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Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Status: En proceso
Genre:Venganza / Hombre lobo / Mujer despreciada
Popularitas:19.2k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Capítulo 20: El Banquete Del Consejo

Valentina eligió plata.

Sofía sostuvo el vestido frente a la luz de la tarde y sonrió con una satisfacción pequeña, feroz.

—No parece Reyes.

—Porque no lo es.

La seda tenía el tono de la luna antes de volverse blanca del todo: plata antigua, con un reflejo frío que no pedía permiso. En los puños llevaba hojas bordadas con hilo claro, no lobos, no coronas, no el rojo profundo que la Manada Reyes usaba para recordar a todos que alguna vez fue intocable.

Lucía ajustó el broche del cuello.

—Van a decir que es una provocación.

—Entonces tendrán razón.

Sofía soltó una risa baja, pero sus manos temblaron al acomodarle el pañuelo bordado dentro de la manga. Era el pañuelo de Valentina: lino fino, borde trabajado por ella misma, con pequeñas ramas de laurel plateado y una luna casi escondida en una esquina. No era joya. No era arma. Precisamente por eso dolía más.

Era de las pocas cosas que todavía llevaban su mano sin haber pasado por la voluntad de otro.

—Guárdelo bien —dijo Sofía.

Valentina tocó la tela apenas.

—Lo haré.

Cuando salió al patio principal, Sebastián la esperaba junto al carruaje.

Llevaba traje ceremonial de Alfa Reyes, rojo oscuro y oro. A su lado, Valentina parecía una luna colocada por error junto a un estandarte de guerra ajeno.

Él la miró desde el cabello recogido hasta el dobladillo.

—Ese color no es de mi casa.

—No.

—La idea es mostrar unidad.

Valentina subió al carruaje con ayuda de Sofía.

—Entonces debería haberlo pensado antes de romperla.

Sebastián no respondió.

Durante el camino al Palacio del Gran Alfa, ninguno de los dos habló. La ciudad estaba llena de carruajes, caballos y estandartes de manadas llegadas desde todos los territorios. El Consejo de Manadas no era solo una reunión política; era un mercado de alianzas vestido de ceremonia. Cada Luna observaba joyas, telas, cicatrices, escoltas y silencios. Cada Alfa medía quién saludaba primero y quién miraba demasiado tiempo.

El Palacio del Gran Alfa se alzaba sobre la plaza central con muros de cantera clara y balcones cubiertos de flores blancas. No necesitaba parecer fortaleza.

Lo era.

En el Gran Salón, los estandartes de las manadas colgaban desde las vigas altas. El de Montero, negro con lobo dorado, ocupaba el centro superior. Debajo, en la tarima principal, Don Alejandro Montero presidía la sala.

El Gran Alfa no era el hombre más alto del salón.

No hacía falta.

Tenía el tipo de quietud que obligaba a los demás a moverse con cuidado. El cabello oscuro comenzaba a platearse en las sienes. Sus ojos, casi negros, recorrían la multitud con una paciencia que no era bondad. A su lado estaba Doña Gabriela de Montero, La Gran Luna, vestida de azul profundo. Hermosa, distante, con una serenidad tan perfecta que parecía aprendida en habitaciones donde el llanto nunca era permitido.

Sebastián inclinó la cabeza.

Valentina lo hizo también.

—Alfa Reyes —dijo Don Alejandro—. Luna Valentina.

El hecho de que pronunciara su nombre sin anexarla a Sebastián hizo que varias miradas se volvieran hacia ella.

—Su Majestad —respondió Valentina.

Doña Gabriela la observó un instante.

—Plata Solano —dijo, suave.

No fue pregunta.

—Sí, La Gran Luna.

La boca de Doña Gabriela apenas se curvó.

—Interesante elección.

—Una elección necesaria.

El silencio cercano duró un latido.

Luego Don Alejandro rió, no con alegría sino con entretenimiento.

—Las elecciones necesarias suelen ser las más caras.

—Lo sé, Gran Alfa.

La risa no se repitió.

Valentina fue conducida al sector de las Lunas y esposas de Alfa. Sebastián se quedó con los jefes de manada, pero más de una vez miró hacia ella con el ceño fruncido, como si el vestido plata siguiera discutiendo con él desde lejos.

