Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece
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Capítulo 10: La Noche del Fuego Indomable
La revelación del pasado derribó los últimos muros de contención que quedaban entre ambos. Ya no eran solo la princesa prisionera y el emperador conquistador; eran dos almas unidas por un hilo invisible que ni siquiera la guerra había podido romper.
Esa misma noche, el viento soplaba con fuerza en el exterior de la torre, trayendo una tempestad de nieve que golpeaba los cristales de los ventanales. Dentro de la habitación, la única luz provenía de las llamas anaranjadas de la gran chimenea, que proyectaban sombras danzantes sobre el lecho y las paredes de piedra.
Antonio no vestía sus ropajes imperiales. Llevaba solo pantalones oscuros y una camisa de lino abierta que dejaba al descubierto su pecho ancho y firme, marcado por cicatrices de antiguas batallas. Estaba sentado al borde de la cama, observando a Melany, quien caminaba lentamente hacia él vistiendo un camisón de seda borgoña que se ceñía con delicadeza a las curvas de su cuerpo.
—Si Emanuel tiene razón —murmuró Melany, deteniéndose justo enfrente de él—, estar aquí conmigo es un acto de alta traición a tu propio imperio.
Antonio extendió sus grandes manos, tomándola de la cintura con una firmeza llena de devoción y atrayéndola suavemente hacia el espacio entre sus piernas.
—Que la corte susurre lo que quiera —respondió él en un susurro grave que retumbó en el pecho de la princesa—. Preferiría perder mi corona mil veces antes que dejarte ir de nuevo, Melany.
Melany hundió las manos en la cabellera oscura y rebelde del emperador, inclinándose hacia abajo. Sus labios se encontraron en un beso que nada tuvo que ver con la timidez de los días anteriores. Fue una explosión de pasión contenida, un choque de alientos y deseos sofocados durante años.
El emperador la alzó en sus brazos como si no pesara nada, colocándola sobre el suave colchón de la cama mientras se posicionaba sobre ella, cuidando de no dejar caer todo su enorme peso sobre la joven. Sus manos, grandes y cálidas, comenzaron a explorar el cuerpo de la princesa con un ansia desesperada pero respetuosa. Deslizó los dedos desde sus tobillos, subiendo por la tela de seda de su muslo, provocando que Melany dejara escapar un gemido ahogado contra sus labios.
—Antonio... —jadeó ella, arqueando la espalda cuando los labios del gigante abandonaron su boca para descender por su barbilla, trazando un caminito de besos ardientes por la línea de su cuello sensible hasta llegar a la curva de su clavícula.
—Eres un fuego, Melany... —susurró Antonio, aprisionando la cintura de la joven contra sus caderas mientras sus manos se introducían por debajo de la seda del vestido, acariciando la piel desnuda de su espalda baja—. Me quemas por dentro desde el día en que te volví a ver.
La atracción física entre ambos era abrumadora, una marea de sensaciones rozando el límite de lo permitido. Melany acarició las espaldas anchas del emperador, sintiendo la firmeza de sus músculos contraídos por la excitación. Se entregó al calor de sus besos, permitiendo que las manos de Antonio exploraran la silueta de sus caderas y el abdomen, mientras sus propias piernas se enredaban instintivamente alrededor de las del coloso.
Los besos se volvieron más profundos, hambrientos y desenfrenados. El ritmo de sus respiraciones se volvió caótico en el silencio de la estancia. Antonio descendió aún más sus caricias, rozando la parte interna de los muslos de Melany, arrancándole un suspiro entrecortado que hizo que el propio emperador contuviera el aliento.
Sin embargo, en el punto cstyle de esa marejada de deseo, cuando ambos estaban a un paso de consumar la pasión que los devoraba, Antonio se detuvo. Respirando con dificultad, apoyó la frente contra el cuello de Melany, apretando los puños sobre las sábanas para controlar la fuerza del instinto que le exigía poseerla por completo.
—No así... —alcanzó a articular Antonio con una voz rasposa y ahogada por la agitación—. No mientras seas mi cautiva en este palacio. No mientras el mundo piense que eres mi prisionera. Quiero entregarme a ti como tu igual, Melany... cuando seamos libres de esta guerra.
Melany, con el rostro encendido por el rubor y el pecho agitado por el deseo insatisfecho, miró los ojos dorados del emperador. En ellos no había lujuria descontrolada, sino un respeto absoluto y un amor tan profundo que le encogió el corazón. Sonrió levemente, rodeando el cuello del gigante con sus brazos y tirando de él para darle un beso tierno en los labios.
—Esperaré ese día, mi emperador —susurró ella, abrazándose a su cuerpo firme para pasar la noche juntos, unidos en un abrazo protector sobre la cama, arropados por el calor de la chimenea.