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PACTO DE PIEL Y SANGRE

PACTO DE PIEL Y SANGRE

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo / Venganza
Popularitas:439
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

Empezó como una partida silenciosa de ajedrez, un juego peligroso de miradas calculadas, provocaciones sutiles y movimientos estudiados para ver quién caía primero. Cada palabra era un peón avanzado con premeditación; cada roce, una jugada de distracción en un tablero invisible donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el primer jaque mate.

Pero se descuidaron. En el juego de adivinar las intenciones del otro, el orgullo se fracturó y el tablero terminó por romperse. Ya no quedaban estrategias ni tácticas de defensa, solo la certeza desesperada de que, de tanto jugar a lastimarse, habían terminado enredados en un amor tan intenso y ciego que quemaba, incapaces de rendirse aunque perder significara entregarlo todo.

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Factores de caos y secretos bajo llave

El tono monótono y cortante de la línea muerta seguía resonando en mi oído como un eco burlón. La pantalla del celular se quedó en negro, pero la advertencia había dejado un rastro de fuego helado en mis venas. No se trataba de una simple broma de mal gusto; alguien sabía exactamente qué estaba investigando y, lo que era peor, conocía nuestros movimientos.

Dejé caer el aparato sobre el escritorio de madera con más fuerza de la necesaria, sintiendo que la rabia comenzaba a ganarle terreno al miedo. Durante años había creído que mi investigación en solitario era un secreto absoluto, una línea invisible trazada entre mi vida pública en la moda y la obsesión silenciosa por esclarecer la muerte de mis padres. Sin embargo, esa llamada demostraba que alguien desde las sombras no solo conocía mis pasos, sino que estaba dispuesto a usar a Laila —o a cualquiera de nosotros— para frenarme.

—Malditos cobardes... —siseé entre dientes, apretando los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas de las manos.

Si pensaban que con una llamada amenazante iban a lograr acobardarme, no me conocían en absoluto. Lejos de paralizarme, el terror inicial se transformó en una fría determinación. Mis hermanos mayores vivían en su propio mundo, ajenos por completo a las verdaderas razones de aquel accidente y enfocados solo en proteger el presente, mientras yo cargaba con el peso de un pasado que nadie más parecía dispuesto a desenterrar. Pero si este enemigo invisible había decidido salir de su escondite y amenazarnos, significaba que estábamos pisando los talones correctos. Estaban asustados. Y un oponente asustado siempre comete errores.

Salí de la habitación con paso firme, decidida a despejar la mente y comprobar con mis propios ojos que Laila estuviera a salvo en su recámara antes de tramar mi siguiente movimiento. La mansión estaba envuelta en un silencio espeso, apenas interrumpido por el leve parpadeo de las luces de los pasillos.

Al pasar por la sala principal, me detuve un segundo frente a los ventanales que daban al jardín trasero. La noche seguía oscura, pesada y cargada de una tensa calma. Pensé fugazmente en Axel, en cómo su descaro y su presencia impertinente habían logrado distraerme apenas unos minutos antes de que esta pesadilla telefónica me golpeara de lleno. Irónico: mientras él intentaba jugar al seductor en el patio, el verdadero peligro acechaba al otro lado de la línea, riéndose de nuestra supuesta seguridad.

Mañana sería otro día. Tendría que mover mis fichas con cautela, reorganizar mis notas y empezar a buscar quiénes eran los verdaderos rostros detrás de esa llamada fantasma. La partida de ajedrez había dejado de ser un juego privado; ahora se había convertido en una guerra abierta, y yo no pensaba perderla.

El eco de mis propios pasos resonando en el suelo de madera era lo único que rompía la densa quietud de la madrugada. Después de comprobar que Laila dormía plácidamente en su habitación, ajena por completo a la tormenta que acababa de desatarse al otro lado de una línea telefónica, me encerré de nuevo en mi estudio. Tenía la mirada fija en el cajón con doble fondo de mi escritorio, el santuario clandestino donde guardaba mis mapas de ruta, recortes de periódicos amarillentos y las notas escritas a mano que recopilaba desde los quince años.

