Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.
Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.
Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.
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Capitulo 11: El reloj de arena y el espejo.
La tapa del baúl de cerezo se levantó con un suspiro pesado, liberando una ráfaga de aire helado que disipó por completo el humo con olor a lavanda. Alana retrocedió un paso, cubriéndose la boca mientras la luz de la linterna revelaba lo que había permanecido oculto durante décadas.
En el fondo del baúl, descansando sobre un cojín de terciopelo morado desgastado, no había más que montones de documentos viejos, expedientes psiquiátricos recortes de periódico, mientras buscaba los objetos que hablaba el diario encontró una foto de un chico muy guapo de la nada se le viene a la el nombre de Gabriel , quién es ¿ Gabriel? bueno no puedo negar que es muy guapo pero no es mi asunto. Al lado de todos eso encontró una bola de terciopelo color vino que contenía un reloj de arena de bronce forjado, cuyo cristal fino resguardaba una arena brillante y de un tono violeta intenso. Al fijarse bien, Alana notó con un escalofrío que los granos no caían de forma constante; descendían a un ritmo pausado, casi como si marcaran los latidos de un corazón. El reloj de arena del que hablaba el diario.
El segundo objeto era un espejo de mano con un marco de plata labrada con motivos de enredaderas y flores de violeta.
Con los dedos aún tibios por la reacción de sus lunares, Alana extendió el brazo y tomó el espejo. En cuanto la plata tocó su piel, el reflejo del vidrio no mostró las vigas polvorientas del desván ni su rostro asustado.
En lugar de eso, el cristal cobró vida propia: mostró un gran salón iluminado por arañas de cristal, gente vestida con trajes elegantes de otra época y, en el centro, a una mujer idéntica a ella portando un vestido violeta. La mujer sonreía mientras conversaba con un hombre cuya sombra se proyectaba en la pared de forma independiente a su cuerpo, extendiéndose como garras hacia ella.
—No es un recuerdo... es una advertencia —susurró Alana, rozando el marco helado del espejo.
Una voz no humana, profunda y distante, pareció resonar directamente dentro de su cabeza a través del espejo:
«La memoria no se destruye, Elena; solo se oculta tras el velo. La sombra no busca el diario... busca la promesa que rompiste antes de volver a nacer.»
Un golpe seco retumbó justo debajo de ella, en el suelo del desván.
No era un ruido casual de la casa. Era el sonido de alguien cerrando la puerta principal y avanzando a pasadas firmes y pesadas por el pasillo, justo hacia la silla de mimbre y la escalera de tijera desplegada.
Alana guardó rápidamente el reloj de arena y el espejo envueltos en el terciopelo dentro de su morral. Apagó la linterna del teléfono y retrocedió en la penumbra hacia el fondo del desván.
Desde el hueco de la trampilla, una sombra larga y densa comenzó a proyectarse sobre las paredes de madera, ascendiendo peldaño a peldaño sin emitir un solo sonido de pasos.
—Sé que estás ahí arriba, Elena —dijo una voz grave desde la entrada del desván, rasgando el silencio del amanecer—. Llevo demasiado tiempo esperando que el sello se rompa.
El corazón le martillaba contra las costillas con una fuerza desbocada, amenazando con delatar su posición en medio del silencio sepulcral del desván. Cada segundo que pasaba se sentía como una eternidad suspendida en el aire frío, cargado de polvo y recuerdos olvidados. Alana presionó la espalda contra la fría pared de ladrillo del fondo, intentando regular su respiración mientras sentía que el calor punzante de los tres lunares en su cuello se intensificaba, ardiendo como brasas vivas bajo la tela de su pijama. La voz masculina que había resonado desde la trampilla seguía allí, suspendida en la penumbra, exigiendo una respuesta que ella no estaba dispuesta a darle.
—No tienes a dónde huir, Elena —repitió la voz, esta vez con un matiz de impacientada burla que le heló la sangre—. El tiempo de las falsas identidades ha terminado. El sello está roto y el vínculo con la primera guardiana ya no puede ocultarse en las sombras de este miserable refugio.
Las pisadas comenzaron a avanzar por el suelo de madera del desván. El crujir rítmico de las tablas bajo el peso invisible o real de aquel intruso se acercaba paso a paso, cortando el espacio entre las cajas de cartón y los muebles cubiertos con sábanas blancas. Alana apretó las correas de su morral, donde el peso del reloj de arena y el espejo de plata le recordaban que ya no era una simple estudiante universitaria preocupada por sus exámenes o su rutina diaria; era el centro de una guerra silenciosa entre eras.
A tientas, buscando una vía de escape desesperada antes de que el haz de luz de una linterna o un poder más oscuro la barrieran por completo, sus dedos rozaron el pestillo de hierro forjado de la ventana trasera. Recordó que ese viejo tragaluz daba directamente al tejado inclinado que conectaba con el callejón posterior. Con un movimiento rápido y silencioso, empujó la madera. Las bisagras oxidadas protestaron con un chirrido agudo, pero el aire fresco de la madrugada logró colarse de golpe en el espacio cerrado.
Sin pensarlo dos veces, trepó por el marco de la ventana, ignorando el vértigo y el riesgo de rodar por las tejas húmedas. Apenas logró sacar el cuerpo, una ráfaga de viento helado barrió el interior del desván, apagando por completo la tenue luz que intentaba filtrarse. Al mismo tiempo, una mano de niebla oscura y gélida rozó la suela de sus zapatillas, arañando el aire con desesperación a escasos milímetros de su tobillo.
Alana rodó con torpeza por la pendiente del tejado, conteniendo un grito de dolor al golpearse el codo contra una teja saliente. El cielo empezaba a aclararse con un tono grisáceo y melancólico, pero la persecución apenas comenzaba. Agarrándose con fuerza del morral, se deslizó hacia la canaleta y cayó de pie en el callejón oscuro, dispuesta a correr hacia donde fuera con tal de proteger el secreto que ahora llevaba en la sangre.