Aurora, la ladrona
En una época de castillos, reyes y caballeros, una joven desafía las leyes del reino con una única regla: jamás derramar sangre inocente.
Aurora es la líder de la temida Banda del Cuervo, un grupo de ladrones que roba las riquezas de nobles corruptos y comerciantes deshonestos para ayudar en secreto a quienes más lo necesitan. Su habilidad para desaparecer entre las sombras y dejar una pluma negra como única pista la ha convertido en una leyenda.
Mientras el capitán de la guardia moviliza a todo el reino para capturarla, el príncipe Daniel inicia una implacable persecución sin imaginar que la misteriosa ladrona es muy distinta de la criminal que todos describen.
Entre robos imposibles, conspiraciones, traiciones y secretos que podrían cambiar el destino del reino, Aurora descubrirá que el mayor desafío no será escapar de sus enemigos, sino decidir entre proteger a su banda o seguir los dictados de su corazón.
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Una sospecha
El soldado se acercaba lentamente.
Aurora mantuvo la mirada baja mientras Lili recogía las hierbas del suelo.
—Perdón, señor —dijo Lili—. Se me cayó la cesta.
El soldado se detuvo frente a ellas.
—Levanten la cabeza.
Aurora sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
Mateo permanecía a unos pasos, fingiendo revisar unas herramientas. Diego observaba desde el otro lado del mercado y Pablo continuaba hablando con un vendedor, como si nada estuviera ocurriendo.
Lili levantó la mirada.
—¿Podemos ayudarlo?
El soldado observó primero a Lili y después a Aurora.
—Estoy buscando a alguien.
—¿A quién? —preguntó Lili.
—A una joven de unos dieciocho años. Cabello claro, ojos claros y una pequeña cicatriz cerca de la ceja.
Aurora sintió un escalofrío.
La descripción era demasiado precisa.
El soldado volvió a mirarla.
—¿Te conozco?
Aurora respiró profundamente.
—No lo creo, señor.
—Mírame.
Ella levantó lentamente el rostro.
Durante unos segundos, el soldado permaneció observándola.
Entonces un hombre apareció detrás de él.
—¡Soldado! —gritó—. Necesitamos ayuda en la plaza.
El hombre señalaba un carro que había volcado y bloqueaba el camino.
El soldado miró hacia allí.
—Espere aquí.
Aurora aprovechó el momento.
—Ahora —susurró.
Mateo tomó el carro de herramientas y comenzó a caminar.
Lili cargó nuevamente su cesta.
Los cuatro se mezclaron entre la gente del mercado.
Pablo fue el último en retirarse.
Antes de marcharse, compró una manzana y se la lanzó al soldado que todavía vigilaba a Aurora.
—¡Cuidado!
El hombre la atrapó por reflejo.
Cuando volvió a mirar hacia el lugar donde estaban las jóvenes, ya no había nadie.
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La banda salió del mercado por una calle estrecha y continuó caminando hasta llegar a una pequeña casa abandonada.
Solo cuando cerraron la puerta pudieron respirar tranquilos.
—Eso estuvo demasiado cerca —dijo Mateo.
—Muchísimo —respondió Lili.
Aurora se quitó el pañuelo de la cabeza.
—Tenemos que ser más cuidadosos.
Diego se acercó a la ventana.
—La recompensa está haciendo que todos nos busquen.
—Quinientas monedas. No me extraña que medio reino quiera entregarnos.
Aurora no sonrió.
—Lo que me preocupa no es la recompensa.
Sacó el pergamino de su bolsillo.
—Es esto.
Extendió la carta sobre la mesa.
Mateo se inclinó sobre ella.
—Si el conde Ricardo está enviando oro a otro reino, necesitamos pruebas.
—Exactamente —dijo Aurora.
Lili señaló una frase.
—Aquí dice que el próximo envío será durante la luna llena.
Diego miró por la ventana.
—Eso es dentro de cinco días.
Aurora asintió.
—Tenemos cinco días para descubrir dónde se entrega el oro.
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Aquella tarde, el príncipe Daniel también había llegado al mercado.
El capitán Tomás estaba furioso.
—¡La vimos! Estoy seguro de que era ella.
Daniel lo observó.
—¿La viste claramente?
Tomás dudó.
—No.
—Entonces no puedes estar seguro.
El capitán apretó la mandíbula.
—Era una joven sospechosa.
Daniel miró las calles llenas de personas.
—Hay cientos de jóvenes en este pueblo.
—Pero esa mujer estaba acompañada.
Daniel se quedó pensativo.
—¿Cuántas personas?
—Cinco.
El príncipe levantó lentamente la mirada.
Cinco.
La Banda del Cuervo siempre aparecía en grupo.
Aquello era demasiado importante para ignorarlo.
—Quiero que averigües quiénes eran.
Tomás asintió.
—Sí, alteza.
Daniel permaneció unos segundos en silencio.
Recordó a Aurora frente al molino.
Su forma de hablar.
Su negativa a pelear.
Y aquellos ojos que había visto apenas unos instantes.
No podía explicarlo, pero estaba convencido de que volvería a encontrarse con ella.
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Esa noche, Aurora salió sola de la casa abandonada.
Necesitaba pensar.
La carta del conde Ricardo seguía preocupándola. Si el próximo cargamento de oro realmente iba a salir del reino, tenían muy poco tiempo para descubrir dónde sería entregado.
Caminó por un sendero que bordeaba el bosque y llegó hasta una pequeña colina desde donde podía observar las luces del castillo.
No sabía que, varios minutos antes, alguien había salido del pueblo por otro camino.
Daniel había decidido investigar por su cuenta.
Después de lo ocurrido en el mercado, no podía quitarse de la cabeza la sospecha de que aquella joven estaba relacionada con la Banda del Cuervo. No llevaba uniforme ni había avisado al capitán Tomás. Había tomado un caballo y seguido el camino a una distancia prudente.
No quería que Aurora lo descubriera.
Y, por fortuna para él, ella tampoco había mirado hacia atrás.
Daniel permaneció oculto entre los árboles.
Desde allí pudo observarla.
Aurora parecía preocupada. Miraba constantemente hacia el castillo, como si intentara descubrir algo.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué estás buscando? —murmuró.
Aurora se sentó sobre una piedra y sacó el pergamino escondido bajo su capa.
Daniel no podía leerlo desde aquella distancia, pero comprendió que aquello era importante.
Entonces Aurora levantó la mirada.
Un ruido entre los árboles la hizo ponerse de pie.
Daniel se ocultó inmediatamente detrás de un tronco.
Aurora observó durante unos segundos.
No vio a nadie.
Finalmente guardó el pergamino y emprendió el regreso.
Daniel esperó hasta que estuvo lo suficientemente lejos antes de montar nuevamente su caballo.
Aquella noche no intentó capturarla.
Quería respuestas.
Y, por primera vez, empezaba a sospechar que Aurora no era simplemente una ladrona.
Mientras Daniel se alejaba, Aurora caminaba sin saber que el príncipe había estado a pocos metros de ella.
Pero tampoco sabía que, desde aquella noche, Daniel ya no la perseguiría solamente para atraparla.
Quería conocerla.