Aquella llamada no solo había encendido una chispa de furia en mi interior; había reconfigurado por completo las reglas del juego.

Hasta ese momento, mi mayor frustración era la falta de pistas claras. Había investigado durante años bajo la premisa de que el supuesto «accidente» de mis padres respondía a un cabo suelto, a un error de cálculo o a una conspiración anónima de la que nadie se atrevía a hablar. Sin embargo, la amenaza directa que mencionaba a Laila y advertía sobre los frenos cambiaba la perspectiva de manera radical. No se trataba de un archivo muerto ni de un crimen sepultado en el olvido. El responsable seguía allí afuera, observando cada uno de mis movimientos, midiendo mis pasos y esperando el momento exacto para golpear donde más dolía.

—Si querían asustarme para que me detenga, cometieron el peor error de su vida —susurré para mí misma, encendiendo la lámpara de escritorio y desplegando sobre la madera una libreta de pastas negras repleta de esquemas y flechas.

Abrí el cajón y saqué la carpeta más antigua, la que contenía el informe pericial original de aquella noche fatídica. El papel estaba gastado por el roce constante de mis dedos a lo largo de los años. Leí de nuevo el reporte de tránsito: «Vehículo fuera de control en la autopista del este, impacto frontal contra el muro de contención, incendio parcial del motor y falla absoluta en el sistema de frenado hidráulico».

Durante mi adolescencia, creí ciegamente que mis hermanos mayores sabían algo más, que su aparente resignación ocultaba un pacto de silencio para protegernos. Pero con el tiempo comprendí la verdad: ellos realmente creían que había sido un trágico accidente fortuito. Se refugiaron en el dolor, en levantar la empresa familiar y en sacarnos adelante, dejando atrás las cenizas de un pasado que consideraban cerrado. Yo, en cambio, me negué a aceptar la versión oficial desde el instante en que noté que los peritajes mecánicos independientes que mandé a hacer a escondidas a los dieciocho años señalaban manipulación humana en las mangueras de los frenos. No se rompieron por desgaste; fueron cortadas con precisión quirúrgica.

El problema nunca había sido la falta de indicios técnicos, sino la identidad del autor intelectual. Mis padres no pertenecían al bajo mundo ni tenían deudas con mafias locales; eran personas respetadas, cuya vida giraba en torno a proyectos independientes, viajes de negocios y una tranquilidad familiar que se desmoronó en cuestión de segundos. ¿Por qué alguien desearía su muerte de una forma tan fría y calculada, sin robar nada, sin dejar huellas y sin reclamar jamás un botín? Esa era la pregunta que me consumía las entrañas y que me obligaba a tejer una red de contactos superficiales, codeándome con la alta sociedad, la moda y figuras ambiguas como Damián, solo para husmear en círculos donde la información real se compra y se vende al mejor postor.

Mientras revisaba mis apuntes, el zumbido vibrante de mi teléfono celular sobre la mesa interrumpió el silencio. No era una llamada; se trataba de un mensaje de texto proveniente de un número desconocido, idéntico al que había colgado minutos antes.

Mi corazón dio un vuelco, pero la vacilación duró apenas un parpadeo. Tomé el aparato con dedos firmes y desbloqueé la pantalla.

El mensaje decía: «La curiosidad mató al gato, Natalia. Quema esa libreta si aprecias la vida de tus hermanos. La próxima advertencia no será por teléfono».

Un escalofrío helado recorrió mi columna vertebral, seguido inmediatamente por una ola de calor abrasador impulsada por la ira. ¿Me estaban espiando? Miré de inmediato hacia la ventana del estudio, que daba directamente al patio lateral de la mansión. Las cortinas estaban parcialmente corridas, dejando ver la negrura de la noche y las ramas de los árboles sacudidas por el viento.

