Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.
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Capítulo 23: Lo que Nathaniel no dijo
Nathaniel Ashford había aprendido temprano que el silencio era una virtud.
Los caballeros respetables no interrumpían. No alzaban la voz. No mostraban demasiado entusiasmo, demasiada ira ni demasiado deseo. La emoción, como los cubiertos de plata, debía permanecer pulida, ordenada y en su lugar correspondiente.
Su padre había sido un hombre de pocas palabras.
Su abuelo, de menos.
Nathaniel, por educación y por temperamento, había heredado la costumbre de convertir cada impulso en pausa y cada sentimiento en una frase cuidadosamente revisada antes de pronunciarse.
Durante años, aquello le había parecido sensato.
Luego apareció Beatrice Montclair.
Y todo lo que él no decía empezó a parecerle ruidoso.
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—Estás mirando la ventana como si esperases que te entregue una solución —dijo Sebastián desde el sofá.
Nathaniel no se volvió.
—No espero soluciones de una ventana.
—No, claro. Eso sería irracional. Tú esperas soluciones de documentos.
Nathaniel cerró los ojos un instante.
—Sebastián.
—Dime que no has pensado en redactar uno.
Silencio.
Sebastián se incorporó con deleite.
—Lo sabía.
—No era un documento.
—¿Una lista?
—Tampoco.
—¿Una serie de consideraciones breves organizadas por tema?
Nathaniel se volvió al fin.
Sebastián sonrió.
—Hermano, si parece un documento, se lee como documento y te causa alivio emocional, es un documento.
Nathaniel miró hacia el escritorio, donde había una hoja en blanco.
La hoja llevaba allí toda la mañana.
No había escrito nada.
Ese era el problema.
Con Beatrice, incluso no escribir parecía significar demasiado.
—No sé qué decirle —admitió.
Sebastián parpadeó.
Por una vez, no hizo una broma inmediata.
Aquello fue preocupante.
—Eso sí es grave —dijo al fin—. ¿Nathaniel Ashford sin una frase preparada? Debería avisarse a los periódicos.
Nathaniel volvió a mirar por la ventana.
El jardín de la casa Ashford estaba impecable. Senderos limpios, setos recortados, flores donde debían estar. Una tranquilidad hecha para engañar a cualquiera que creyera que el orden exterior implicaba orden interior.
—Siempre sé qué no decir —dijo Nathaniel.
Sebastián dejó la copa sobre la mesa.
—Eso suena agotador.
—Lo es.
—¿Y qué no quieres decirle ahora?
Nathaniel apretó la mandíbula.
No quería decirle que pensaba en ella cuando no estaba.
No quería decirle que la cinta verde lo desconcertaba más que cualquier declaración directa porque ella podía usarla o no usarla y, de ambas formas, él entendía algo.
No quería decirle que la nota escondida en el libro azul lo había tentado más de lo que debía.
No quería decirle que, cuando la sostuvo en la escalera, no solo sintió miedo de que cayera.
También sintió, durante un segundo imperdonable, que no quería soltarla.
Y no quería decirle que cada vez que elegía esperar, una parte de él temía que esperar demasiado se pareciera a desaparecer.
—Demasiado —respondió.
Sebastián lo observó con una seriedad poco habitual.
—Entonces quizá empieza por algo.
Nathaniel miró a su hermano con sospecha.
—¿Ese es tu consejo?
—Lo sé. Me sorprendió a mí también.
—Es muy simple.
—Las cosas simples suelen ser las que tú vuelves administrativamente imposible.
Nathaniel no respondió.
Sebastián se levantó, tomó la hoja en blanco del escritorio y se la entregó.
—Escríbele.
—No.
—Entonces habla con ella.
—No sé si debo.
—Nathaniel, estás cortejando a una mujer que discute con teteras, amenazas poéticas, escaleras y posiblemente cintas. Si esperas un momento sencillo, morirás anciano junto a una hoja en blanco.
Nathaniel miró la hoja.
—No quiero que sienta que la presiono.
—No presionarla no significa convertirte en mobiliario.
Nathaniel levantó la vista.
Sebastián sonrió.
—Ah. Ella te llamó algo parecido, ¿verdad?
—Vete.
—Con gusto. Pero antes diré algo útil, para variar.
—Eso sí sería novedad.
Sebastián ignoró el comentario.
—Beatrice parece apreciar que no la empujes. Pero también parece que quiere saber dónde estás, no solo dónde decides no estar.
Nathaniel se quedó inmóvil.
Sebastián se encogió de hombros.
—No me mires así. A veces escucho cuando no estoy hablando.
—Qué talento tan oculto.
—Lo uso poco para no alarmar a la familia.
