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No te mueras, mi amor

No te mueras, mi amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor en la guerra / Completas
Popularitas:10.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.

La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.

Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.

Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.

Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Capítulo 15

Hapir

Las fosas estaban al borde de la carretera.

No las vieron hasta que el olor las anunció — un golpe dulce y podrido que entró por las ventanillas del vehículo militar y le pegó a Valentina en la garganta como un puñetazo. Santiago frenó. Apagó el motor. Los dos se quedaron mirando a través del parabrisas sucio de polvo.

Había cuerpos. Decenas. Apilados en zanjas poco profundas que alguien había excavado con prisa y sin respeto. Hombres, mujeres, niños. La tierra apenas los cubría — un brazo asomaba aquí, una pierna allá, una mano abierta hacia el cielo como pidiendo algo que ya no iba a llegar. Las moscas formaban nubes negras que zumbaban con la indiferencia de quien hace su trabajo sin preguntar por qué.

Valentina levantó la cámara. Encuadró. No pudo apretar el botón.

—Filma —dijo Santiago. Su voz era plana, sin emoción, como la de alguien que da una orden táctica—. Si no lo filmas, no existió.

Valentina apretó el botón. Filmó las fosas, los cuerpos, las moscas, la tierra removida. Filmó la mano abierta y el brazo que asomaba y el zapato de niño que sobresalía de la tierra como una flor obscena. Filmó sin respirar, sin parpadear, con la disciplina de una profesional que sabe que el temblor de la cámara le quita dignidad al muerto. Los muertos merecían al menos eso — una imagen estable, clara, que obligara a quien la viera a mirar sin excusas.

Santiago se quedó junto al vehículo, vigilando el perímetro. No miró las fosas. No porque no quisiera, sino porque ya las había visto antes — en otros países, en otras guerras, con otros muertos que tenían las mismas manos abiertas y los mismos zapatos de niño. Valentina lo supo por la forma en que no miraba: no era evitación, era familiaridad. Y esa familiaridad era peor que el horror.

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Los suburbios del sur de Hapir eran un campamento de refugiados sin nombre oficial.

Familias enteras vivían bajo lonas de plástico sostenidas por palos y alambre. Los niños tenían el pelo apelmazado de polvo y los ojos enormes de quien ha visto cosas que ningún niño debería ver. Las mujeres cocinaban sobre fogatas improvisadas con basura seca. Los hombres estaban sentados contra los muros, con la mirada vacía de quien ha perdido todo y no tiene energía para buscar nada.

Valentina abrió la mochila. Sacó las barras de proteína, las galletas, las dos botellas de agua, las naranjas que Santiago le había comprado esa mañana en un puesto de carretera. Lo repartió todo. Una barra para esta mujer, una galleta para este niño, media naranja para esa anciana que extendía las manos con una sonrisa que no tenía dientes pero que tenía más gratitud que todas las palabras del mundo.

Se le acabó la comida en ocho minutos.

Los que no recibieron nada la miraban. No con rencor — con esperanza. Esperanza de que la mujer de la mochila tuviera algo más, algo escondido, algo que no había sacado todavía. Valentina abrió la mochila otra vez. Baterías de cámara. Cuaderno. Pasaporte. Botiquín. Nada comestible.

—No tengo más —dijo en español, y después en el poco árabe que había aprendido—. Lo siento. No tengo más.

Las manos siguieron extendidas. Una niña de unos cinco años le jaló la manga de la camisa y le dijo algo que Valentina no entendió. La niña tenía un vestido rosa sucio de tierra y los pies descalzos. Le faltaba un diente de adelante. Repitió la frase y señaló su propia boca.

Valentina se arrodilló frente a ella. Le tomó las manos. Eran pequeñas y calientes y sucias y perfectas. Valentina pensó en los niños de su barrio en Ciudad de México — los que iban al parque los domingos con helados de fresa y zapatos nuevos. Pensó en la distancia entre esos niños y esta niña, en la lotería brutal del lugar de nacimiento, en la injusticia ciega y geográfica que separaba la vida de la muerte por accidente de coordenadas.

Se le quebró algo adentro. No supo qué. Solo supo que estaba llorando — no como llora una periodista que ha visto algo terrible, sino como llora una persona que ha llegado al límite de lo que puede absorber sin romperse. Las lágrimas le caían sobre las manos de la niña y la niña le limpiaba la cara con sus dedos pequeños, con una ternura que no debería existir en un lugar como este, en una guerra como esta, en un mundo como este.

Santiago la encontró así. Arrodillada en la tierra con una niña de cinco años limpiándole las lágrimas. Se quedó de pie a tres metros de distancia. No se acercó. No dijo nada. Le dio el tiempo y el espacio que ella necesitaba para quebrarse sin testigos que la juzgaran.

