En mi vida pasada, fui humillada, golpeada y obligada a soportarlo todo por el hombre que amaba: mi esposo, el Rey. Perdí a mis hijos por su culpa y, cuando dejó de necesitarme, me ejecutó para convertir a su concubina en Reina.
Pero regresé al pasado.
Ahora, él es solo mi prometido: el príncipe heredero. Y esta vez no seré la prometida ni la esposa obediente que todos esperan.
No seguiré las reglas de mi familia, de la sociedad… ni las suyas.
Si en mi primera vida fui la víctima, en esta seré la villana de sus pesadillas.
—¡Desaparezcan de mi vista, escorias!
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CAPÍTULO 22 — ¿El Gran Reino Se Orina Encima Ante Una Mujer En Tacones?
Isolde sonrió con una tranquilidad casi desconcertante.
La expresión serena de su rostro contrastaba por completo con el caos que se había desatado a su alrededor.
Alfonso fue el primero en romper el silencio.
—¡Yo no voy a luchar con ella! —exclamó, retrocediendo un paso—. ¡Saquen a esta mujer loca de la arena!
Isolde arqueó ligeramente una ceja.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Su voz sonó clara, pero entonces reunió maná en su garganta y la amplificó hasta hacerla resonar por cada rincón del coliseo.
—¿El gran reino se orina encima ante una mujer con vestido y tacones? Si me expulsan, solo afirmarían que le tienen miedo a una mujer.
Durante un instante nadie reaccionó.
Y entonces…
—¡JA, JA, JA, JA!
Una carcajada estalló entre las gradas.
Después otra.
Y otra.
En cuestión de segundos, buena parte del público comenzó a reírse.
Algunos señalaron a Isolde con descaro.
Otros comenzaron a burlarse de ella.
—¡Miren a la loca!
—¡Que vuelva a su casa!
—¡Esto es un coliseo, no un salón de té!
—¡Una mujer no debería estar aquí!
Los insultos comenzaron a mezclarse unos con otros hasta convertirse nuevamente en un estruendo.
Isolde bajó lentamente la mirada.
Su expresión se volvió difícil de interpretar.
Pero no estaba herida.
No estaba avergonzada.
Ni siquiera estaba enfadada.
Simplemente estaba esperando.
Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
Digan todo lo que quieran.
Porque lo que viene ahora será mucho más divertido.
Varios caballeros comenzaron a entrar en la arena por ambas puertas.
Sus armaduras resonaron contra el suelo de piedra mientras avanzaban hacia ella.
—Señorita, abandone la arena inmediatamente —ordenó uno de ellos.
Isolde permaneció inmóvil.
Otro caballero extendió una mano para tomarla del brazo.
Y entonces...
¡BOOOOOOM!
Una presión invisible explotó desde el cuerpo de Isolde.
Su maná morado se expandió de golpe.
No fue una simple descarga.
Fue una auténtica oleada.
Una tormenta invisible que atravesó el coliseo entero.
El aire pareció volverse pesado.
Las antorchas mágicas parpadearon violentamente.
Las banderas comenzaron a ondear como si una tempestad hubiera descendido sobre el recinto.
Los caballeros que estaban a punto de acercarse se detuvieron en seco.
—¿Qué...?
El primero cayó sobre una rodilla.
—¡¿Qué demonios es esto?!
Otro intentó mantenerse de pie, pero sus piernas comenzaron a temblar.
—¡No puedo... moverme...!
LA PRESIÓN AUMENTÓ.
Las piedras bajo los pies de Isolde comenzaron a agrietarse.
CRACK.
Una grieta apareció en el suelo.
Luego otra.
Y otra.
Las paredes interiores del coliseo también comenzaron a emitir pequeños sonidos de ruptura.
Crack...
crack...
crack...
El público dejó de reír.
Las carcajadas desaparecieron como si alguien hubiera apagado el sonido del mundo.
Miles de personas quedaron paralizadas.
Algunos se llevaron las manos al pecho.
Otros respiraban con dificultad.
Incluso varios magos de alto nivel tuvieron que apoyarse en los barandales de piedra para no caer.
La presión era tan intensa que parecía que una montaña invisible hubiese sido colocada sobre los hombros de todos los presentes.
En los palcos, los miembros de las familias nobles contemplaban la arena con auténtico estupor.
Nadie entendía lo que estaba ocurriendo.
Nadie...
Excepto una persona.
Valtherion.
El joven archimago permanecía sentado tranquilamente sobre el barandal de piedra.
En sus ojos había algo muy diferente al miedo.
Fascinación.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios.
—Isolde...
Mientras tanto, los magos comenzaron a reaccionar.
Uno de ellos abrió los ojos desmesuradamente.
—¡Esperen!
Otro lo miró.
—¿Qué ocurre?
El anciano tragó saliva.
—Esa cantidad de maná...
Miró fijamente a Isolde.
—No puede ser...
Un silencio aterrorizado recorrió el palco de los magos.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó otro.
El anciano señaló hacia la arena con una mano temblorosa.
—Ella no es simplemente una mujer o una maga.
Sus palabras hicieron que varios magos se levantaran de sus asientos.
—¿Entonces qué...?
El anciano apretó los dientes.
