Valentina Montenegro a sus 27 años creyó que lo tenía todo: un matrimonio estable, una familia influyente y un futuro junto al hombre que amaba.
Durante siete años permaneció al lado de Leonardo de la Vega, soportando silencios, ausencias y un secreto que decidió cargar sola por amor, hasta que una noche descubrió que su esposo llevaba años compartiendo su vida con otra mujer.
Y entonces apareció él....
Alexander de la Vega, el tío de su esposo, un hombre diez años mayor a ella, que siempre permanecía en las sombras de la familia, el único que vio su dolor cuando todos los demás miraban hacia otro lado.
Lo que comenzó como consuelo se convirtió en una amistad peligrosa y lo que jamás debió ocurrir terminó cambiando sus vidas para siempre, porque mientras Leonardo cree que tiene el control de la herencia y de mi vida, él no tiene idea de que en este tablero de traición, dinero y poder... su propio tío ya se quedó con la corona, y con la mujer que él nunca supo valorar.
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Capítulo 23 "El dueño de mi inspiración"
En la penumbra del jardín trasero de la galería, Elisa de la Vega mantenía los brazos cruzados, exigiendo una explicación con la mirada. Leonardo, tragando el pánico que amenazaba con delatarlo, enderezó el cuerpo y acomodó su pequeño moño del smoking, asumiendo una postura de total profesionalismo.
—Abuela, disculpa que nos encuentres en esta situación—improvisó con una voz firme— Valeria me buscó de urgencia aquí afuera porque uno de los asistentes vio a un paparazzi de la prensa de chismes merodeando cerca de la entrada, ella es la portavoz oficial y la imagen de la nueva campaña, así que entró en pánico pensando que inventarían algún rumor falso que afectara las acciones de la empresa.
Valeria, captando la jugada al instante, asintió con rapidez, forzando una expresión de vulnerabilidad.
—Sí, señora Elisa —secundó, frotándose sutilmente el antebrazo—Me alteré demasiado, Leonardo solo me estaba sujetando para pedirme que me calmara y me ordenaba que regresara al salón mientras él mandaba a la seguridad a encargarse del paparazzi, no queríamos arruinar la gran noche de su nieta con un escándalo.
Elisa entornó los ojos, barriendo a ambos con un escrutinio, la mentira era perfecta; apelaba directamente a la reputación de la dinastía y al bienestar del evento de Valentina, sin embargo, su intuición de mujer le susurró que la tensión y el miedo en los ojos de Valeria no encajaban del todo con un simple problema de prensa.
—Ya veo, me alegra saber que cuidas los intereses de la familia Leonardo, pero el jardín de una recepción no es lugar para resolver una crisis—respondió con calma—Es mejor que volvamos adentro de inmediato; tu esposa te estará buscando y dar este tipo de espectáculos no es propio de un De la Vega.
Leonardo asintió, dejando escapar un suspiro invisible de alivio, los tres dieron media vuelta y caminaron de regreso hacia el salón principal.
Mientras tanto, en el interior de la iluminada galería, el ambiente continuaba siendo un éxito rotundo, aprovechando que su esposo no estaba a la vista y que la multitud se concentraba cerca de otra sección de la galería, Valentina y Alexander se alejaron discretamente hacia uno de los pasillos laterales, deteniéndose a "mirar" una imponente pintura abstracta. A lo lejos, para cualquiera que los observara, Valentina parecía estar cumpliendo con su deber de artista, explicándole detalladamente el trasfondo del arte a su respetable tío político, pero la realidad detrás de esa distancia protocolaria era sumamente ardiente.
—Luces perfecta mi reina, no me equivoque al escoger ese vestido para ti, sabía que estaba hecho para una dama como tú—susurró con voz ronca, manteniendo los ojos fijos en el lienzo pero al final mirarla a los ojos— Aunque me encantaría poder sacarte de aquí ahora mismo y poder hacerte mía.
Valentina sintió una oleada de calor recorrerle el cuerpo ante sus palabras, las sutiles pero directas insinuaciones de Alexander la hacían sonrojar de una manera que Leonardo jamás había logrado, forzó una sonrisa educada para los invitados que se encontraban cerca y desvió la mirada discretamente hacia la entrada del salón, notando en ese preciso instante cómo Leonardo ingresaba de vuelta junto a Valeria y a su abuela Elisa, le pareció extraño pero decidió que no era lo importante en ese momento; con un hábil movimiento, cambió el rumbo de la conversación para concentrarse en el lienzo que tenían enfrente, donde predominaban los trazos oscuros, profundos y magnéticos.
—Esta pintura en específico no está a la venta, tío Alexander —dijo en un tono lo suficientemente alto por si alguien pasaba cerca, pero bajando la voz en la siguiente frase— Planeo quedármela para mí misma.
Alexander alzó una ceja, genuinamente intrigado, mirándola de reojo.
—¿Y entonces cuál es el propósito de traer una obra a la galería si tus clientes no pueden comprarla?.
Valentina sostuvo su mirada y por primera vez en toda la noche, dejó que el deseo y un afecto desbordante brillaran en sus ojos.
—Solo me interesaba que una sola persona en este salón la viera de cerca porque él es el dueño absoluto de mi inspiración —confesó en un susurro ardiente.
Alexander contuvo el aliento por una fracción de segundo, el tiburón de los negocios lo entendió de inmediato; se dio cuenta de que esos trazos profundos emulaban la oscuridad de sus propios ojos y que ella lo había pintado inspirado en él; una sonrisa de pura felicidad y orgullo transformó sus facciones habitualmente serenas, se inclinó levemente hacia ella, haciendo una pequeña y caballerosa reverencia.
—Muchas gracias, mi reina, es un verdadero honor ser tu muso —respondió con una complicidad que hizo que Valentina soltara una ligera risa.
Sin embargo, la burbuja de romance se reventó de forma violenta, unos pasos firmes se detuvieron justo detrás de ellos y la voz severa de Elisa cortó el aire como un cristal afilado.
—Por favor, compartan el motivo de tanta felicidad —intervino, plantándose a su lado con una expresión rígida—Yo también quiero saber de qué se ríen, después de haber pasado un disgusto tan amargo hace un momento.
Valentina se tensó por un instante, mientras Alexander enderezaba la espalda con su habitual frialdad imponente, girándose despacio para encarar a su madre en medio de la galería, Elisa de la Vega permanecía de pie frente a ellos, con la espalda rígida y esa mirada inquisitiva que exigía respuestas inmediatas, sintiendo el peligro de que sus sospechas se consolidaran, Valentina decidió tomar las riendas de la situación con la cabeza fría, le dirigió una sutil y rápida mirada a Alexander, indicándole en silencio que le dejara manejar el tablero y se dispuso a dar la excusa perfecta que disipara sus dudas .
—Alexander me estaba comentando que... —comenzó a decir con una voz suave.
Sin embargo, antes de que pudiera continuar con la frase, Leonardo se acercó a ellos a toda prisa, con el rostro visiblemente pálido y los hombros rígidos por los nervios, desesperado por desviar la atención de la abuela por completo para que no fuera a soltar ninguna palabra sobre lo que vio con Valeria afuera, se interpuso en medio del círculo de manera abrupta.
—Esta es tu obra maestra principal, ¿verdad, mi amor? Es sencillamente perfecta —interrumpió con una sonrisa forzada, clavando los ojos en el cuadro abstracto— Aunque tengo que admitir que la mirada plasmada en el lienzo me resulta extrañamente familiar.