Cuando Valentina se levantó, se limpió la cara con la manga y caminó hacia él sin mirarlo. Santiago le abrió la puerta del vehículo. Ella subió. Él cerró la puerta. Ninguno dijo nada durante los veinte minutos que tardaron en llegar al hotel.

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El hotel de periodistas de Hapir era un edificio de cuatro pisos con un generador que funcionaba tres horas al día y agua corriente que salía marrón. Las paredes tenían agujeros de metralla que alguien había tapado con cartón. El lobby olía a café quemado y a cigarrillos y a desinfectante industrial. Había siete periodistas de cinco países, dos traductores, un médico de la Cruz Roja y un gato que dormía sobre el mostrador de recepción como si la guerra fuera una molestia menor.

Santiago la acompañó hasta el elevador. Era una caja de metal oxidado con una puerta de reja que se atascaba cada tercer viaje. Valentina apretó el botón del tercer piso. La luz parpadeó. El elevador tembló y comenzó a subir con un gemido de cables que no inspiraba confianza.

Entre el primer piso y el segundo, el elevador se sacudió. Un ruido metálico agudo resonó en el hueco. Valentina se agarró de lo primero que encontró — el brazo de Santiago. Lo agarró con ambas manos, con la fuerza de quien se agarra de algo sólido en medio de un terremoto.

El elevador se estabilizó. Siguió subiendo. Valentina no soltó el brazo.

Santiago miró hacia abajo — hacia las manos de ella apretadas alrededor de su antebrazo, los nudillos blancos, los dedos hundidos en la tela de la manga. No dijo nada. No se movió. Dejó que ella se agarrara todo el tiempo que necesitara. El elevador llegó al tercer piso con un chirrido y la puerta de reja se abrió.

Valentina lo soltó. Dio un paso fuera del elevador. Se giró.

Santiago estaba de pie en la caja de metal con el brazo donde ella lo había agarrado todavía extendido, como si el fantasma de sus manos siguiera ahí. La miraba con esa expresión que Valentina empezaba a reconocer — la que tenía cuando quería decir algo y decidía no decirlo.

—Mañana salgo a una misión de reconocimiento al norte —dijo—. Tres días. Quizá cuatro.

—¿Es peligroso?

—Todo es peligroso aquí.

Valentina lo miró. Las fosas comunes, los refugiados, la niña con el vestido rosa, las manos extendidas, el olor dulce de la muerte — todo se le acumuló en el pecho como agua detrás de una presa. Y de todo eso, lo único que pudo decir fue:

—Cuídate. No te mueras.

Las palabras salieron con más peso del que esperaba. No era una despedida casual. Era una orden, una súplica, una confesión disfrazada de preocupación profesional. "No te mueras" significaba: eres la única persona en este lugar que me hace sentir que todavía existo. No te mueras significaba: si tú mueres, una parte de mí se queda en esta guerra para siempre.

Santiago asintió. La comisura izquierda.

—No me muero.

La puerta de reja se cerró entre ellos. El elevador bajó con su gemido de cables oxidados. Valentina se quedó de pie en el pasillo del tercer piso, con la mochila vacía en la espalda y las manos que todavía sentían la tela de su manga.

"No te mueras."

Las palabras le resonaron en la cabeza como el eco de un disparo en un valle vacío. Tenían peso de profecía. Tenían sabor a despedida.

Valentina caminó hacia su habitación con la certeza irracional de que acababa de decir algo que el futuro iba a usar en su contra.

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Carmen Gloria Rivas Barrio
Me encantó, un amor increíble, un amor dispuesto a todo, un amor a prueba de balas y de guerra
Miriam Molina Molina
Es una obra de arte... tan fantástica como real... dolorosa y amorosa como lo es la vida misma...
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.
Laura Castañon
que historia más maravillosa e impresionante me gusto mucho gracias escritora felicidades muchas bendiciones
Amanda Gongora
excelente felicitaciones gracias
Naicka Rodriguez
gracias me gustó mucho cada capítulo, me concentre tanto que hasta me involucre en todo los personajes, felicitaciones ame bastante esta historia 😍
Luz myriam Navarrete
Es buena la trama pero aburre q tiene poco dialigo de parte de los personajes mucha descriccion de alrrededor autora mejoralo bay no continuo ..dienpre repites lo mismo
Luna del Mar
Muy buena historia, excelente narración y trama. Felicidades escritora.
Helizahira Cohen
Esta interesante, bonita se ve
Isabel Balderas
esta historia me la encontré de casualidad y empecé a leerla pensando que era la típica historia de amor y el vivieron felices por siempre pero la leí completa y llore mucho solo me queda decir que esta historia me encantó sentí cada palabra como si estuviera yo presente en la historia 👏😭👏😭
Luna del Mar
Excelente primer capítulo
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