Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.
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capitulo 8
La extraña calma del estudio se fracturó con la misma rapidez con la que se había construido. Lian se apartó de Amelia con un movimiento fluido pero distante, recuperando la compostura de un líder absoluto en cuestión de un pestañeo.
Amelia se apresuró a ajustar el cuello rasgado de su blusa, intentando ocultar la venda manchada mientras recuperaba el aliento.
El aire en la habitación todavía vibraba con el calor de su proximidad, pero el Alfa ya le daba la espalda, erguido frente a la ventana como si la escena jamás hubiera ocurrido.
—Regresa a la tercera planta —ordenó él, con la voz nuevamente dura y despojada de cualquier matiz de calidez—. No quiero volverte a ver en esta área sin mi autorización previa.
Amelia no esperó a que se lo dijera dos veces. Giró el cerrojo metálico y salió al pasillo, sintiendo las piernas ligeras como papel por la descarga de adrenalina. Sin embargo, al cruzar el arco de piedra que separaba el estudio de la gran galería central, la ruta de regreso le fue bloqueada bruscamente.
El sonido seco de unos taconazos de cuero sobre el mármol resonó con fuerza en el vestíbulo.
Frente a ella apareció una mujer de elegancia imponente y porte aristocrático. Vestía un abrigo entallado de color borgoña que resaltaba su silueta esbelta, su cabello azabache caía en ondas perfectas sobre sus hombros y sus ojos, de un verde felino y helado, escudriñaron a Amelia de arriba abajo con una mezcla instantánea de asco y desprecio.
A su lado caminaban dos guardias de la manada, hombres corpulentos de rostro sombrío que mantenían las manos cerca de los cinturones.
—¿Y qué clase de rata de cañería se supone que es esta? —preguntó la mujer. Su voz, aunque refinada, venía cargada de un veneno sutil y dominante.
Amelia se detuvo en seco, manteniendo la cabeza erguida pero dando un paso prudente hacia atrás.
—Soy Amelia Vance, la enfermera a cargo del cuidado de Mateo —respondió con tono neutro.
La mujer soltó una risa baja y cristalina, desprovista de cualquier rasgo de humor real. Avanzó un par de pasos hacia Amelia, invadiendo su espacio personal con la soltura de quien se sabe dueña de todo lo que la rodea. El aroma que despedía era sofocante: una mezcla intencional de perfumes costosos y el rastro dominante de un lobo de sangre pura.
—Ah, la servidumbre humana —siseó, deteniéndose a solo un metro—. Me llamo Karen, de la casa noble de los Silverfang. La futura Luna de esta manada y la prometida por derecho de sangre del Alfa Lian.
Amelia sintió una punzada fría en el estómago, no por el título que la mujer ostentaba con tanto orgullo, sino por la mirada de odio visceral que Karen le dirigía. Karen no miraba a Amelia como a una empleada común; la miraba como a una intrusa peligrosamente indeseable.
—No sabía que el señor Lian tuviera compromisos de ese tipo —comentó Amelia en voz baja.
El rostro de Karen se contrajo en un rictus de rabia contenida. Dio un paso más, inclinándose levemente hacia la joven. Las pupilas de la noble loba se dilatan por un instante, revelando un destello dorado amenazante antes de volver a su estado normal.
—No tienes por qué saber nada de los asuntos del clan, rata insignificante —murmuró Karen, bajando el tono para que los guardias no captaran la totalidad de la provocación—. Lian me pertenece. Esta mansión, este territorio y el puesto de Luna son míos por derecho ancestral. Mi padre y los ancianos de la manada ya han pactado la unión, y solo es cuestión de tiempo para que la ceremonia se lleve a cabo.
Amelia permaneció en silencio, observando la postura de la mujer. A pesar del veneno de sus palabras, la agudeza clínica de Amelia detectó algo más en Karen: ansiedad. Una inseguridad latente y desesperada por marcar territorio. Si la alianza entre Lian y ella era tan segura, Karen no tendría la necesidad de arrinconar a una simple niñera en medio de un pasillo.
