Antes de morir en una sangrienta operación militar en la Tierra, la vida del protagonista tuvo un solo propósito: pagar el tratamiento contra el cáncer de su hermana menor. Cada noche, para calmar su dolor, le leía novelas de romance. Tras perderla, cayó en combate poco tiempo después.
Para su sorpresa, despierta como Alexander von Ashford, poderoso Duque y General del Imperio de Valerius. La transmigración ocurre un mes después de partir a una guerra absurda, tras la trágica caída de su caballo. Ahora, un nuevo espíritu toma las riendas de su destino.
Al cruzar los recuerdos del cuerpo con los conocimientos de la novela, comprende la realidad: está dentro del libro. En la historia original, tras tres años de guerra, el Duque regresaba para descubrir que su esposa Elena y su hijo Theo de tres años habían muerto trágicamente.
Con su astucia táctica y la memoria del cuerpo, el exmilitar actuará rápido para cambiar el destino.
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Capítulo 23:Los infiltrados
La escena entre los restos del carruaje destrozado era una estampa de puro horror. Había tres comerciantes gravemente heridos por cortes de espada y flechas, sangrando abiertamente sobre el manto helado de la nieve.
Elena no dudó un solo segundo. Apenas se aseguró de que Theo permaneciera a su lado bajo la mirada atenta y resguardada de uno de nuestros guardias, desmontó con una agilidad sorprendente.
—Traigan de inmediato los botiquines de las alforjas y agua limpia —ordenó Elena a los hombres con una voz firme y metódica, mientras se despojaba de sus gruesos guantes de piel.
Se arrodilló sin titubear sobre la nieve ensangrentada y comenzó a rasgar trozos de lino. Con manos expertas, limpió las heridas y aplicó un torniquete improvisado en la pierna del hombre que sangraba con mayor gravedad.
Verla actuar con semejante temple me llenó de un profundo orgullo. Elena mostraba una serenidad absoluta hacia el exterior, cuidando cada gesto y cada palabra para no asustar ni alterar a nuestro pequeño hijo.
Pero mientras ella mantenía la calma, yo hervía por dentro. Una rabia contenida y asfixiante amenazaba con desbordarse de mi pecho ante la menor provocación.
Durante los últimos tres días de viaje, Theo me había estado contando entre murmullos todo lo que sufrieron en la capital. Escuchar de boca de mi propio hijo los abusos, el desprecio y el miedo constante que pasaron alimentaba un fuego oscuro en mi alma.
Tanto la crueldad de la Princesa Evelyn como la vil traición de mi propio hermano Julian exigían un castigo ejemplar. La deslealtad de mi sangre era una espina clavada en mi corazón que no me dejaba respirar.
Al examinar las huellas frescas sobre la nieve aplastada, determiné rápidamente que la patrulla enemiga no superaba los diez hombres. No podía permitir que esos exploradores rondaran libremente por la zona.
Eran un peligro inminente para la caravana. Jamás expondría a mi esposa ni a mi hijo a semejante amenaza mientras tuviera fuerza en los brazos para empuñar mi espada.
—Kael, te quedas aquí con cuatro hombres —ordené en voz baja pero imperiosa, ajustando las correas de cuero de mi armadura de combate.
—Levanten de inmediato una barricada defensiva utilizando la estructura de madera del carruaje volcado. Es una posición fácil de proteger —agregué señalando el terreno.
—Acomoden a mi esposa, a mi hijo y a los heridos en ese callejón de roca profunda. Nadie se acerca a ellos bajo ninguna circunstancia.
—General, permítame ir con usted a la cacería —pidió Kael, sujetando la empuñadura de su arma con evidente preocupación en el rostro.
—Tu única y absoluta prioridad es la vida de mi familia —lo interrumpí, clavándole la mirada helada del comandante de la frontera norte—. Si algo llega a pasar, defiéndelos con tu propia vida. Yo me encargaré personalmente de los intrusos.
Me giré hacia Elena para despedirme con una mirada rápida de mutua comprensión. Ella alzó la vista y asintió en silencio, transmitiéndome su plena confianza mientras continuaba vendando la herida del comerciante.
Tomé a tres de mis mejores rastreadores de la Guardia de Sombras. Nos adentramos sin hacer ruido en el espeso bosque de pinos que bordeaba el desfiladero, siguiendo el rastro visible de sangre y ramas rotas.
A medida que avanzábamos a pasos sigilosos entre los árboles cubiertos de escarcha, la adrenalina quemaba mis venas. Toda esa furia acumulada durante semanas por las injusticias cometidas contra los míos por fin encontraba una vía de escape.
A poco más de un kilómetro del lugar del ataque, al fondo de un pequeño barranco rocoso, divisamos finalmente a los exploradores enemigos.
Eran ocho hombres vestidos con las armaduras oscuras y los distintivos del Imperio del Este. Estaban reunidos alrededor de un mapa desplegado en el suelo, riéndose ruidosamente mientras se repartían el botín del carruaje.
