Abelardo creyó haber encontrado al amor de su vida en Deborah. Por ella lo entregó todo: su corazón, sus ahorros y hasta sus tarjetas Visa y Mastercard. Pero cuando el dinero se terminó, también terminó el amor. Deborah lo abandonó por Gastón, un hombre rico, y para justificar su traición llenó de mentiras la vida de Abelardo.
Hundido en deudas y solo, Abelardo estuvo a punto de rendirse. Sin embargo, decidió levantarse. Trabajó, pagó cada deuda y construyó un imperio con esfuerzo, honestidad y determinación.
Años después, el destino cambió las cartas. Gastón dejó a Deborah en la ruina, y ella, consumida por la desesperación y la envidia, regresó buscando al hombre que había destruido.
Pero Abelardo no era aquel hombre.
Ahora ella tendría que descubrir una verdad dolorosa: cuando el amor depende del dinero, nunca fue amor.
Y esta vez, será Abelardo quien cierre la puerta para siempre.
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Un rayo de luz del pasado
El trabajo en la empresa de transportes de Don Hernán comenzaba a rendir sus primeros frutos. La mente de Abelardo estaba completamente concentrada en los números, los inventarios y las rutas, buscando ahogar con productividad el dolor amargo que le dejó la ejecución de su departamento. Aunque la resignación empezaba a asentarse en su pecho, las cicatrices de la ruina continuaban presentes.
A media tarde, mientras revisaba una lista de costos de mantenimiento en su escritorio, su teléfono celular sonó. El número en la pantalla no estaba guardado en su agenda, pero llevaba la clave de un número internacional. Extrañado, Abelardo contestó.
—¿Hola?
—¡Abelardo, hermano! —resonó al otro lado de la línea una voz firme, enérgica y llena de entusiasmo—. ¡Hablas con Samuel!
Abelardo se quedó paralizado por un segundo. Samuel era su gran amigo de la infancia y de la universidad, un hombre leal que había emigrado al extranjero cinco años atrás para probar suerte en el sector comercial y con quien había perdido el contacto constante por la distancia y el ajetreo de la vida.
—¿Samuel? ¡No lo puedo creer, hermano! Qué gusto escucharte —respondió Abelardo, sintiendo una calidez sincera que no experimentaba desde hacía tiempo.
—Viejo, acabo de regresar al país definitivamente —explicó Samuel con tono animado—. Me costó trabajo conseguir tu número actual. Estuve hablando con Carlos y me contó todo lo que has pasado este último año... Hermano, no sabes cuánto lamento no haber estado cerca para darte una mano cuando se te vino esa tormenta encima.
Abelardo apretó el teléfono, sintiendo un leve nudo en la garganta.
—Tranquilo, Samuel. Cometí muchos errores, me dejé cegar por las apariencias y pagué muy caro no escuchar a la gente que me quería. Perdí el departamento y todo lo que tenía, pero estoy trabajando duro para salir adelante desde el pueblo, con mis padres.
—Lo sé, viejo, Carlos me contó que estás dando la pelea como un valiente —dijo Samuel, bajando un poco la intensidad de su voz hacia un tono más afectuoso—. Pero te llamo porque tengo algo pendiente contigo. ¿Recuerdas aquel automóvil que me prestaste justo antes de que me fuera del país? Aquel sedán que me dejaste para que pudiera moverme y hacer mis trámites cuando yo no tenía ni para el pasaje.
Abelardo parpadeó, haciendo memoria. Años atrás, cuando a él le iba de maravilla en la capital y Samuel atravesaba una racha económica terrible, Abelardo no dudó en entregarle las llaves de su segundo vehículo para que pudiera trabajar y salir adelante. Con el lío de Deborah y las deudas, casi había olvidado la existencia de ese auto.
—Claro que lo recuerdo, Samuel. Te lo presté porque eras mi amigo y lo necesitabas.
—Pues hermano, la vida me sonrió allá afuera gracias a que tú me tendiste la mano cuando nadie más lo hizo —expresó Samuel con profunda gratitud—. Cuidé ese carro como si fuera un tesoro. Lo mantuve asegurado, le hice sus mantenimientos a tiempo y está en perfectas condiciones. Ahora que regresé, lo primero que hice fue dejarlo impecable. Te lo voy a devolver, Abelardo. Ya está registrado a tu nombre y me encargaré de enviártelo hasta el pueblo esta misma semana.
Abelardo se quedó en silencio, impresionado. En un mundo donde Deborah le había arrebatado todo con mentiras y manipulación, la lealtad y honradez de Samuel aparecían como un milagro inesperado. El valor de ese vehículo no solo representaba un activo material recuperado que le facilitaría la vida en la empresa de Don Hernán, sino algo mucho más profundo: la prueba viviente de que el bien que sembró en el pasado con la gente correcta jamás se había perdido.
—Samuel... no sé qué decirte —alcanzó a murmurar Abelardo con la voz quebrada por la emoción.
—No digas nada, viejo —interrumpió Samuel con una sonrisa que se adivinaba a través del teléfono—. Tú me diste la mano en mi peor momento sin pedir nada a cambio. Hoy me toca a mí devolverte un poco de lo mucho que me diste. Ese carro es tuyo, te lo ganaste por ser un hombre de bien.
Al colgar la llamada, Abelardo permaneció inmóvil durante varios minutos, observando la pantalla del teléfono con el pecho inflamado por un torbellino de sentimientos encontrados. La sorpresa inicial comenzó a dar paso a una marea de nostalgia que le humedeció las pestañas. Recordó aquellos años de abundancia, cuando su único deseo era compartir lo poco o mucho que tenía con las personas que apreciaba, sin esperar aplausos ni recompensas. Recordó también la frialdad desgarradora con la que Deborah le exigía regalos costosos, despreciando su esfuerzo y tratándolo como una fuente inagotable de recursos, para finalmente desecharlo en cuanto la fuente se secó.
El contraste entre ambas realidades era devastador y sanador a la vez. Mientras la ambición de Deborah lo hundió en la ruina y el desprecio, la gratitud silenciosa de Samuel regresaba desde el pasado para tenderle una tabla de salvación. Comprendió que la vida, en su perfecta justicia, siempre devuelve el bien que se entrega de corazón, del mismo modo que tarde o temprano cobra la factura a quienes construyen su felicidad sobre la traición.
Salió de la oficina a pasos lentos y se dirigió al patio de los camiones, donde el viento fresco de la tarde le acarició el rostro. Respiró hondo, llenando sus pulmones con aire limpio. El retorno de aquel vehículo significaba mucho más que recuperar un medio de transporte; representaba la confirmación de que su esencia no estaba corrompida. No era el idiota fracasado que las mentiras de Deborah intentaron vender a la alta sociedad, sino un hombre digno cuya nobleza del pasado ahora daba frutos en medio de la sequía.
Caminó hacia la salida para reencontrarse con sus padres al final de la jornada. Por primera vez en meses, al mirar por la ventana hacia el cielo despejado, las lágrimas que asomaron a sus ojos no eran de rabia ni de dolor, sino de una profunda, luminosa y renovada esperanza.