—Si me disculpa, señora Karen, debo volver con el niño —dijo Amelia, intentando rodearla para seguir su camino.
Antes de que pudiera dar dos pasos, Karen estiró la mano y le atrapó el hombro con un agarre firme. Sus uñas, largas y pulidas, se clavaron a través de la tela exactamente sobre la Herida fresca que Mateo le había hecho la noche anterior.
Amelia ahogó un gemido de dolor y se congeló en el sitio.
—No me he terminado de presentar, sirvienta —dijo Karen con una sonrisa cruel, apretando apenas un milímetro más—. He escuchado los rumores que corren por la cocina. Dicen que el Alfa te permite rondar por sus aposentos a solas. No sé qué clase de truco humano o artimaña estés usando para llamar su atención, pero te advierto algo: las humanas frágiles como tú suelen tener accidentes muy desafortunados en estos bosques.
—Karen.
La voz de Lian resonó desde el fondo del pasillo como el estallido de un trueno lejano.
El Alfa caminaba hacia ellas con paso pausado pero aplastante. Aunque la venda de sus ojos permanecía oculta bajo la ilusión de su compostura perfecta, su sola presencia hizo que los dos guardias nobles dieran un paso atrás de inmediato, bajando la cabeza en señal de sumisión instintiva.
Karen soltó el hombro de Amelia al instante, transformando su rostro en una máscara de devoción y dulzura artificial.
—¡Lian, querido! —exclamó ella, cambiando radicalmente su tono por uno suave y meloso mientras se acercaba a él para tomarlo del brazo—. Estaba revisando la propiedad. No sabía que habías contratado a una humana tan imprudente para el chico. Sabes que mi familia puede proveer de las mejores cuidadoras de sangre pura para Mateo...
Lian no permitió que lo tocara. Con un movimiento seco de su codo, esquivó el contacto de Karen con una precisión implacable, manteniéndose a medio metro de distancia.
—La selección del personal de mi casa es asunto mío, Karen —dijo el Alfa, con una voz helada que cortó el intento de acercamiento de la mujer—. ¿A qué se debe tu visita sin previo aviso?
—Los ancianos del consejo están impacientes —respondió Karen, tragándose el desaire con elegancia forzada—. Quieren fijar la fecha para el banquete de la Luna.
Se rumorea en el territorio que has estado aislado demasiado tiempo tras la emboscada y exigen verte presidir la mesa. Necesitamos consolidar la alianza antes de que los clanes del norte intenten cruzar la frontera.
Lian apretó la mandíbula. Las venas oscuras alrededor de sus órbitas se tensaron bajo la piel, aunque Karen, cegada por su propia arrogancia, no notó el detalle a esa distancia.
—El consejo tendrá su banquete cuando yo lo decida —sentenció el Alfa—. Ahora retírate. Tengo asuntos que atender.
Karen apretó los puños, la rabia cruzando por sus ojos verdes al verse rechazada de forma tan abierta frente a la servidumbre. Miró de reojo a Amelia, quien se mantenía en silencio junto a la pared, y una chispa de odio puro se encendió en su mirada.
—Como desees, mi Alfa —dijo Karen en un susurro cargado de veneno—. Nos veremos pronto en la reunión del consejo.
Dio media vuelta y se alejó a zancadas por el vestíbulo, seguida de cerca por sus guardias. Sus taconazos resonaron hasta perderse en la entrada principal.
Lian permaneció inmóvil durante unos segundos. Sus ojos ciegos apuntaron hacia la dirección por la que se había ido Karen, y luego, sin girar la cabeza, se orientaron hacia el lugar exacto donde Amelia respiraba agitada.
—Sube a la tercera planta —dijo él con firmeza—. Y no te acerques a ella bajo ninguna circunstancia. Karen no duda en eliminar lo que considera un estorbo.
Amelia asintió en silencio, consciente de que acababa de ganarse a una enemiga mortal dentro de la propia estructura de la manada, y subió las escaleras mientras la sombra de la traición y la envidia comenzaba a cerrarse sobre la mansión.