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El Chico del CEO El Becario Ciego

El Chico del CEO El Becario Ciego

Status: Terminada
Genre:Yaoi / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:141
Nilai: 5
nombre de autor: Syl Gonsalves

Alan Eduardo Porto es ciego, pero ve más lejos que cualquiera. Cuando entra como becario al departamento jurídico de una de las corporaciones más poderosas del país, sabe que tendrá que soportar las burlas, el sabotaje y los prejuicios. Lo que no imagina es que un choque en un ascensor lo pondrá frente al hombre que puede destruirlo… o poseerlo.

Rodolpho es el presidente de la empresa: implacable, arrogante, acostumbrado a que el mundo se doblegue ante él. Nunca nadie le había plantado cara. Hasta que apareció ese muchacho que no baja la cabeza, que no teme y que, sin siquiera proponérselo, despierta en él una obsesión que no logra controlar.

Entre ellos se enciende un juego peligroso de poder y deseo, donde cada acercamiento tiene un precio. Pero Alan carga un secreto y una promesa: sacar a su hermano menor de donde está, cueste lo que cueste. Y hay sombras del pasado dispuestas a todo con tal de arrebatárselo todo.

NovelToon tiene autorización de Syl Gonsalves para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 05

La semana se arrastró como una prueba de resistencia psicológica para ambos, cada uno encerrado en su propio infierno particular.

Para Rodolpho, los días se volvieron una obsesión ciega y autodestructiva. El fracaso de aquella primera noche no había sido un caso aislado, y aceptarlo era inadmisible para su ego. Todas las santas noches se ponía su mejor ropa, elegía un auto distinto del garaje y salía a recorrer los clubes y bares más caros de la ciudad.

Cambiaba el guion, cambiaba el público, lo intentaba con mujeres, lo intentaba con hombres, gastaba fortunas en reservados y botellas de trago. El preámbulo era siempre el mismo: la seducción fluía, el magnetismo de su dinero y de su porte funcionaban, pero, en el momento crucial, dentro de habitaciones de motel de lujo o sobre el tapizado de cuero de su propio auto, el cuerpo sencillamente no respondía. Nada funcionaba. Ni el alcohol, ni el deseo, ni la desesperación.

La frustración física se transformó en una rabia que arrastraba a la oficina todas las mañanas. Rodolpho pasaba los días encerrado en su despacho de dirección, concentrado apenas en planillas, firmas y reuniones a puerta cerrada.

Durante toda aquella semana maldita, ni se acordó de la existencia del becario nuevo: tenía la mente demasiado ocupada intentando digerir su propia impotencia.

Mientras tanto, en los pisos de abajo, la rutina de Alan se convertía en un campo minado diario. Si en la universidad las bromas eran estúpidas, en el ambiente corporativo la crueldad adquirió tintes de sabotaje.

Los compañeros de equipo, molestos con la presencia de un becario ciego que exigía adaptaciones en el sistema o que simplemente rompía la homogeneidad competitiva del sector, decidieron poner a prueba sus límites de la forma más hostil posible.

La violencia empezó sutil y escaló rápido. Alan llegaba por la mañana y percibía, por el tacto, que le habían movido las cosas. Para quien no ve, el orden de los objetos sobre la mesa es su propia visión, y cambiar de sitio, por ejemplo, un teléfono significaba obligarlo a tantear el vacío en plena llamada urgente. Pero no se detuvieron ahí.

Uno de esos días, Alan pasó casi media hora intentando entender por qué el lector de pantalla de la computadora no emitía sonido alguno, hasta que se dio cuenta de que alguien había desconectado físicamente el cable de sus auriculares en la parte de atrás de la torre.

Otra tarde, una de las analistas le avisó, en tono burlón, que su monitor llevaba horas apagado:

—Así el jefe va a pensar que finges que trabajas, Alan.

Sabían que él no necesitaba la pantalla encendida para usar el sistema de voz, pero se empeñaban en exponer su condición al ridículo delante de quien pasara por el corredor.

Hasta los momentos de descanso se volvieron blanco de burlas. En la cocina de la empresa, donde Alan solo intentaba tomarse un café para aguantar el cansancio de las noches mal dormidas, la maldad encontró su lugar. Alguien cambió el frasco de azúcar por el de sal fina en la mesada. Al dar el primer sorbo a la bebida amarga y salada, Alan tuvo que contener el impulso de escupir en el suelo, mientras oía risitas ahogadas y pasos apurados que se alejaban por la puerta automática.

Se tragó el desaire junto con el mal sabor, se enjuagó la boca en el lavabo y volvió a su cubículo con la cabeza en alto.

Le ardía el pecho de humillación, las pesadillas con el despido le parecían cada vez más reales, pero se negaba a darles a los saboteadores el placer de verlo llorar o quejarse en recursos humanos. Sabía que, en aquella pecera de tiburones, quien mostraba debilidad se convertía en presa al instante.

Al terminar el viernes, la empresa empezó a vaciarse. El silencio del fin de la jornada fue apoderándose del piso, hasta quedar solo el eco de algunos teclados y el ruido mecánico del aire acondicionado.

Rodolpho por fin abrió la puerta de su despacho, con la corbata floja y los ojos inyectados de cansancio, listo para otra noche de intentos desesperados en la noche paulista.

Alan, por su parte, terminaba de ordenar meticulosamente su mesa por enésima vez, asegurándose de que todo estuviera en su sitio antes de tomar la mochila y el bastón para enfrentar el camino a casa.

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