Cassidy Evans sabe arreglar casi cualquier cosa, excepto su propia vida. Entre un taller que apenas se sostiene, un padre que consume todo lo que toca y un futuro que parece decidido por otros, ha aprendido a confiar solo en sus manos, su ingenio y su hermano.
Adamo Greco nació para un mundo completamente distinto. Heredero de una familia mafiosa, peligroso, arrogante y demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiere, llega a Idaho buscando algo que ni siquiera sabe nombrar.
Una Ducati averiada los pone frente a frente. Lo que comienza con provocaciones, discusiones y una atracción imposible de ignorar pronto se convierte en una obsesión capaz de arrastrarlos a ambos.
Cassidy no sabe quién es realmente Adamo.
Adamo sí sabe que debería mantenerse lejos de ella.
Pero hay adicciones que empiezan con una sola mirada… y terminan costándolo todo.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Diferencia de potencial
Cassidy
Abro el grifo.
El agua corre negra sobre mis dedos.
—¿Vas a cerrar? —pregunta Manny.
—En cinco minutos.
—¿Esperamos a Luke?
—No hace falta.
Apago el agua.
Entonces lo escucho.
No es el sonido de un vehículo llegando normalmente.
Es distinto.
Un motor que protesta.
Irregular.
Después silencio.
Miro hacia la entrada abierta del taller.
Nada.
Unos segundos más tarde aparece primero la rueda de una motocicleta.
Alguien la está empujando.
Genial.
Otro idiota que forzó demasiado su motocicleta, porque aparentemente desearlas no va de la mano con el cerebro para saber usarlas.
—Estamos cerrando —grito sin acercarme.
—Eso sería un problema.
La voz tiene un acento que no ubico inmediatamente.
No es de aquí.
Definitivamente no es de Idaho.
—Mañana abrimos a las ocho.
—No creo que ella quiera esperar hasta mañana.
Miro la motocicleta primero, porque tengo prioridades.
Y mis prioridades son muy bonitas.
Una Ducati.
No.
Una Ducati que alguien tuvo la indecencia de meter por caminos donde probablemente no debía estar.
La observo unos segundos más.
Después miro al hombre que la empuja.
Y olvido lo que estaba pensando.
Eso me irrita inmediatamente.
No porque sea difícil irritarme.
Pero porque los hombres que llegan a este taller suelen pertenecer a tres categorías.
Cincuenta años.
Casados.
Barriga.
A menudo las tres simultáneamente.
Este no.
Este definitivamente no.
Es alto.
Ridículamente alto.
La camiseta oscura se le pega al pecho por el sudor y tiene los antebrazos tensos alrededor del manillar. El cabello rubio oscuro está revuelto, como si hubiera llevado casco durante horas, y tiene una mancha de polvo en un lado de la mandíbula.
Pero son los ojos los que terminan de arruinarme la tarde.
Grises.
Clarísimos.
Me mira.
Yo lo miro.
Él sonríe.
No una sonrisa enorme.
Peor.
Una de esas sonrisas pequeñas que indican que sabe exactamente qué efecto tiene su cara sobre las mujeres.
Lo odio un poco de inmediato.
Eso ayuda.
—¿El mecánico todavía está? —pregunta.
Ah.
Perfecto.
Otro machito imbécil.
La atracción me dura aproximadamente cuatro segundos.
Me seco las manos con un paño y camino hacia él.
—La estás mirando.
Sus ojos bajan por mi peto negro, pasan por las manchas de grasa y vuelven a mi cara.
No parece burlarse.
Eso al menos lo salva de una muerte temprana.
—Bien —dice. Se aparta para dejarme ver la moto—. Entonces necesito tu ayuda.
Me agacho junto a la Ducati.
—¿Qué le hiciste?
—Nada.
Levanto la mirada.
—Inténtalo otra vez.
Su sonrisa aumenta.
—La conduje.
Miro el barro seco adherido bajo el carenado.
La arena.
Una marca reciente cerca del protector.
Después sus nudillos raspados.
—No —digo—. Tú hiciste algo.
Él cruza los brazos.
—¿Siempre interrogas a tus clientes?
—Solo a los que mienten.
Una pausa.
Y entonces se ríe.
No se ofende.
No intenta explicarme cómo funciona mi trabajo.
No pregunta por Luke.
Interesante.
Me concentro nuevamente en la moto.
—¿Se apagó de golpe?
—Primero perdió fuerza.
—¿A qué velocidad?
No responde.
Levanto la cabeza.
—Eso no era una pregunta difícil.
—Depende.
—¿De qué?
—De cuánto juzgas a tus clientes.
—Muchísimo.
Otra sonrisa.
—Entonces prefiero no responder.
Entrecierro los ojos.
Por alguna razón, eso me divierte.
—¿Venías por las dunas?
—Quizá.
Miro la Ducati.
Después a él.
Después otra vez la Ducati.
—Con esto.
—Sí.
—¿Voluntariamente?
—Sí.
—¿Te golpeaste la cabeza antes o después?
Se ríe otra vez.
Y algo raro ocurre.
No sé todavía qué.
Solo sé que hace cinco minutos estaba pensando en mi padre, en dinero, en homicidios y en cuánto odio que Luke no esté aquí cuando oscurece.
Y ahora hay un desconocido absurdamente guapo apoyado contra mi banco de trabajo, con una motocicleta que claramente ha maltratado, mirándome como si estuviera disfrutando demasiado que lo insulte.
Extiendo la mano.
—Llaves.
Él busca en su bolsillo y las deja sobre mi palma.
Nuestros dedos se rozan.
No pasa nada.
Obviamente.
La electricidad está bastante mejor explicada cuando existe una diferencia de potencial.
No cuando un hombre atractivo te toca la mano.
—Nombre —digo.
—Adamo.
Alzo una ceja.
—¿Adamo?
—Adamo.
Definitivamente extranjero.
—¿Apellido?
Por primera vez tarda medio segundo demasiado en responder.
—Greco.
Lo anoto en mi ficha.
ADAMO GRECO.
—Bien, Adamo Greco. Siéntate y deja de tocar cosas.
—¿Cuánto tardarás?
Miro su moto.
Después lo miro a él.
—Depende de cuánto hayas mentido.
Su boca vuelve a curvarse.
—Creo que me caes bien.
Le devuelvo exactamente la misma sonrisa.
—Eso demuestra que el golpe en la cabeza fue antes.
Y por alguna razón que todavía no entiendo, Adamo Greco se ríe como si acabara de encontrar exactamente el lugar al que quería llegar.
y ahora sin carga de un padre que les quita el dinero de una madre que ni los protege