Valentina Ferrer creyó que tenía la vida perfecta: un esposo al que amaba, cinco hijos maravillosos y un hogar humilde, pero lleno de felicidad. Hasta que un accidente en una obra le arrebató a Gabriel y la dejó sola frente al dolor, las deudas y la responsabilidad de sacar adelante a su familia.
Convertida en viuda a los treinta y cinco años, Valentina tendrá que dejar atrás sus miedos y recuperar los sueños que abandonó por amor. Lo que no imagina es que, en medio de su lucha, conocerá a Maximiliano Devereaux, el hombre más rico, poderoso y atractivo de la ciudad.
Él vive rodeado de lujos. Ella apenas intenta sobrevivir. Él está acostumbrado a mandar. Ella no permitirá que nadie vuelva a decidir por su vida.
Entre dos mundos completamente opuestos, una atracción imposible comenzará a crecer. Pero Valentina aún carga con las heridas de su pasado y teme que volver a amar signifique traicionar la memoria del hombre que nunca dejó de amar.
NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1: La familia que lo tenía todo
A las seis de la mañana, la casa de los Ferrer ya estaba despierta.
No era una vivienda grande ni lujosa. Tenía las paredes pintadas de un tono crema que comenzaba a desgastarse en algunas esquinas, una sala pequeña, una cocina estrecha y tres habitaciones donde se acomodaban como podían. Sin embargo, para Valentina Ferrer, aquel lugar era mucho más que una casa humilde.
Era el hogar que había construido con el hombre que amaba.
Era el sitio donde sus cinco hijos habían dado sus primeros pasos, pronunciado sus primeras palabras y aprendido a llamarla mamá.
Era el lugar donde, durante quince años, había sido feliz.
—¡Isabella, Emilia! —gritó desde la cocina—. ¡Levántense o llegarán tarde al colegio!
Nadie respondió.
Valentina suspiró mientras removía los huevos en una sartén. Llevaba el cabello castaño, largo y muy ondulado, recogido de cualquier manera con una pinza. Algunos mechones escapaban alrededor de su rostro moreno claro. Sus ojos grises, todavía somnolientos, reflejaban el cansancio de una madre que llevaba años acostumbrada a despertarse antes que todos.
Aunque tenía treinta y cinco años, muchas personas creían que era más joven. Su rostro conservaba una dulzura tranquila y sus facciones delicadas contrastaban con la firmeza que había desarrollado después de tantos años cuidando a cinco niños.
Sobre la mesa había seis desayunos servidos: arepas, huevos revueltos, queso y jugo de naranja. En una esquina, perfectamente doblados, estaban los uniformes escolares de los trillizos. En otra, los bolsos de las gemelas esperaban listos.
—¡Mamá, Emilia me quitó mi cepillo! —protestó una voz desde el pasillo.
—¡Es mentira! ¡Ella tiene dos!
—¡Porque el mío se cayó en el baño!
Valentina cerró los ojos durante un segundo.
—¡Los dos al baño y cada una usa su cepillo! —ordenó—. ¡Y no quiero escuchar una discusión más antes del desayuno!
—Pero, mamá…
—Isabella.
El tono fue suficiente para que el silencio se extendiera por la casa.
Valentina sonrió apenas. Podía reconocer a sus hijos por sus voces incluso en medio de una multitud. Isabella y Emilia eran gemelas idénticas, aunque sus personalidades no podían ser más diferentes. Isabella tenía una actitud protectora y seria; Emilia era alegre, inquieta y siempre parecía estar a punto de meterse en problemas.
Los trillizos, Tomás, Samuel y Julieta, dormían en la habitación contigua. A sus ocho años todavía necesitaban que alguien los despertara, los vistiera y vigilara que no se olvidaran de nada. Tomás era el más inquieto; Samuel, el más tranquilo; y Julieta, la más sensible.
Valentina colocó los huevos en un plato grande justo cuando escuchó pasos firmes detrás de ella.
—Buenos días, amor.
La voz de Gabriel Santoro era profunda y cálida. Valentina giró el rostro y lo encontró apoyado en el marco de la puerta.
Gabriel tenía treinta y ocho años y una presencia que llenaba la cocina sin esfuerzo. Era un hombre atractivo, de hombros anchos y brazos fuertes por los años de trabajo en obras de construcción. Su cabello oscuro estaba todavía húmedo después de la ducha y sus ojos azules tenían esa expresión amable que había enamorado a Valentina cuando apenas era una muchacha.
Él llevaba una camisa clara, un pantalón resistente y botas de trabajo. No vestía con elegancia, pero para Valentina no había hombre más guapo en el mundo.
—Buenos días —respondió ella.
Gabriel se acercó y le besó la frente.
—¿Dormiste algo?
