Hace cuatro años, Isabella firmó los papeles del divorcio, empacó su vida en una sola maleta y se marchó de la casa de los Valença sin decirle a Leonardo lo único que habría cambiado todo.
Ahora tiene dos hijos, una carrera que levantó desde cero y la costumbre de no esperar nada de nadie.
Hasta que un proyecto de trabajo la obliga a cruzarse otra vez con su exmarido. Él sigue siendo el heredero que lo controla todo, y ella, la única que sabe lo que él ignora.
Entre juntas, reglas inquebrantables y niños que ven más de lo que deberían, Isabella tendrá que decidir si una segunda oportunidad es una trampa o la primera elección que de verdad hace por sí misma.
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LOS PAPELES
Siempre imaginé que existían frases capaces de detener el tiempo.
"Te amo."
"Estoy embarazada."
"Murió."
Nunca pensé que la mía sería:
"Quiero el divorcio."
Me quedé mirando a Leonardo.
Seguía sentado al otro lado de la mesa, tan inmóvil como si esperara mi respuesta a una propuesta comercial.
Quizá era exactamente así como lo veía. Un contrato más que llegaba a su fin.
—Repítelo.
Se le juntaron las cejas.
—Isabella...
—Repítelo.
Mi voz salió demasiado firme para alguien que sentía cómo se le iba el piso bajo los pies.
Leonardo se humedeció los labios antes de hablar.
—Quiero divorciarme.
Esta vez dolió más.
Quizá porque la primera todavía podía haber sido un error. La segunda era una decisión.
Miré los documentos.
—¿Desde cuándo?
—¿Qué?
—¿Desde cuándo lo decidiste?
Apartó la vista un instante.
Eso ya era una respuesta.
—Hace unas semanas.
Me reí.
No porque fuera gracioso. Si no me reía, tal vez empezara a llorar, y no quería hacerlo frente a él.
—Unas semanas.
—Necesitaba estar seguro.
—¿Y ahora lo estás?
—Sí.
Mi mano volvió al bolsillo del vestido. La cajita parecía pesar un kilo.
Unas semanas.
Mientras yo pensaba que Leonardo solo estaba trabajando demasiado. Mientras trataba de no exigirle mensajes. Mientras me preguntaba por qué había dejado de entrar a la habitación cuando llegaba tarde. Mientras yo compraba una prueba porque tenía un retraso.
Él estaba decidiendo cómo terminar nuestro matrimonio.
—¿Por qué hoy?
—Isabella...
—No. —Levanté una mano—. Quieres acabar con tres años de mi vida. Creo que puedo hacerte algunas preguntas antes de firmar nada.
Apretó la mandíbula.
—No te estoy pidiendo que firmes hoy.
—Qué amable.
—No lo conviertas en...
—¿En qué?
La palabra salió más fuerte.
Leonardo se detuvo. Yo también.
Respiré hondo.
—¿En qué, Leonardo?
No respondió.
Aparté la silla y me levanté. Quedarme sentada frente a él me hacía sentir pequeña, y yo odiaba sentirme pequeña.
—Nuestro acuerdo era de dos años.
—Lo era.
—Pero te quedaste.
—Los dos nos quedamos.
—Pudiste haber pedido el divorcio hace un año.
—Pude.
—No lo hiciste.
Guardó silencio.
Me apreté los brazos contra el cuerpo.
—Dejamos de dormir en habitaciones separadas.
Leonardo bajó la mirada un instante.
—Lo sé.
—Me llevaste a Roma porque dijiste que no querías viajar solo.
—Lo sé.
—En el cumpleaños de mi mamá cancelaste una junta para ir conmigo.
—Isabella...
—El mes pasado estabas en mi cama.
Su expresión cambió.
Solo un poco. Pero cambió.
—No hagas eso.
—¿Hacer qué? ¿Recordarte tu propio matrimonio?
—Hacerlo más difícil de lo que tiene que ser.
Esta vez sentí rabia.
Por fin. Caliente. Rápida. Mucho mejor que el miedo.
—¿Más difícil para quién?