Al principio, algunas mujeres la observaron con prudencia.

Luego hablaron.

Una Luna de edad avanzada, de la Manada Hernández, preguntó por hierbas para recuperación lunar después de parto. Otra quiso saber si era cierto que Valentina había estabilizado un enlace de curación durante tres años. Una tercera, más joven, mencionó con falsa casualidad el tema de las rutas de comercio de hierbas del norte.

Valentina respondió.

No demasiado.

Lo suficiente.

Habló de tiempos de secado, de almacenamiento en vasijas de barro, de cómo las rutas de montaña encarecían la flor de nieve y de por qué los territorios que dependían de un solo proveedor terminaban pagando el doble en temporada de lluvias.

La Luna Hernández la miró con aprobación abierta.

—Solano educó bien a su hija.

Valentina sostuvo la taza sin apretar.

—También aprendí sola.

Esa respuesta viajó más lejos que la conversación.

Sebastián la oyó.

Y por primera vez, no supo si la mujer que hablaba en medio de las Lunas era la misma que durante tres años se sentaba en la penumbra a medir sus infusiones.

La misma, no.

Tal vez siempre había sido esa.

Y él nunca había mirado.

Las puertas del salón se abrieron al anuncio de los vencedores de la frontera norte.

El ruido bajó de golpe.

Damián Montero entró sin prisa.

Vestía uniforme militar negro, no traje de salón. Las medallas de campaña brillaban en el pecho, pero parecía usarlas como se usa una cicatriz: sin vanidad, con memoria. Emilio Lara caminaba un paso detrás. Marco Ávila, más joven y de mirada seca, iba al otro lado. En el extremo del grupo, Valentina vio a un hombre de cabello oscuro y sonrisa fácil que recibió saludos de varios militares: Rafael Medina, según susurró una Luna cercana, primo de Damián y heredero de la Manada Medina.

Pero Valentina apenas registró los nombres.

Porque el olor llegó antes que Damián cruzara la mitad del salón.

Pino.

Aire frío de montaña.

Luna sobre piedra.

La mano de Valentina se cerró en torno a la taza.

Su loba, despierta desde la noche anterior de una forma que todavía la asustaba, se quedó inmóvil.

No dormida.

No vencida.

Inmóvil como un animal que reconoce una presencia demasiado grande para huir y demasiado familiar para atacar.

Damián giró el rostro.

Sus ojos encontraron los de ella.

El salón desapareció durante un segundo.

Valentina no vio al Rey Alfa de las campañas del norte.

Vio lluvia.

Botas negras.

Una sombra bajo bugambilias.

Un lobo enorme que no dio un paso más del permitido.

Su loba soltó un aullido sin sonido.

El pecho de Valentina se tensó como si algo dentro de ella hubiera tirado de una cuerda antigua.

Damián tampoco se movió.

Pero sus ojos cambiaron.

Un destello dorado cruzó sus pupilas y se apagó tan rápido que cualquiera habría dudado de haberlo visto.

Emilio no dudó.

—Mi Rey Alfa —murmuró.

—Nada —dijo Damián.

La palabra salió baja.

Demasiado baja.

Marco Ávila miró de Damián a Valentina y luego fingió interesarse por una columna.

Don Alejandro también vio.

Desde la tarima, el Gran Alfa no necesitó oír ni oler nada para entender que algo había tensado la espalda de su hijo como antes de una batalla. Miró a Valentina. Miró a Damián, que acababa de apartar la vista con una disciplina demasiado evidente.

—Interesante —dijo.

Doña Gabriela no apartó los ojos de la copa que sostenía.

—¿Qué cosa?

—Nuestro hijo acaba de recordar que tiene lobo.

La Gran Luna levantó la mirada entonces.

Damián saludó al Gran Alfa con la formalidad justa. Valentina aprovechó el movimiento de la sala para respirar otra vez. La taza en su mano estaba intacta, aunque no supo cómo.

—¿Está bien? —preguntó la Luna Hernández.

—Sí.

Mentira.

Pero dicha con suficiente calma para pasar por verdad.

Al otro lado del salón, Damián aceptó una copa sin beber. Su mano seguía humana, pero las uñas le dolían con la presión de la forma lobuna contenida. Emilio se colocó medio paso más cerca, no para protegerlo de otros, sino para impedir que otros notaran lo que ocurría bajo la piel de su Alfa.

