Dante Herrera es el jefe de la mafia más temida de España: frío, implacable, dueño de todo lo que desea. Hasta que una emboscada lo deja al borde de la muerte y el destino lo arroja al último lugar donde alguien como él debería aparecer… el patio de un convento.
Quien lo encuentra medio muerto es Mary, una novicia de dieciocho años criada entre rezos, huérfana y entregada por completo a Dios. Ella jura salvarlo. Nunca imaginó que, al hacerlo, pondría en peligro lo único que creía intocable: su fe, sus votos y su propio corazón.
Él aprendió a sobrevivir en un mundo de sangre y traición. Ella aprendió a amar sin pedir nada a cambio. Entre ellos hay un abismo —el altar y el crimen, el cielo y el pecado— y una atracción que ninguno de los dos sabe cómo detener.
Pero los enemigos del pasado no olvidan, y una venganza silenciosa se acerca a la familia Herrera. Cuando la guerra estalle, Mary tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por un hombre que jamás debió amar.
NovelToon tiene autorización de Gizelly Ladislau para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14 — Un Mafioso en el Convento
Una Tarde de Cine Peligrosamente Inocente
Consuelo Herrera:
Hay batallas que se ganan con armas.
Otras, con inteligencia.
Y algunas… con una simple tarde de cine.
Ya llevaba días con mis pequeñas «coincidencias» funcionando a la perfección.
Natalia siempre terminaba sentada al lado de Pietro.
Giovanni misteriosamente se encontraba con Bárbara en todos los rincones de la mansión.
Kevin y Graziela pasaban horas conversando sobre libros, estudios y proyectos sociales.
Y Dante…
Mi pobre hijo estaba perdidamente enamorado de la hermana Mary Méndez.
Tan enamorado que resultaba doloroso verlo.
Claro que yo jamás admitiría que estaba organizando todo.
Al menos, no en voz alta.
Aquella mañana de domingo la lluvia caía con fuerza sobre la propiedad de los Herrera.
El cielo estaba gris.
El viento mecía los árboles.
El clima perfecto para quedarse en casa.
Entonces se me ocurrió una idea absolutamente inocente.
—¿Qué les parece una tarde de cine? —sugerí durante el almuerzo.
Todos estuvieron de acuerdo.
Incluso las monjas.
Sobre todo porque creían que aquello era apenas una actividad familiar.
Poco sabían ellas…
Unas horas después, todos estaban acomodados en la enorme sala de cine de la mansión.
Las luces se apagaron.
La película comenzó.
Y yo lo observé todo con discreción.
Natalia estaba al lado de Pietro.
Los dos compartían el mismo bol de palomitas.
O al menos lo intentaban.
Porque cada vez que uno metía la mano, la del otro se cruzaba en el camino.
—Agarraste la mayor parte —comentó Pietro.
—Mentira.
—Lo vi.
—Entonces deja de mirarme y mira la película.
—Difícil.
Natalia fingió prestar atención a la pantalla.
Pero la sonrisa que asomó en sus labios la delató por completo.
Más adelante, Giovanni libraba su propia batalla.
O mejor dicho…
Intentaba librarla.
Porque Bárbara simplemente lo ignoraba.
El mafioso más conquistador de la familia Herrera parecía incapaz de arrancarle más de dos palabras.
—¿Te está gustando la película?
—Sí.
—¿Solo eso?
—Sí.
—¿Siempre respondes así?
—No siempre.
—¿Y cuándo respondes más?
Bárbara por fin lo miró.
—Cuando la persona lo merece.
Giovanni se quedó unos segundos en silencio.
Después sonrió.
Una sonrisa peligrosa.
De esas que indicaban que había encontrado un desafío.
Y los desafíos siempre lo atraían.
Kevin y Graziela estaban completamente concentrados.
Pero no en el romance de la película.
Discutían las diferencias entre la adaptación y el libro original.
—Esa escena no existe en la obra.
—Sí existe.
—No de esa forma.
—Cambiaron la mitad del diálogo.
—Verdad.
—Te lo dije.
Kevin sonrió.
—Tienes una memoria aterradora.
—Y tú prestaste demasiada atención.
Los dos intercambiaron una mirada divertida.
Y siguieron discutiendo como dos profesores apasionados por la misma historia.
Entonces mis ojos encontraron a Dante y a Mary.
Sentados juntos.
Cerca.
