Ven? —dijo Ana, casi con tristeza—. Siempre termino haciendo que todos se enojen.

Aurelia negó con la cabeza.

—No digas eso. No es verdad.

Ana se llevó una mano al pecho.

—Solo quería que dejáramos de discutir.

Y esa frase fue suficiente para que la conversación terminara como casi siempre: Ana consolada y Aurelia apartada.

Aquella tarde, Aurelia aprendió una lección que tardaría años en olvidar. Cuando los demás ya habían decidido quién era la víctima, explicar lo ocurrido no servía de nada.

Cuanto más intentaba defenderse, más parecía estar prolongando el problema.

Por eso comenzó a alejarse.

Primero dejó de participar en algunos juegos. Después empezó a pasar más tiempo en los extremos del jardín, donde nadie la buscaba. Descubrió un rincón detrás de los arbustos, cerca del viejo olmo, desde donde podía escuchar las conversaciones sin tener que formar parte de ellas.

Allí podía leer, observar las hojas moverse con el viento o simplemente permanecer en silencio.

No era que Aurelia no quisiera tener amigos. Quería que alguien la escuchara antes de juzgarla. Quería poder decir “yo no hice eso” sin que la respuesta fuera una mirada de desconfianza. Pero cada vez que se acercaba al grupo sentía que debía medir sus palabras, sus gestos y hasta la forma de mirar a Ana.

Mientras los niños se dispersaban por el jardín, dentro de la residencia Blackwood los adultos mantenían una conversación completamente distinta.

La puerta del despacho estaba entreabierta. Aurelia no tenía intención de escuchar, pero al pasar cerca distinguió el tono grave de uno de los hombres.

—No podemos mantener esto oculto indefinidamente.

—No se trata de ocultarlo —respondió otro—. Se trata de evitar que se interprete de una manera que perjudique a todos.

Sobre el escritorio había varios documentos, una carpeta de tapas oscuras y una hoja con varias anotaciones. Un nombre aparecía escrito en ella. Uno de los hombres lo señaló con el dedo.

—Ese nombre no puede quedar asociado a este acuerdo.

—Ya está en los registros.

—Entonces hay que corregir los registros.

La carpeta cambió de manos.

—¿Y Revenvery? —preguntó una voz.

Hubo un silencio.

—Su familia no puede saber toda la historia todavía.

—¿Y el niño?

—El niño no tiene nada que ver con esto.

Aurelia no comprendió aquellas palabras. Solo entendió que los adultos hablaban de asuntos que parecían demasiado importantes para estar ocurriendo mientras los niños jugaban a pocos metros.

En ese momento, una hoja cayó al suelo. Uno de los hombres la recogió rápidamente. Aurelia alcanzó a ver que una parte del texto había sido tachada. Después, alguien cerró la carpeta.

—Esto queda entre nosotros.

—Y la promesa también.

Aurelia siguió caminando. No sabía qué promesa mencionaban ni por qué el nombre que había visto parecía provocar tanta tensión. Tampoco sabía que años después aquellas palabras tendrían un significado diferente.

Lo único que sabía era que no quería volver al interior de la casa.

Así que regresó al jardín.

El sol comenzaba a bajar y las sombras de los árboles se alargaban sobre el césped. Aurelia caminó hasta el viejo olmo, buscando el lugar donde nadie pudiera encontrarla. Pensaba quedarse allí hasta que los demás dejaran de discutir.

Entonces escuchó un ruido entre las ramas.

Alzó la vista.

Había un niño atrapado en el árbol.

—¿Estás bien? —preguntó.

El niño intentó aparentar seguridad.

—Sí.

Aurelia miró hacia arriba.

—No parece que estés bien.

—Puedo bajar solo.

—Entonces baja.

El niño miró hacia abajo y perdió el valor que estaba intentando aparentar.

—No sé cómo.

Aurelia suspiró. Por primera vez en toda la tarde, alguien necesitaba su ayuda sin haber decidido antes que ella era culpable de algo.

—Espera ahí. Voy a subir.

—¿Tú?

—Sí, yo.

Aurelia apoyó las manos en el tronco y comenzó a trepar. La corteza áspera le raspó las palmas. Una rama crujió bajo su peso y el niño se puso nervioso.

—¡Ten cuidado!

—Lo estoy teniendo.

Cuando llegó hasta él, Aurelia comprobó que una de sus piernas había quedado atrapada entre dos ramas.

—No te muevas todavía.

—Tengo miedo.

Ella lo miró.

—Yo también.

El niño pareció sorprenderse.

—No pareces tener miedo.

—Porque si los dos tenemos miedo, ninguno baja.

El niño respiró hondo.

Aurelia consiguió liberar la rama y le indicó cómo apoyarse. Bajaron lentamente, uno detrás del otro, hasta tocar el suelo.

Cuando estuvieron abajo, el niño la miró como si todavía no entendiera por qué ella había hecho aquello.

—Gracias.

Aurelia se encogió de hombros.

—No pasa nada.

—Soy Franco.

Ella tardó un instante en responder.

—Aurelia.

Franco miró hacia la casa. Las voces de los adultos seguían llegando desde el interior, aunque ahora eran apenas un murmullo.

—¿Te vas a quedar aquí? —preguntó él.

Aurelia negó con la cabeza.

—No. Prefiero estar sola.

Franco no insistió. Solo la observó alejarse entre los árboles.

Para Aurelia, aquel encuentro fue apenas un momento más de una tarde que quería olvidar. Para Franco, en cambio, quedó guardado como el recuerdo de la niña que subió por él cuando todos los demás seguían discutiendo quién tenía la culpa.

Ninguno de los dos sabía que, mientras se alejaban del árbol, dentro de la residencia Blackwood una carpeta volvía a cambiar de manos y un nombre era tachado una vez más.

Tampoco sabían que aquella tarde no había terminado realmente.

Años después, cuando volvieran a encontrarse, Aurelia descubriría que algunas heridas de la infancia no habían nacido de lo que ella hizo, sino de lo que otros decidieron creer. Franco descubriría que la historia de su familia estaba relacionada con algo mucho más antiguo de lo que había imaginado.

Y ambos tendrían que regresar, de una manera u otra, al lugar donde una niña decidió alejarse de todos y terminó encontrando a un niño atrapado en un árbol.

Porque a veces una promesa puede sobrevivir durante años sin que nadie recuerde exactamente quién la hizo.

1
Betty Manzur
asta aquí llegó no le veo nada interesante todo es Ana y Ana y quien es ana
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