Leonardo también se puso de pie.
—Para los dos.
—No hay "los dos" en esta decisión. Tú ya decidiste.
—¿Y quedarme por culpa sería mejor?
La frase me golpeó.
—¿Culpa?
Se dio cuenta demasiado tarde.
—No quise decir eso.
—Entonces explícate.
—No quiero seguir en un matrimonio solo porque se volvió cómodo.
Cómodo.
Tres años resumidos en esa palabra. La taza de café que dejaba sobre mi escritorio. Su mano en mi espalda en las fiestas. La manera en que me buscaba en medio de la noche. Las pocas sonrisas que casi nadie, además de mí, conocía.
Cómodo.
—Bien.
Mi voz salió baja.
Leonardo me observó.
—Isabella...
—Bien.
Caminé hasta la barra de la cocina y me serví agua. No porque tuviera sed, sino porque necesitaba hacer algo con las manos.
Se me revolvió el estómago.
El embarazo. Mi cuerpo me recordó el secreto antes de que mi cabeza pudiera olvidarlo.
Apoyé la mano en la barra.
Debería decírselo. Era su hijo. Nuestro hijo. Tal vez eso lo cambiaría todo.
La idea surgió tan rápido que me dio vergüenza.
No quería que lo cambiara todo.
No así.
No quería que Leonardo me mirara, que mirara mi vientre, y decidiera quedarse porque se sentía atrapado.
—¿Hay otra persona?
El silencio a mis espaldas fue pequeño.
Demasiado pequeño.
Pero lo oí.
Me giré despacio.
Leonardo no respondió.
Se me vino el alma al suelo.
—¿La hay?
—No como lo estás pensando.
Casi sonreí. La frase más usada por quien tiene algo que esconder.
—¿Entonces cómo?
—No te engañé.
—Te pregunté si hay otra persona.
—Y te estoy diciendo que no hubo traición.
—Leonardo.
Se pasó la mano por la cara. Por primera vez esa noche parecía realmente incómodo.
Mi miedo encontró un nombre antes de que él lo pronunciara.
Un nombre que había oído pocas veces durante nuestro matrimonio. Un nombre que siempre aparecía acompañado de silencio.
Bianca.
El primer amor. La mujer que se había ido antes de que yo conociera a Leonardo. La única persona de la que él nunca hablaba.
Sentí en la boca el sabor metálico del miedo.
—¿Volvió?
Me sostuvo la mirada. No respondió de inmediato. No hacía falta.
Di un paso atrás.
—Dios mío.
—Isabella, escucha.
—Volvió.
—Sí.
Fue solo una palabra.
Pero todo se reacomodó dentro de mí. Las últimas semanas. Las noches más largas en la oficina. La distancia. El teléfono boca abajo sobre la mesa.
No lo había notado porque confiaba en él.
Ese fue mi mayor error.
—¿Cuándo?
—Hace poco más de un mes.
Poco más de un mes.
Las uñas se me clavaron en la palma de la mano.
—¿Y están juntos?
—No.
—Pero quieren estarlo.
Respiró hondo.
—Todavía estoy tratando de entender algunas cosas.
—Mientras terminas nuestro matrimonio.
—Justamente porque no me parece justo seguir contigo mientras tengo dudas.
Lo miré.
Había sinceridad en su rostro, y eso lo empeoraba todo.
Leonardo no estaba pidiendo el divorcio en un arrebato de rabia. No mentía. No lo estaban manipulando frente a mí. Lo había pensado. Lo había sopesado. Lo había decidido.
Y había llegado a la conclusión de que una vida sin mí era preferible.
—¿La amas?
La pregunta se me escapó antes de que pudiera detenerla.
Leonardo se quedó inmóvil.
Debí haberme detenido ahí. Pero una parte cruel de mí necesitaba saber hasta dónde podía llegar aquel dolor.
—¿Todavía amas a Bianca?
El hombre que siempre tenía una respuesta para todo me miró como si, por primera vez, no tuviera ninguna.
Y entonces dijo:
—No lo sé.
El corazón se me partió exactamente en ese instante.