Damián y su hijo Elían vivían felices y humildes, hasta que Damián se casó con el poderoso Zorán y su mundo cambió.
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— La petición de ojos de estrella
Lía no soltó la mano de Elían ni un instante. Se giró hacia su padre con esa mirada que él conocía de sobra: los grandes ojos oscuros fijos en él, los labios entreabiertos, la cabeza ladeada, esa cara suave y decidida que siempre lograba que el mundo se detuviera para escucharla.
—Papá —dijo con voz clara y firme—, quiero que Damián sea mi mamá. Y que Elían sea mi hermano mayor. Nos quedamos aquí, con ellos.
Zorán parpadeó, sorprendido. Había esperado muchas cosas, pero no aquello.
—Lía… pequeña —empezó con tono suave—, ellos tienen su vida, nosotros tenemos la nuestra. No podemos quedarnos.
—¡No! —gritó ella, y de pronto los ojos se le llenaron de lágrimas que le rodaron por las mejillas sin detenerse—. ¡No me voy sin ellos! ¡Quiero mi hermano y mi mamá nuevo! ¡Tú siempre me das todo lo que pido! ¡Por favor, papá, por favor!
Se abrazó a la cintura de Damián, escondiendo el rostro en su camisa, llorando con fuerza, temblando entera.
Zorán suspiró hondo. Era la princesa de su vida; jamás le había negado nada, su consentida, y verla así, destrozada, le partía el alma. Se acercó, se arrodilló a su lado y le acarició el cabello con manos que podían manejar armas y fortunas inmensas pero que ahora temblaban de ternura.
—Está bien, está bien… no llores así, mi cielo —le susurró, y luego levantó la vista hacia Damián—. Tiene razón, yo no le digo que no a nada. Déjeme proponerle algo.
Se puso de pie, enderezando la espalda, y lo miró a los ojos.
—Vengan a vivir a mi mansión. Usted cuidará de ella, de mi Lía, como si fuera suya. Le daré un sueldo que jamás tendrá que preocuparse por dinero. Tienen techo, comida, todo lo que necesiten. Solo estén ahí, con ella.
Damián sonrió con dulzura, esa sonrisa tranquila que lo hacía tan luminoso.
—Le agradezco mucho señor, de verdad. Pero este es nuestro hogar. Aquí creció mi hijo. Aquí somos felices. No podemos irnos.
Zorán frunció el ceño. Nadie le decía que no.
—Le ofrezco el triple de lo que gana en un año. En un mes. Todo lo que tenga que soñar.
—Es muy generoso —respondió Damián, sin dudar—. Pero no aceptó.
—Le daré una casa propia, coches, todo lo que quieran —insistió Zorán, acercándose un paso, con la voz más grave—. Dígame cuánto. Lo que sea.
Damián negó suavemente, sin dejar de sonreír.
—El dinero no compra lo que tenemos aquí, señor Zorán. Gracias.
Zorán se quedó callado, mirándolo de verdad por primera vez. Vio cómo la luz tenue de la lámpara se reflejaba en su rostro, su belleza serena, sus ojos sinceros, la calma con la que lo rechazaba sin rastro de codicia ni de orgullo herido. Era diferente a todos los que le rodeaban. Algo se removió en su pecho, cálido y extraño, algo que no esperaba sentir jamás, más de un hombre.
Lía seguía llorando, y tuvo que tomarla en brazos para calmarla.
—Está bien, mi vida… lo llevaremos a visitarte. Lo prometo —le susurró contra el cabello—. Pero ahora vamos a casa.
La niña se aferró a él, mirando a Elían con ojos llenos de tristeza, y él le devolvió una sonrisa tierna, prometiendo sin palabras que volverían a verse.
El camino de regreso fue silencioso. Lía se quedó dormida en el asiento trasero, agotada de tanto llorar. Zorán la miraba por el espejo, pero su mente no dejaba de volver a aquella pequeña casa, a la sonrisa de Damián, a sus manos suaves y trabajadoras, a la forma en que lo miraba sin miedo, sin pedirle nada.
Llegó a la mansión: inmensa, fría, llena de lujos que brillaban en la oscuridad. Dejó a Lía en su cama, la cubrió con cariño, y se quedó mirándola un momento. Luego salió al pasillo, caminando sin rumbo.
Damián… el nombre le venía una y otra vez. Un hombre. Bueno, amable, hermoso de una manera que no era ostentosa, que era pura. Se pasó una mano por el rostro, confundido. Siempre había estado rodeado de mujeres hermosas, elegantes, ansiosas por su atención, por su dinero. Ninguna le había hecho sentir esto.
—No puede ser —murmuró para sí mismo—. Soy un tonto.
Sacó el teléfono y marcó. Una, dos llamadas. Pronto llegaron: dos mujeres deslumbrantes, perfumadas, con sonrisas coquetas, acostumbradas a sus caprichos. Se sentaron a su lado, le tomaron el brazo, le susurraron halagos y caricias decaradas… pero él no las escuchaba. Veía solo los ojos claros de Damián, su sonrisa al rechazar millones, la calidez de su voz.
—¿Pasa algo, Zorán? —preguntó una de ellas, rozándole la mejilla.
Él se apartó suavemente, con un gesto cansado.
—Váyanse, por favor.
Se quedaron mirándolo, sorprendidas, pero asintieron y salieron. Cuando la puerta se cerró, Zorán se quedó solo en la enorme sala vacía, con la imagen de aquel hombre humilde grabada en la mente, sabiendo que nada ni nadie la borraría.
—Damián… —susurró al aire, y sintió el nombre como un secreto que empezaba a crecerle en el pecho.