Sin pensarlo dos veces, me levanté de la silla con sigilo, caminé hacia el ventanal y lo abrí con cuidado. El aire frío de la madrugada me golpeó el rostro. Me asomé al balcón exterior, escudriñando cada rincón de la penumbra. Las sombras de los arbustos parecían cobrar vida propia y el murmullo lejano de los autos en la avenida principal era el único sonido perceptible. No había nadie a la vista. O al menos, nadie lo suficientemente torpe como para dejar que lo descubriera.

—Sal de donde estés, cobarde —murmuré hacia la oscuridad, sintiendo la adrenalina rugiendo en mis sienes.

Nadie respondió. Solo el viento silbando a través de las barandillas metálicas.

Cerré el ventanal de golpe, pasé el seguro con una fuerza innecesaria y regresé al escritorio. La amenaza ya no era una simple advertencia abstracta; sabían lo que hacía, sabían dónde guardaba mis notas y, lo que era peor, conocían los puntos débiles de mi familia. Noah, Laila, Fabián... todos ellos caminaban por la vida con una venda en los ojos, creyendo que la mayor tragedia de nuestra familia ya había quedado atrás, mientras yo me había convertido en el blanco involuntario de una cacería silenciosa.

Me senté de nuevo, apoyando los codos sobre la madera y enterrando el rostro entre mis manos durante unos segundos para obligar a mi mente a despejarse del pánico. El miedo era un lujo que no me podía permitir. Si cedía al terror, ganaban ellos. Si quemaba la libreta como exigían, traicionaría la memoria de mis padres y dejaría a mi familia expuesta a merced de monstruos invisibles.

Tenía que cambiar de estrategia. Hasta ahora, mi investigación había sido sigilosa, solitaria y confinada a documentos digitales y notas encriptadas. Pero si el enemigo ya había dado la cara mediante amenazas directas, significaba que mis pasos recientes habían incomodado a alguien lo suficiente como para salir de su escondite. Alguien que frecuentaba los círculos donde yo me movía, o que tenía acceso a información privilegiada sobre nuestra rutina en la mansión.

Pensé fugazmente en las personas que me rodeaban últimamente. Damián, con su fachada de colega corporativo perfecto y su actitud de sabelotodo en la constructora; la prensa y los socios superficiales con los que lidiaba a diario por la campaña de la revista Tiffany; e incluso Axel, el intruso de la motocicleta que parecía aparecer siempre en el momento y lugar menos oportunos, descolocando mis sentidos con esa arrogancia magnética que rozaba lo peligroso. Aunque descartaba por completo que Axel tuviera algo que ver con una conspiración de asesinato de quince años atrás —su historial y su forma de vida respondían a otros códigos muy distintos—, su repentina intromisión en mi órbita personal añadía un factor de caos que en este momento no necesitaba... o tal vez sí.

En una partida donde las reglas ya no importaban, a veces un factor impredecible era la única herramienta capaz de romper el equilibrio del tablero.

Tomé la libreta de pastas negras, la cerré con un movimiento seco y la guardé nuevamente en el fondo del cajón secreto, asegurándolo con llave. No iba a quemar nada. Al contrario, iba a redactar cada nueva sospecha con mayor detalle, convirtiendo este acoso en el rastro que me llevaría directamente hasta ellos.

Miré el reloj en la esquina inferior de mi computadora: las tres y veinte de la mañana. Quedaban pocas horas antes de que amaneciera y tuviera que ponerme la máscara social de siempre: la joven modelo, estudiante universitaria y empresaria mientras por dentro continuaba cocinando una venganza fría, silenciosa y absolutamente implacable. Apagué la lámpara del escritorio y me quedé en la penumbra de la habitación, lista para enfrentar lo que fuera que el nuevo día viniera a exigir.

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Michel Yandi
me encanta esta historia 🦆✨
Paula Nuñez: ¡Muchísimas gracias por tu apoyo! Me alegra un montón que te esté gustando la historia. Si te atrapó, te invito a pasar por mi perfil para que le eches un vistazo a mis otras novelas. ¡Seguro que también te van a encantar! ❤️✨
total 1 replies
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