—Respire —murmuró Emilio sin mover los labios.

Damián lo miró de reojo.

—Estoy respirando.

—Como si planeara morder a alguien.

—Eso también requiere respirar.

Marco tosió una vez, muy discretamente.

Damián dejó la copa intacta sobre una bandeja y apartó por fin la mirada de Valentina.

La apartó.

No dejó de saber dónde estaba.

La noche avanzó con música baja, discursos breves y alianzas disfrazadas de brindis. Valentina habló con tres Lunas más sobre dispensarios rurales, con un Beta anciano sobre rutas de maíz y con una consejera de la Manada Vega sobre registros de propiedad. Cada conversación le devolvió algo que la Hacienda Reyes le había negado durante años: la sensación de que su mente podía ocupar espacio sin disculparse.

Sebastián la observó desde lejos.

Catalina también.

La diferencia era que Sebastián parecía confundido.

Catalina parecía contar cuchillos.

En una mesa lateral, Regina Montero de Fuentes apareció apenas el tiempo suficiente para inclinar la cabeza hacia Valentina con una sonrisa breve. No se acercó. No hacía falta. Algunas protecciones eran más eficaces cuando parecían casuales.

Al final de un discurso sobre paz entre manadas, Valentina sintió que el salón se le cerraba encima.

Necesitaba aire.

Salió hacia el corredor lateral y encontró el observatorio abierto al jardín alto del Palacio. La luna estaba casi llena. Abajo, las fuentes brillaban entre sombras de bugambilias y piedra blanca.

Respiró.

El olor llegó otra vez.

Más cercano.

Pino.

Luna.

Protección.

Valentina giró.

El corredor estaba vacío.

Pero su loba gimió dentro de ella, suave, ansiosa, como si supiera que alguien acababa de estar allí o seguía estando más allá de una esquina.

—¿Quién eres? —susurró Valentina.

Nadie respondió.

Cuando regresó al salón, Catalina estaba inclinada hacia dos Lunas jóvenes, hablando en voz baja. Al verla, levantó la cabeza.

Y sonrió.

No la sonrisa de la mujer inocente.

La otra.

Sofía apareció entre la gente casi corriendo. Tenía el rostro pálido y los ojos llenos de alarma.

—Mi señora.

Valentina sintió que el cuerpo se le preparaba antes de saber para qué.

—Habla.

Sofía le tomó la manga.

—Su pañuelo bordado... no está.

1
Nana Pelaez
24 capítulos y ella feliz sufriendo 😭😭😭
Marleys Sofia Cervantes
uffffffffffffffffffff
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏
Carla Carvajal
autora quise leer algunas de tus obras, ninguna de las que escogí está terminada, espero puedas terminar esta y sigas con las otras
Natt_Lpz
ne encanta.. pero creo q sabemos q Valentina es fuerte feroz pero xq sufrir tanto? me parte el alma 💔
gabriel rios
es el final o va a seguir
Carla Carvajal
ojalá está novela no sea tan larga, las novelas cuando comienzan a ser rebuscadas suelen aburrir al lector, solo es mi opinión, aburre leer muchos capítulos
Marleys Sofia Cervantes
Alguien sensato
Marleys Sofia Cervantes
Valentina es
Lola calamidades
Sofia Carruso
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
muy bien Damián
Marleys Sofia Cervantes
Hay va arder troya
Marleys Sofia Cervantes
Valentina si lleva porrazos
porrazos viene
porrazos van
Marleys Sofia Cervantes
le están buscando 5 patas al gato
Zaida Sanchez
toda esa gente no vale la
Zaida Sanchez: no valen la pena de sus esfuerzos 😡
total 2 replies
Marleys Sofia Cervantes
pisando en terreno mojado
Marleys Sofia Cervantes
Esa Catalina es un grano en la nalga
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
valentina
Marleys Sofia Cervantes
Doña aurora tiene más pelota que un poco jajajajaja y está vieja me imagino en sus años mosos
Marleys Sofia Cervantes
1 más 1 2
y estos ufff no se que esperan
Lilian Benitez
🤔no está completa
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