—Lo suficiente.
—Eso significa que no.
—Eso significa que tengo cinco hijos y una casa que no se limpia sola.
—Puedo contratar a alguien.
Valentina lo miró con una mezcla de reproche y ternura.
—Ya hablamos de eso. No necesitamos gastar en algo que puedo hacer yo.
—No tienes que hacerlo todo.
—Y tú no tienes que cargar con todo el dinero de la casa.
Gabriel le tomó la mano y le besó los nudillos.
—Podemos cargarlo entre los dos.
Valentina lo observó en silencio. Gabriel siempre encontraba la forma de hacerla sentir importante. Incluso después de quince años de matrimonio, seguía mirándola como si acabara de descubrirla.
Se conocieron cuando ella tenía diecinueve años y él veintidós. Valentina estudiaba Publicidad en la universidad y Gabriel apenas comenzaba su carrera de Ingeniería. Ella había sido la mejor estudiante de toda la institución, la muchacha brillante que todos los profesores admiraban. Tenía grandes sueños, pero cuando se enamoró de Gabriel no dudó en construir una vida a su lado.
A los veinte años se casaron.
Dos años después llegaron Isabella y Emilia. Cuando las gemelas tenían dos años, nacieron los trillizos. Desde entonces, la casa nunca volvió a conocer el silencio.
—¿Qué estás mirando? —preguntó Gabriel.
—A ti.
—¿Y qué ves?
—A un hombre que debería ayudarme a despertar a sus hijos.
Gabriel soltó una carcajada.
—Eso puedo hacerlo.
Se volvió hacia el pasillo y alzó la voz.
—¡Familia Santoro! ¡Todos arriba!
Su voz retumbó por la casa.
—¡Papá! —gritó Tomás desde la habitación—. ¡Mamá ya nos despertó!
—Tu madre no cuenta. Ella es demasiado buena.
—¡Te escuché! —respondió Valentina.
Gabriel sonrió y volvió a abrazarla por la cintura.
—Por eso te amo.
Ella apoyó la cabeza contra su pecho.
—¿A pesar de que te obligo a levantarte temprano?
—Especialmente por eso.
Durante unos segundos permanecieron abrazados en medio de la cocina, mientras el aroma del desayuno llenaba la casa. Valentina cerró los ojos. Había momentos sencillos que parecían insignificantes, pero que para ella lo eran todo: la voz de Gabriel, sus brazos alrededor de su cintura, el ruido de los niños preparándose para salir.
No eran ricos. No tenían una mansión ni vacaciones costosas. El carro que utilizaban tenía varios años y con frecuencia necesitaba reparaciones. Debían cuidar cada gasto, comparar precios y esperar algunos meses antes de comprar algo que no fuera indispensable.
Pero tenían una casa, comida sobre la mesa, salud y amor.
Para Valentina, eso era suficiente.
—¡Abuela! —gritó Julieta desde el pasillo—. ¡Tomás escondió mi zapato!
—¡Yo no lo escondí! —respondió el niño—. ¡Solo lo puse en un lugar seguro!
—¡Tomás!
La voz de Amalia Ferrer salió desde la sala. La madre de Valentina apareció con una bata azul y el cabello gris recogido. A pesar de sus años, conservaba una mirada firme y una energía que le permitía enfrentarse a sus cinco nietos sin temor.
Detrás de ella apareció Elvira, la tía de Valentina, a quien todos llamaban cariñosamente tía Elvira. Vivía con ellos desde hacía varios años y se había convertido en una pieza indispensable de la familia. Valentina solía decir que era su casi suegra, porque Elvira había querido a Gabriel desde el primer día y siempre se comportaba como si también fuera su madre.
—El zapato está debajo del sofá —anunció Elvira—. Lo vi hace un rato.
Tomás bajó la cabeza.
—No lo escondí. Se cayó.
—Claro —dijo Isabella, cruzándose de brazos—. Se cayó exactamente debajo del sofá.
Gabriel entró en la sala y levantó las manos.
—Paz, familia. Es demasiado temprano para iniciar una guerra.
—Díselo a tus hijos —dijo Amalia.
—Son nuestros hijos.
—Cuando se portan mal son tuyos.
Gabriel rió mientras recogía el zapato de Julieta. La niña se acercó y él se arrodilló para ayudarla a ponérselo.
Valentina observó la escena desde la cocina. Gabriel era un buen padre. No perfecto, porque nadie lo era, pero siempre estaba presente. Trabajaba largas horas, llegaba agotado y aun así encontraba fuerzas para ayudar con las tareas, escuchar las historias de los niños o inventar juegos antes de dormir.
Esa mañana, sin embargo, parecía más distraído de lo normal.
—¿Todo bien? —preguntó Valentina cuando él volvió a la cocina.