—Es una Archimaga.
El impacto de aquellas palabras fue inmediato.
—¡¿Una Archimaga?!
—¡Eso es imposible!
—¡¿A su edad?!
—¡No puede ser, ella es una mujer!
Un mago miró instintivamente hacia Valtherion.
La conclusión era aterradora.
Hasta ese momento, el mundo solo reconocía a una persona capaz de ostentar semejante título.
Y ahora...
Había una segunda.
Isolde permanecía en el centro de la arena.
Su cuerpo estaba ligeramente inclinado hacia delante mientras respiraba con dificultad.
El aire frío escapaba de sus labios formando una pequeña nube de vapor que desaparecía casi inmediatamente.
Sus mejillas estaban sonrojadas.
Pero no era por vergüenza.
Era por la intensidad de aquello que estaba experimentando.
Dios...
Sus dedos temblaron ligeramente.
¿Así se siente...?
Isolde observó desde abajo a todas aquellas personas que apenas podían mantenerse en pie.
Aquellos que minutos antes se habían burlado de ella.
Los mismos que habían exigido que abandonara la arena.
Ahora ni siquiera podían acercarse.
¿Así se siente tener poder sobre quienes siempre se sintieron superiores?
Una emoción extraña recorrió su pecho.
No era simple alegría.
Era algo mucho más intenso.
Una satisfacción(placer) que jamás había experimentado en su primera vida.
Es... gratificante.
Por un instante tuvo que contenerse para no sonreír demasiado.
Isolde cerró lentamente los ojos.
Respiró.
Y comenzó a retirar su maná.
La presión disminuyó poco a poco.
Primero desapareció de las gradas.
Después de los palcos.
Finalmente, el aire de la arena volvió a sentirse normal.
Muchos espectadores respiraron profundamente, como si acabaran de salir del agua.
Isolde juntó ambas palmas de sus manos y las llevó hasta su mejilla derecha.
Inclinó ligeramente la cabeza.
Su sonrisa volvió a ser dulce.
Casi inocente.
Entonces amplificó nuevamente su voz.
—Y bien...
Miró a todos los presentes.
—¿Aún creen que debería salir de la arena?
Nadie respondió.
Porque aquella pregunta no parecía una pregunta.
SONABA A ADVERTENCIA.
El silencio era absoluto.
Los ojos que antes la miraban con desprecio ahora estaban cargados de miedo.
Algunos nobles apretaban los puños.
Otros la observaban con una hostilidad evidente.
Pero ninguno se atrevía a hablar.
Entonces...
—¡JA, JA, JA, JA!
Una carcajada resonó desde el palco real.
Todos levantaron la mirada.
El rey Varkhan Draven se encontraba de pie.
Su sonrisa era amplia.
—¡Que continúe el combate!
Su voz, amplificada mediante magia, resonó por todo el coliseo.
—¡Por decreto de la corona, Isolde Valtheris tiene permitido participar en el torneo!
El silencio se hizo aún más pesado.
Alfonso apretó los dientes.
No podía protestar.
Nadie podía hacerlo.
La decisión del rey era absoluta.
Los plebeyos que momentos antes habían exigido expulsarla ahora permanecían callados.
Los nobles tampoco tuvieron más remedio que guardar silencio.
......................
En el palco de la familia Valtheris, Darius permanecía inmóvil.
Sus puños estaban tan apretados que el barandal de piedra bajo su mano comenzó a agrietarse por su maná contenido.
Crack.
Su mandíbula estaba rígida.
Sentía que la vergüenza le quemaba el rostro.
¿Qué demonios has hecho, Isolde...?
Una hija que había aparecido públicamente en un torneo reservado para hombres.
Y no solo eso.
Había revelado ser una Archimaga.
¿Qué pensarán de nuestra familia?
La mirada de las demás familias nobles pesaba sobre él.
Van a decir que la casa Valtheris perdió el juicio.
A su lado, Celestia observaba la arena con una mezcla de miedo y preocupación.
—Darius, por favor...
Pero él estaba demasiado furioso.
—¡Todo esto es por tu culpa! —espetó.
Celestia se quedó paralizada.
Darius volvió a mirar hacia la arena.
—¡La has consentido demasiado!
Su voz temblaba de rabia.
—¡Mira en lo que se ha convertido!
......................
En el palco real, Leorian permanecía mirando fijamente a Isolde.
Su expresión era sombría.
Finalmente habló.
—Padre...
Varkhan no apartó los ojos de la arena.
—¿Sí?
—¿Por qué la está apoyando?
Leorian frunció el ceño.
—Por muy mimada que esté por usted, sigue siendo una mujer. No debería participar en el coliseo.
Varkhan finalmente lo miró.
Su expresión era tranquila.
—¿No lo ves, Leorian?
—¿Qué?
El rey señaló hacia la arena.
—Isolde es una Archimaga.
Leorian quedó en silencio.
Varkhan continuó:
—Incluso tú, siendo mi hijo, apenas has alcanzado el nivel de un mago de alto nivel.
Las palabras golpearon a Leorian más fuerte que cualquier insulto.
Su rostro se endureció.
No respondió.
Simplemente volvió a mirar hacia Isolde.
Sus ojos se entrecerraron.
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