Sebastián salió, dejando a Nathaniel con la hoja en la mano y demasiadas verdades mal acomodadas.
Nathaniel no escribió.
Pero tampoco guardó la hoja.
Esa tarde fue a casa Montclair.
No llevó flores.
No llevó documentos.
No llevó una lista.
Aquello, pensó mientras esperaba en el salón, quizá contaba como progreso.
Clara lo anunció con la expresión de quien notaba todo y archivaba el resto.
—Lord Ashford, señorita.
Beatrice estaba junto al escritorio, con un libro abierto y una pluma en la mano. No llevaba la cinta verde. Nathaniel la vio, porque era incapaz de no verla incluso cuando no estaba.
La cinta, imaginó, estaría arriba, sobre el tocador.
Visible.
Reparada.
Esperando.
—Lord Ashford —dijo ella.
—Señorita Montclair.
Lady Agatha estaba en el sillón junto a la ventana. Al verlos, cerró su libro con excesiva tranquilidad.
—Clara, creo que el té necesita supervisión.
Beatrice no apartó los ojos de Nathaniel.
—El té se ha vuelto muy dependiente últimamente.
—Es una etapa difícil —respondió Lady Agatha.
Clara abrió la puerta.
—Haré lo posible por guiarlo, milady.
Ambas salieron.
La puerta quedó cerrada.
Beatrice dejó la pluma sobre el escritorio.
—No trae flores.
—No.
—Ni documento.
—No.
—¿Está enfermo?
Nathaniel casi sonrió.
—No.
—Entonces esto es deliberado.
—Sí.
La palabra pareció pesar más de lo esperado.
Beatrice lo notó.
Por supuesto.
—¿Ocurrió algo?
Nathaniel miró el libro abierto sobre el escritorio. No era el azul. Era otro. Uno de los suyos, probablemente. Había una hoja doblada cerca, pero él no intentó verla.
—He estado pensando —dijo.
—Eso suena peligroso en usted.
—Lo es.
—¿Debo sentarme?
—Quizá.
Beatrice se sentó.
Nathaniel permaneció de pie.
Ella lo miró con una ceja ligeramente alzada.
—Si va a confesar un crimen, hágalo antes del té. Clara detesta limpiar emociones derramadas.
Nathaniel soltó una respiración breve que casi fue risa.
Luego se puso serio.
—Me he dado cuenta de que a veces uso el silencio como si fuera virtud cuando en realidad es miedo.
Beatrice no respondió con una broma.
Eso lo ayudó y lo desarmó a la vez.
—Miedo a decir demasiado —continuó—. A acercarme demasiado. A que algo mío pese sobre usted. Y, al intentar evitarlo, quizá dejo que otros llenen el silencio.
Beatrice lo observó con atención.
No con burla.
No con defensa.
Con esa inteligencia viva que lo había obligado, desde el primer día, a ser más exacto de lo que estaba acostumbrado.
—¿Otros? —preguntó.
—Valdoria. Mi familia. Su tía. Lady Harcourt. Los rumores.
—Sebastián.
—Sebastián ocupa silencio y ruido por igual.
—Eso es cierto.
La pequeña interrupción los hizo respirar mejor.
Nathaniel dio un paso hacia ella.
No demasiado.
—Cuando no digo lo que quiero, no siempre estoy protegiéndola. A veces estoy permitiendo que el silencio elija por mí.
Beatrice bajó la vista a sus manos.
Aquella frase, por alguna razón, pareció llegarle de un modo distinto.
—Eso no suena a usted —dijo.
—¿No?
—Admitir una falla sin convertirla en una nota al pie.
Nathaniel miró al suelo un instante.
—Estoy intentando mejorar.
—No demasiado deprisa. Me dejaría sin material.
—Haré un esfuerzo moderado.
Beatrice sonrió apenas.
Luego la sonrisa se suavizó.
—¿Qué no ha dicho?
Nathaniel sintió que la pregunta llegaba al centro exacto de todo lo que había venido evitando.
Podía responder con prudencia.
Podía decir algo parcial.
Podía retroceder hacia la seguridad de las frases cuidadas.
Pero ese era el punto.
No desaparecer.
—Que quería leer la nota del libro azul —dijo.
Beatrice se quedó muy quieta.
—Ah.
—Pero no lo hice.
—Lo sé.
—No por falta de deseo.
Ella levantó los ojos.
Bien.
Ya estaba dicho.
No todo, pero algo.
—También quise sostenerla más tiempo cuando bajó de la escalera —continuó él.
El color subió al rostro de Beatrice.
Nathaniel no apartó la mirada, aunque tuvo que luchar contra el impulso de disculparse solo por haber sido claro.
