Amir era el tercer hijo de Elena y Zayn, hermano de Karim, Layla y Sara. Y aunque todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían como al hombre más noble y leal que existía, él cargaba con una soledad que nadie más podía comprender. Había nacido para proteger. Desde niño, mientras Karim aprendía a sentarse en un trono y dictar leyes, mientras Layla aprendía a blandir la espada y desafiar al mundo, Amir aprendía a vigilar, a esperar, a estar alerta. Se había convertido en el Capitán General de la Guardia Real y el Guardián de los Límites, el hombre que conocía cada sendero, cada bosque, cada escondite y cada peligro en los tres reinos de Al-Jazair, Velarion y Zoraya.
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EL DESEO QUE NO SE APAGA.
Amir era el tercer hijo de Elena y Zayn, hermano de Karim, Layla y Sara. Y aunque todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían como al hombre más noble y leal que existía, él cargaba con una soledad que nadie más podía comprender. Había nacido para proteger. Desde niño, mientras Karim aprendía a sentarse en un trono y dictar leyes, mientras Layla aprendía a blandir la espada y desafiar al mundo, Amir aprendía a vigilar, a esperar, a estar alerta. Se había convertido en el Capitán General de la Guardia Real y el Guardián de los Límites, el hombre que conocía cada sendero, cada bosque, cada escondite y cada peligro en los tres reinos de Al-Jazair, Velarion y Zoraya.
Era una criatura de una belleza brutal y magnética. Alto, de cuerpo esculpido por años de entrenamiento duro, con hombros anchos, brazos fuertes capaces de partir piedras o de acariciar con una suavidad aterciopelada, y unas piernas largas y musculosas que demostraban fuerza y agilidad. Su piel era morena, dorada por el sol y el viento de las montañas, y sobre ella, las cicatrices de antiguas batallas eran marcas de honor que muchos deseaban besar. Su cabello, oscuro como la noche sin luna, caía en ondas gruesas y pesadas hasta sus hombros, y su rostro, de facciones marcadas y perfectas, tenía unos ojos color ámbar intenso, ojos que podían mirar con frialdad de hielo a un enemigo o arder con un fuego capaz de derretir cualquier resistencia.
Amir no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, su voz era grave, profunda, una vibración que sentía en el pecho de cualquiera que lo escuchara. Y aunque parecía un hombre de hierro, insensible al placer y al deseo, la realidad era muy distinta. Amir ardía. Ardía por dentro con un fuego que no lograba apagar.
Cada noche, en la soledad de sus aposentos, su cuerpo le recordaba lo que le faltaba. Había tenido encuentros pasajeros, mujeres hermosas que se le ofrecían, atraídas por su fuerza y su leyenda, pero ninguna había logrado despertar en él ese fuego total, esa locura que veía en los ojos de sus hermanos. Porque Amir no buscaba solo un cuerpo, buscaba su alma gemela, la que estuviera hecha a su medida, la que pudiera soportar su fuerza y devolverle el doble de deseo.
Y lo que más le atormentaba era ver lo que tenían los demás, ver cómo el amor y el placer fluían en su familia con una intensidad que a veces le quitaba el aliento.
Karim y Amara eran el vivo ejemplo de que el deseo no conoce el paso del tiempo. Se habían encontrado en la guerra, se habían amado contra todo pronóstico, y años después, su pasión seguía siendo un incendio que consumía todo a su alrededor. Amir lo veía todo. Veía cómo su hermano mayor, el Rey justo y serio, se transformaba en una fiera cuando estaba cerca de su esposa. Veía cómo Amara, esa mujer de belleza etérea y magia poderosa, se le acercaba, rozándolo apenas con sus caderas, mirándolo con esos ojos oscuros y profundos que prometían placeres infinitos, y cómo Karim, incapaz de resistirse, la tomaba de la cintura y la arrastraba al primer rincón oscuro, a una habitación vacía, o simplemente contra una columna, sin importarle quién pudiera verlos.
Amir había sido testigo de una de esas escenas meses atrás, y la imagen se le había quedado grabada en la memoria, provocándole una erección dolorosa solo de recordarlo. Había entrado sin querer en la biblioteca real y los había encontrado allí, escondidos entre estanterías llenas de libros antiguos. Karim tenía a Amara presionada contra la pared, levantándola del suelo para que ella envolviera sus piernas alrededor de su cintura. Las túnicas de ambos estaban desordenadas, la de ella caída hasta la cintura, dejando al descubierto sus pech*s firmes y redondos, que Karim mordisqueaba y besaba con una hambre salvaje, mientras sus manos grandes y ásperas recorrían cada curva de su cuerpo, apretando, acariciando, marcando su piel.
—Me vuelves loco, mujer —había gruñido Karim contra su cuello, con la voz rota por el deseo—. No hay hora del día en que no te quiera dentr* de tí, no hay momento en que no necesite sentirte mía, toda mía.
Amara se retorcía bajo él, sus manos enredadas en el cabello de su esposo, tirando de él para obligarlo a mirarla, sus ojos brillando con una lujuria descarada y poderosa.
—Entonces tómame, mi Rey —le había susurrado ella, con una voz que era pura seda y fuego—. Tómame como si fuera la primera vez, como si fueras a morir si no me tienes. Hazme gritar tu nombre hasta que no tenga voz. Porque yo también te quiero, Karim. Te quiero dur*, profundo y sin descanso.
Y entonces Amir había visto cómo Karim se abría paso entre las sedas que cubrían el cuerpo de su esposa, cómo se acomodaba entre sus piernas y, con un movimiento lento y brutal, se hundía completamente dentro de ella. El gemido que soltó Amara no fue de dolor, sino de puro placer, un sonido largo y arrastrado que hizo que la sangre de Amir hirviera en sus venas. Karim comenzó a moverse, con un ritmo feroz y constante, golpeando contra ella, haciéndola subir y bajar contra la pared, mientras se besaban con una furia que parecía querer consumirse el uno al otro. Y así, en medio de libros antiguos y sabiduría, el Rey y la Reina se amaron hasta el éxtasis, sin importarles nada más que el fuego que compartían.
De ese amor desbordante ya habían nacido los trillizos: Kael, Lira y Derian, tres criaturas maravillosas que eran la mezcla perfecta de ambos. Pero su deseo no se calmó con la maternidad y la paternidad; al contrario, creció más. Y pronto, Amara volvió a quedar embarazada, esta vez de Zair, un niño fuerte y de mirada intensa, y meses después de Miraya, una niña de belleza hipnótica. Y aun así, seguían siendo insaciables. Se decía que no pasaba una noche sin que sus aposentos temblaran con el movimiento de sus cuerpos, ni un día sin que se robaran un momento a solas para devorarse.