Pero aún intentando mantener una distancia respetuosa.
O al menos Mary lo intentaba.
Dante claramente estaba sufriendo.
La película avanzaba.
Aparecían las escenas románticas.
Y el silencio entre ellos parecía cada vez más pesado.
Fue en ese momento cuando, con disimulo, tomé el control del aire acondicionado.
Y bajé la temperatura.
Bastante.
Mucho más de lo necesario.
Rómulo se dio cuenta.
Claro que se dio cuenta.
Pero no dijo nada.
Solo observó.
Pocos minutos después, Mary se frotaba las manos con disimulo.
Dante lo notó.
Sin pensarlo mucho, se quitó su propia chaqueta.
—Tienes frío.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
Ella dudó.
Pero aceptó.
El perfume de él quedó prendido en la tela.
Y aquello la dejó peligrosamente consciente de su presencia.
Entonces ocurrió.
Surgió una escena graciosa en la película.
Algo inesperado.
Tan absurdo que le arrancó una carcajada a Dante.
Fuerte.
Espontánea.
Libre.
Todos lo miraron sorprendidos.
Mary incluida.
Y por primera vez ella vio al verdadero Dante.
No al mafioso.
No al hombre temido.
Sino al hombre que existía detrás de la armadura.
Aquella sonrisa.
Aquella risa.
Aquella felicidad genuina.
Y su corazón se saltó un latido.
Cuando sus miradas se encontraron de nuevo…
El mundo pareció desaparecer.
La lluvia seguía afuera.
La película seguía pasando.
La gente seguía en la sala.
Pero nada de eso importaba.
Solo ellos.
Mary sintió que se le cortaba la respiración.
Dante llevó la mano lentamente hasta su rostro.
Como si tuviera miedo de que ella desapareciera.
Como si estuviera tocando algo demasiado precioso.
—Mary…
Su voz salió baja.
Ronca.
Llena de sentimientos que ya no lograban seguir ocultos.
Ella debería retroceder.
Debería acordarse de los votos.
De la vida que había elegido.
De todo.
Pero no lo consiguió.
Porque también estaba cansada de fingir que no sentía nada.
Dante se acercó despacio.
Dándole todas las oportunidades para apartarse.
Ella no se apartó.
Sus ojos se cerraron lentamente.
Y entonces sus labios se encontraron.
Suaves.
Tímidos.
Inseguros.
Como la primera página de una historia que ninguno de los dos sabía escribir.
Mary contuvo la respiración.
Sintiendo el corazón dispararse.
Sintiendo una emoción tan intensa que parecía imposible que existiera.
Por un instante intentó resistirse.
Pero la ternura de aquel momento derribó todas sus defensas.
Y cuando Dante profundizó levemente el beso, ella solo lo acompañó de forma inocente, descubriendo aquel sentimiento junto a él.
Sin prisa.
Sin urgencia.
Solo dos almas que ya estaban enamoradas mucho antes de admitirlo.
Cuando por fin se separaron, permanecieron cerca.
Las frentes apoyadas.
Las respiraciones mezcladas.
Las miradas llenas de emoción.
Como si hubieran encontrado un hogar el uno en el otro.
Fue entonces cuando oí una voz a mi lado.
—Lo sabía.
Miré a Rómulo.
Mi esposo estaba sonriendo.
De esa manera que solo él sabía hacer.
—¿Sabías qué?
—Que todo esto lleva tu firma.
Yo intenté parecer inocente.
—No tengo idea de qué hablas.
Él soltó una risa.
—Consuelo Herrera…
Tomó mi mano.
—Eres un cupido del pecado.
—¡Rómulo!
—Estás corrompiendo monjas para tus cuatro hijos depredadores.
No pude evitar la carcajada.
—Solo estoy ayudando al destino.
—Claro que sí.
Sus ojos brillaban de amor mientras me observaba.
Como lo hacían desde hacía décadas.
Como si yo aún fuera la mujer de la que se enamoró años atrás.
Tal vez porque aún lo era.
Rómulo se acercó.
Besó mi frente.
Después mis labios.
Suave.
Con cariño.
Y mientras la lluvia caía afuera, me di cuenta de que el amor se había apoderado de toda aquella casa.
Tal vez de formas diferentes.
Tal vez a velocidades diferentes.
Pero estaba ahí.
Floreciendo en silencio en el corazón de cada uno de ellos.
Y yo no podría estar más feliz.