Él ocultó su inmensa fortuna.
Ella escondió su poderoso apellido.
En un viaje de negocios, dos extraños se enamoran perdidamente bajo el anonimato, sin saber que ambos pertenecen a los mundos más influyentes. Pero cuando ella escucha una dolorosa verdad a medias que hiere su orgullo, decide marcharse sin dejar rastro, llevándose consigo el secreto más grande de sus vidas.
Años después, el destino los vuelve a cruzar. Él ya no es el hombre que desconfiaba; ahora sabe la verdad y no se detendrá ante nada. El tiempo ha pasado, ella no está sola, y él solo tiene una misión: «Los quiero de vuelta».
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CAPÍTULO 6: El precio de la desconfianza
El aire en la sala de juntas se volvió irrespirable. La pregunta de Federico quedó flotando entre los dos como una acusación ardiente, pero Sofía ni siquiera pestañeó.
Con una calma exasperante, cerró la estilográfica de oro blanco con un chasquido metálico, la guardó dentro de su maletín de cuero y se puso de pie con lentitud. No retrocedió ni un milímetro. A pesar de la diferencia de altura y de la presencia imponente del hombre que tenía enfrente, fue ella quien dominó el espacio con la sola rectitud de su postura.
—¿Ocultártelo? —repitió Sofía. Su voz no temblaba; era un hilo de seda afilado—. Tú no tienes el derecho de usar esa palabra conmigo, Federico.
—¡Es mi hijo! —exclamó él, dando un paso más hacia ella, con las manos crispadas a los costados y el pecho agitado por una desesperación que ya no podía disimular—. ¡Mírale los ojos, Sofía! ¡Tiene mis gestos, se cruza de brazos igual que yo! Cinco años... cinco malditos años buscándote por cielo y tierra, viviendo en un infierno de culpa, ¿y tú me arrebataste la oportunidad de verlo nacer? ¿De criarlo?
Una risa suave, desprovista de cualquier atisbo de humor, escapó de los labios de Sofía. Fue un sonido tan gélido que detuvo en seco el reclamo de Federico.
—Yo no te arrebaté nada. Tú mismo renunciaste a tu lugar la noche en que decidiste ponerle precio a mi honestidad.
El color abandonó el rostro de Federico.
—Sofía, esa llamada...
—«Todavía no voy a decirle quién soy, papá» —recitó ella, clavándole una mirada tan penetrante que Federico sintió el filo de sus propias palabras rasgándole la garganta—. «Debo estar seguro de que no está tras el dinero de la familia. La amo, pero eso no significa que termine de confiar». ¿Las recuerdas? Fueron exactamente tus palabras. Yo estaba parada detrás de la puerta, Federico. Llevaba en las manos las llaves de mi departamento y una botella de vino para celebrar que querías quedarte conmigo. Iba dispuesta a contarte quién era mi familia, a decirte que yo tampoco era una empleada común... pero me ahorraste la molestia de tener que justificar mi decencia.
—¡Tenía miedo! —gritó él con la voz quebrada, acortando la poca distancia que los separaba, extendiendo una mano temblorosa hacia ella, aunque no se atrevió a tocarla—. No me dejaste explicarte. Antes de ti me destrozaron, Sofía. Mi última prometida vendió secretos de mi empresa a la competencia, la gente a mi alrededor solo veía las acciones de Albarracín Luxury y los diamantes de las joyerías. Yo estaba roto, paranoico... ¡Eran mis demonios, no tú!
—Entonces debiste pagarle a un terapeuta para curar tus demonios, no usarlos para medir mi dignidad —sentenció ella sin vacilar—. En el segundo en que pensaste que yo me acostaba contigo por tu apellido o por tu cuenta bancaria, destruiste cualquier futuro que hubiéramos podido tener. ¿Querías proteger el patrimonio de los Albarracín? Felicitaciones. Lo lograste. Salvaste tus hoteles y tus joyas de una mujer que solo quería tu corazón.
Federico tragó saliva con dificultad. El dolor en sus ojos claros era tan hondo que parecía al borde de doblar las rodillas.
—Mírame a los ojos y dime que sabías quién era yo cuando te fuiste.
—Supe que eras un mentiroso y un cobarde. Lo demás lo descubrí poco después, cuando vi tu rostro en la portada de las revistas financieras —dijo Sofía con desdén—. Y me dio lástima, Federico. Porque mientras tú te escondías tras una máscara mediocre por miedo a que te robaran un puñado de billetes, yo jamás necesité nada de lo que tienes. Mi familia posee refinerías que alimentan continentes enteros. Theo tiene asegurado un futuro que ni tú ni diez generaciones de tus hoteles podrían superar. Él no necesita tu dinero. Y, hasta el día de hoy, no te ha necesitado a ti.
Aquellas palabras cayeron sobre Federico como un golpe mortal. Durante años se había consolado creyendo que, si la encontraba, podría darle una vida de lujos, compensarla, demostrarle que podía protegerla de cualquier necesidad. Ahora la realidad se burlaba despiadadamente de su arrogancia: Sofía Del Valle estaba en la cima del mundo, intocable, autosuficiente y rodeada de una muralla que el dinero no podía comprar.
—Él no necesitará mi dinero, Sofía... pero necesita a su padre —susurró Federico, y por primera vez en su vida, el poderoso CEO habló con los ojos empañados en lágrimas—. Y yo lo necesito a él. Te necesito a ti. Desde el día en que leí esa carta no he tenido un solo segundo de paz. No firmaré este contrato de distribución energética si no me permites acercarme a Theo.
Sofía alzó una ceja, y una chispa peligrosa de ironía iluminó su semblante.
—¿Estás intentando chantajear al Grupo Del Valle con una sociedad hotelera? —preguntó con voz baja y letal—. Hazlo, Federico. Rompe el preacuerdo ahora mismo. Hay tres cadenas internacionales esperando mi llamada en este mismo instante para firmar por el doble de lo que tú ofreces. Mi padre estará encantado de borrar el apellido Albarracín de nuestras inversiones para siempre.
Federico cerró los ojos, derrotado por completo. No tenía ninguna carta para jugar. Ninguna.
—No voy a romper nada —admitió él en un suspiro amargo, abriendo los ojos para sostenerle la mirada—. Firmaré las cláusulas que quieras. Te daré el control absoluto de la logística en Europa. Pero no voy a desaparecer de nuevo, Sofía. Puedes odiarme todo lo que quieras, puedes despreciarme por el resto de tus días, pero soy el padre de Theo. No me obligues a pelear esto en un tribunal, porque no quiero hacerle daño a nuestro hijo.
Sofía tomó su maletín y caminó hacia la puerta. Al llegar al umbral, se detuvo y miró a Federico por encima del hombro. Su expresión era de acero puro.
—Si te atreves a mencionar la palabra «tribunal» cerca de mi hijo, descubrirás de lo que es capaz la familia Del Valle cuando tocan a uno de los suyos —advirtió ella con una frialdad absoluta—. En esta sala somos socios comerciales porque a mi corporación le conviene. Pero afuera de estas cuatro paredes, tú no eres nadie para él. Y si quieres cambiar eso, tendrás que arrodillarte ante la verdad: que para ganarte a un hijo al que abandonaste con tu desconfianza, tus millones no te van a servir de nada.
Sofía abrió la puerta y salió con paso firme, dejando a Federico solo en la inmensidad de la sala de juntas, con el corazón en pedazos y la certeza aplastante de que acababa de comenzar la batalla más difícil de su existencia: la de recuperar a su familia sin más armas que su propia redención.