Gabriel tardó un segundo en responder.
—Sí. Solo tenemos una inspección importante en la obra.
—¿Hoy?
—Sí.
—¿Es peligrosa?
—No más que cualquier otro día.
Valentina no quedó completamente convencida.
—Gabriel.
Él se acercó y la miró directamente a los ojos.
—No tienes que preocuparte. Estaré bien.
Ella asintió, pero la inquietud permaneció en su pecho.
Gabriel trabajaba como ingeniero en una obra de gran tamaño en las afueras de la ciudad. Supervisaba estructuras, revisaba planos y coordinaba a decenas de trabajadores. Siempre había sido cuidadoso. Conocía los riesgos y jamás permitía que nadie incumpliera las normas de seguridad.
Aun así, los accidentes podían ocurrir.
Valentina apartó ese pensamiento. No quería comenzar el día imaginando desgracias.
Cuando todos terminaron de desayunar, la casa se convirtió en un torbellino. Isabella buscaba una libreta, Emilia no encontraba su cinta para el cabello, Tomás había olvidado una tarea y Samuel insistía en que su uniforme estaba arrugado. Julieta permanecía abrazada a la pierna de su padre, negándose a dejarlo marchar.
—Papá, ¿vas a volver temprano?
Gabriel se inclinó para besarla.
—Lo intentaré.
—Promételo.
Él miró a Valentina antes de responder.
—Te lo prometo.
Julieta sonrió satisfecha.
Las gemelas se acercaron después. Isabella abrazó a su padre con fuerza, mientras Emilia le pidió dinero para comprar una merienda en el colegio. Los trillizos se despidieron casi al mismo tiempo, formando una pequeña montaña de brazos y piernas alrededor de Gabriel.
Valentina contempló la escena con una sonrisa. Gabriel era el centro de la vida familiar. No porque impusiera su autoridad, sino porque todos encontraban en él un refugio.
Cuando finalmente logró salir de la casa, Valentina lo acompañó hasta el carro.
La mañana estaba fresca. El sol comenzaba a iluminar las calles y algunos vecinos se preparaban para iniciar su jornada. Gabriel abrió la puerta del vehículo, pero antes de entrar se volvió hacia ella.
—Esta noche cenamos solos —dijo.
Valentina arqueó una ceja.
—¿Solos? ¿Y qué hacemos con los cinco niños?
—Los encerramos en la habitación.
—Gabriel.
—Era una broma.
—Más te vale.
Él sonrió y la atrajo hacia su pecho.
—Cuando regrese, después de que los niños duerman, quiero hablar contigo.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti.
Valentina frunció el ceño.
—¿Qué ocurre conmigo?
—Nada malo. Solo quiero que pensemos en tu carrera. Tal vez podrías comenzar a trabajar algunas horas en publicidad. Sé que extrañas esa parte de tu vida.
Ella bajó la mirada.
Hacía años que no pensaba seriamente en volver a ejercer. Había dedicado su tiempo a los niños, a la casa y a Gabriel. No se arrepentía, pero en ocasiones se preguntaba qué habría sucedido si hubiese seguido su carrera.
—No sé si todavía soy buena en eso —confesó.
Gabriel le sostuvo el rostro entre las manos.
—Eras la mejor de toda la universidad.
—Eso fue hace mucho tiempo.
—Sigues siendo la misma mujer. Solo que ahora tienes cinco hijos que te interrumpen cuando intentas pensar.
Valentina sonrió.
—Y un esposo que llega tarde a cenar.
—Llegaré temprano.
—Eso también lo prometiste.
—Y voy a cumplirlo.
Gabriel la besó suavemente. Después volvió a besarla, esta vez con más intensidad, hasta que Valentina tuvo que apartarse al recordar que podían estar observándolos desde las ventanas.
—Los niños nos están mirando —murmuró.
—Que aprendan cómo se quiere a alguien después de quince años.
—Vete antes de que me arrepienta de dejarte ir.
Gabriel subió al carro, pero antes de cerrar la puerta volvió a mirarla.
—Te amo, Valentina.
Ella sintió que una calidez le llenaba el pecho.
—Yo también te amo.
El vehículo se alejó lentamente por la calle. Valentina permaneció en la acera hasta que dejó de verlo.
No sabía que aquella sería la última vez que vería a Gabriel marcharse con vida.
No sabía que la promesa de regresar temprano quedaría suspendida para siempre en el aire de aquella mañana.
No sabía que, antes de que terminara el día, su hogar dejaría de ser el mismo.
Valentina regresó a la casa y cerró la puerta detrás de ella. En ese momento, todavía creía que la felicidad podía durar para siempre.
Y por unas horas más, su mundo continuó girando como si nada estuviera a punto de romperse.