—Sin piedad —murmuré hacia mis hombres, señalando los flancos de la formación enemiga.
Desenvainé mi espada pesada de acero templado y salí de la espesura del bosque como un torbellino mortal e imparable.
El primer soldado ni siquiera tuvo tiempo de escuchar mis pasos sobre la nieve. La hoja de mi espada le atravesó la garganta de un solo tajo antes de que pudiera emitir una señal de alarma.
Su cuerpo cayó pesadamente hacia adelante, tiñendo el manto blanco de la montaña con una mancha carmesí brillante que humeaba por el intenso frío.
El caos se apoderó del campamento enemigo en cuestión de segundos. Los soldados gritaron presurosos en su dialecto extranjero y desenfundaron sus armas con desesperación, pero mi ataque fue absolutamente despiadado.
Descargué semanas de impotencia y rencor contra cada uno de ellos. Cada estocada mortal, cada impacto de mi escudo y cada tajo de mi acero llevaban consigo el peso de las lágrimas de Elena y del miedo inocente de Theo.
Un lancero intentó atravesar mi pecho con una embestida rápida. Paré la punta de hierro con el hombro blindado de mi armadura, le arrebaté el astil de madera con la mano izquierda y lo empujé contra la pared de piedra.
Sin darle espacio para respirar, lo atravesé de lado a lado con mi espada. Los gritos de agonía resonaron entre las paredes del barranco mientras mis rastreadores abatían a los arqueros enemigos desde las sombras.
En menos de dos minutos, el cañón quedó envuelto en un silencio sepulcral. El aire olía a metal quemado y la nieve estaba sembrada con los cuerpos inmóviles de los agresores.
Tal como lo había planeado desde el inicio, solo dejé a un hombre con vida. El capitán de la patrulla yacía malherido contra una pared de roca congelada, sangrando por un profundo corte en la pierna.
El hombre miraba aterrorizado mi figura cubierta de la sangre de sus subordinados, temblando de pavor al reconocer la ferocidad con la que peleaba.
Pisé con brusquedad su pecho lesionado, haciendo que ahogara un grito de dolor lacerante, mientras la punta afilada de mi espada se posicionaba a milímetros de su garganta.
—Vas a hablar —dije con una voz tan helada que hizo estremecer al prisionero—. Y más vale que lo hagas rápido si pretendes conservar la cabeza sobre los hombros.
El capitán tosió una bocanada de sangre y apretó los dientes, mirando con puro pánico los ojos oscuros del legendario comandante del norte.
—¡No me mates! ¡Somos... somos solo una patrulla de exploración! —balbuceó en nuestro idioma con un acento torpe y entrecortado.
—No cruzaron los pasos de montaña más peligrosos de la cordillera solo para asaltar un carruaje indefenso de comerciantes —repliqué con frialdad, presionando ligeramente la hoja hasta cortar su piel.
—Dime de inmediato qué hace un grupo armado del Imperio del Este tan profundo en el territorio del ducado —demandé con tono imperioso.
El oficial enemigo, completamente quebrado por la presencia intimidante y la violencia de mi interrogatorio, abrió la boca dominado por el terror a la muerte.
—¡Buscamos rutas de suministros! —confesó desesperado, intentando alejarse en vano del filo del acero—. Nos dieron órdenes estrictas de infiltrar pequeños grupos por las rutas secundarias.
—Nos enviaron a robar y quemar las reservas de alimentos de las aldeas fronterizas para desestabilizar el área —continuó hablando sin parar—. ¡Y también para evaluar si estos pasos permiten realizar una gran emboscada al ejército principal!
Apreté la empuñadura de mi espada con fuerza renovada. Las piezas del rompecabezas encajaban a la perfección: el enemigo no se limitaba a atacar la línea de frente, sino que pretendía asfixiar nuestras provisiones desde la retaguardia.
—¿Hay más escuadrones como el tuyo operando actualmente en este sector del valle? —exigí saber, clavándole una mirada penetrante.
—¡No! ¡Somos el único grupo asignado a este desfiladero! —suplicó el capitán levantando las manos temblorosas—. ¡El resto de los batallones está a dos días de viaje hacia el este, esperando nuestro informe! ¡Te he dicho toda la verdad!
Sin perder más tiempo, le propiné un certero golpe en la cabeza con el pesado pomo de mi espada, dejándolo inconsciente sobre la nieve de forma instantánea.
Ordené a mis rastreadores que lo ataran de pies y manos con sogas gruesas para llevarlo como cautivo hacia la fortaleza, donde sería interrogado formalmente por el Vicecomandante.
que obra tan magistral
ya quiero ver arder a esos traidores
ya quiero ver asustados a los traidores cuando el ya empiece a dar órdenes con el sello 👏🤭
malditos como los odio y ese Julian su envidia y ambición lo destruiría y esa bruja ya me cae bien mal
estos acabarán amándose mucho
no nos dejen con la incertidumbre
ya quiero verla llegar con Alexander
malditas vivoras y que bueno que no tienen el sello