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LA PÓLVORA

LA PÓLVORA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:423
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 8: PONERSE LAS PILAS

La plata se acabó antes de lo que Mila hubiera querido admitir.

Yeison había sido, sin que nadie lo dijera abiertamente, el sostén de la casa: no el único ingreso, porque doña Nelly todavía cosía a destajo para un taller del centro cuando la presión se lo permitía, pero sí el más constante, el que llegaba cada quincena sin falta, el que cubría el arriendo del cuartico y la mitad de los remedios de su madre. Sin él, la aritmética de la casa se volvió, de un día para otro, una ecuación que no cuadraba.

La primera señal llegó a los diez días del entierro, cuando el señor que cobraba el arriendo —un hombre bajito de bigote fino que subía la loma cada primero de mes con una libreta forrada en cuero gastado— tocó la puerta con su puntualidad de siempre, sin ninguna consideración especial por el duelo reciente.

—Doña Nelly, buenas. Vengo por lo de este mes.

—Don Aurelio, con el problema de Yeison, se nos atrasó todo. Deme unos días más.

El hombre suspiró, con esa expresión de quien ha escuchado esa misma frase demasiadas veces en ese mismo barrio, y aunque no fue cruel —incluso, a su manera, mostró algo parecido a la compasión—, tampoco cedió del todo.

—Yo la entiendo, de verdad que sí. Pero yo también tengo a quién responderle por este cuarto. Le doy hasta el quince. Después de eso, tengo que empezar a mirar otras opciones.

"Otras opciones" era una manera educada de decir lo que todos en El Pozo entendían sin necesidad de explicación: sacarlas, si hacía falta, para meter a otra familia que sí pudiera pagar.

Mila, que había estado escuchando desde la cocina, salió al ver la angustia dibujada en la cara de su madre.

—Yo voy a conseguir la plata, don Aurelio. Deme hasta el quince, se lo prometo.

El hombre la miró con una mezcla de escepticismo y algo parecido a la ternura —era, después de todo, una muchacha de diecisiete años prometiendo resolver lo que a duras penas habían resuelto entre dos adultos trabajando— pero asintió, anotó algo en su libreta forrada, y se fue sin agregar más.

Esa tarde, Mila se sentó a hacer cuentas con la misma seriedad con que había visto hacerlas a Yeison tantas veces. Los ahorros que quedaban en la casa —una lata escondida detrás de un ladrillo suelto en la cocina, que Yeison guardaba para emergencias— apenas alcanzaban para cubrir el arriendo de ese mes, dejando la casa en cero absoluto para comida, remedios, cualquier imprevisto. Doña Nelly podía coser, pero la presión alta le impedía sentarse largas horas frente a la máquina, y los encargos del taller del centro habían bajado desde que su condición se agravó.

Mila entendió, con una claridad que le costó aceptar, que iba a tener que dejar el colegio, al menos por un tiempo, para buscar trabajo. La idea le dolía de una forma distinta al dolor de la muerte de Yeison —era un dolor más pequeño, más práctico, pero que se sumaba al otro como una piedra más sobre un peso que ya sentía insoportable.

Buscó en la ferretería donde había trabajado su hermano, con la esperanza de que el dueño, un hombre que conocía a la familia desde hacía años, le diera alguna consideración.

—Mija, yo la aprecio, pero no tengo puesto. Con lo de Yeison ya contraté a otro muchacho.

Buscó en la plaza de mercado, cargando bultos como él lo había hecho de noche, pero los capataces la miraron con una desconfianza que no intentaron disimular: ese trabajo era, tradicionalmente, cosa de hombres, y nadie estaba dispuesto a arriesgarse con una muchacha de diecisiete años, por más necesidad que cargara.

—Venga con su papá o con un hermano mayor, y ahí hablamos —le dijo uno de ellos, sin saber, o sin importarle, que precisamente ese hermano mayor era la razón por la que ella estaba ahí parada, pidiendo trabajo con una urgencia que no le cabía en el cuerpo.

El barrio, mientras tanto, empezó a mandarle señales más sutiles pero igual de contundentes. Vecinas que antes la saludaban con calidez ahora la miraban con una mezcla de lástima y algo parecido a la evaluación fría, calculando cuánto tiempo más podría resistir esa casa antes de venirse abajo del todo. Algunas comadres, con esa franqueza brutal que a veces se disfraza de consejo, se lo dijeron sin rodeos.

—Mija, usted tiene que espabilarse. Aquí el que no se pone las pilas, se lo lleva la corriente. Y con su mamá enferma, menos tiempo tiene para andar esperando que las cosas se arreglen solas.

"Ponerse las pilas" era, en El Pozo, una expresión que podía significar muchas cosas, casi todas incómodas: trabajar el doble, buscar un marido que ayudara con los gastos —una opción que a Mila, a los diecisiete años, le resultaba tan ajena como absurda—, o, en los casos más extremos, empezar a hacer "vueltas" para algún combo, esas mismas vueltas que le habían costado la vida a su hermano.

Nadie le dijo eso último de manera directa. Pero Mila lo sintió flotando en el aire cada vez que alguien le preguntaba, con curiosidad disimulada, "¿y usted ya tiene algo en mente?", como si esperaran que la respuesta fuera un nombre, una conexión, un camino hacia el mismo mundo que había matado a Yeison.

Esa noche, después de otro día sin conseguir nada, Mila se sentó a la mesa con doña Nelly, contando lo poco que quedaba en la lata de detrás del ladrillo. Su madre, con la voz apagada por el cansancio y la tristeza, le tomó la mano.

—Mija, yo no quiero que usted cargue con esto sola. Ya perdí a un hijo. No voy a perder también sus estudios, su vida.

—Mamá, alguien tiene que resolver esto.

—Yo puedo coser más. Voy a hablar con el taller, a ver si me dan encargos más livianos.

—Usted no puede forzarse así, la presión...

—Y usted no puede cargar el mundo entero a los diecisiete años, Mila.

Se quedaron en silencio un momento, las dos sabiendo que ninguna de las dos opciones era suficiente, que la casa necesitaba más de lo que cualquiera de las dos podía ofrecer sola, y que la solución, tarde o temprano, iba a tener que venir de algún lugar que ninguna de las dos quería nombrar todavía.

Mila pensó, esa noche, en Nail. En su oferta a medias de averiguar quién había matado a Yeison. En la posibilidad —que hasta ese momento había mantenido separada, en un compartimento distinto de su cabeza— de que ese mismo mundo que le había arrebatado a su hermano pudiera ser, también, la única salida real que le quedaba para sostener a su madre.

No era una idea que le gustara. Pero era, cada vez más, la única idea que tenía sentido.

Se quedó despierta hasta tarde esa noche, mirando el techo, escuchando la respiración pesada de su madre en el cuarto de al lado, sintiendo que la loma entera, con todo su peso de deudas y necesidades y códigos no escritos, empezaba a empujarla, despacio pero sin pausa, hacia un lugar del que ya intuía que no habría vuelta atrás.

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