—No lo hice porque no quería que una caída decidiera nada. Pero no quiero fingir que no lo quise.
Beatrice respiró despacio.
—Eso fue muy…
—¿Imprudente?
—Iba a decir honesto.
Nathaniel sintió que la palabra lo tocaba más de lo que esperaba.
—También pensé en escribirle tres veces esta mañana —dijo.
—¿Tres?
—Sí.
—¿Y no lo hizo?
—No.
—Qué contención tan ofensiva.
—Eso pensé.
Beatrice soltó una risa breve.
Luego se levantó.
Nathaniel no se movió.
Ella caminó hasta la ventana, tocó el borde de la cortina y volvió hacia él.
—Yo también he dejado que el silencio elija.
Aquello lo sorprendió.
—¿Usted?
—No parezca tan asombrado. No digo todo lo que pienso.
—Eso es casi alarmante.
—No abuse. Digo bastante.
—Sí.
—Pero no todo.
Beatrice miró hacia la puerta, como si comprobara que no había testigos. Luego bajó la voz.
—No le di la nota porque no estaba lista. Pero también porque si usted la leía, ya no podría fingir que no había escrito ciertas cosas.
Nathaniel sintió que el aire cambiaba.
No avanzó.
No habló.
Beatrice lo miró con impaciencia.
—Puede responder algo.
—No quería interrumpir.
—Está haciéndolo otra vez.
Él se detuvo.
Luego sonrió, apenas.
—Quiero leerla algún día.
Beatrice tragó.
—Algún día.
—Cuando usted quiera.
—Eso fue una respuesta muy suya.
—¿Mala?
—No.
La palabra fue pequeña.
No.
No mala.
Nathaniel la guardó como habría guardado una carta.
Beatrice volvió hacia el escritorio, tomó la hoja doblada que estaba junto al libro y la sostuvo entre los dedos.
—No es esa nota —dijo antes de que él preguntara.
—No iba a preguntar.
—Lo sé. Eso me irrita.
Él esperó.
Ella le tendió el papel.
—Es otra.
Nathaniel no lo tomó de inmediato.
—¿Está segura?
—No arruine mi impulso con cortesía excesiva.
Él aceptó la hoja.
No la abrió todavía.
Beatrice cruzó los brazos.
—Léala antes de que cambie de opinión.
Nathaniel la abrió.
La nota decía:
“Nathaniel:
No debe dejar que el silencio elija por usted.
Es una costumbre muy respetable y, por lo mismo, peligrosa.
Si quiere algo, puede decirlo.
No prometo reaccionar con elegancia.
Pero prefiero saber dónde está a descubrir demasiado tarde que se quedó lejos por creer que eso era lo correcto.
Beatrice.”
No había posdata.
Eso lo conmovió más de lo razonable.
Levantó la vista.
Beatrice parecía preparada para defender cada palabra a mordidas.
—No tiene posdata —dijo él.
—Lo sé.
—Eso parece importante.
—No se ponga sentimental.
—Demasiado tarde.
Ella desvió la mirada.
—Era una nota práctica.
—Sí.
—Una observación.
—Por supuesto.
—No una confesión.
Nathaniel dobló el papel con cuidado.
—No la llamaré confesión.
—Bien.
—Pero la guardaré.
Beatrice volvió a mirarlo.
—¿Dónde?
Nathaniel tocó el bolsillo interior de su chaqueta.
—Aquí.
Ella abrió la boca.
La cerró.
—Eso es terriblemente suyo.
—Sí.
—Y terriblemente peligroso.
—También.
El silencio que siguió no eligió por ellos.
Solo permaneció allí, menos pesado que antes.
La puerta se abrió.
Lady Agatha apareció con Clara y la bandeja de té.
—¿Interrumpo algo? —preguntó.
—Sí —dijo Beatrice.
—No —dijo Nathaniel al mismo tiempo.
Lady Agatha los miró.
Clara también.
Beatrice suspiró.
—Interrumpe una contradicción.
—Ah —dijo Lady Agatha.
—No diga “ah”.
—No pude evitarlo. Fue muy oportuno.
Clara dejó la bandeja y miró a Nathaniel con discreción.
—¿Té, milord?
—Gracias.
Beatrice se sentó de nuevo, pero sus ojos fueron al bolsillo de Nathaniel.
Él lo notó.
Naturalmente.
No sonrió.
Bueno.
No mucho.
Clara sirvió el té.
Lady Agatha tomó su taza.
—Qué tarde tan tranquila.
Beatrice la miró.
—Esa frase ya no engaña a nadie.
—No pretendía engañar. Solo observar.
Nathaniel bajó la vista hacia su taza.
Beatrice lo señaló.
—Y usted no se ría.
—No lo hacía.
—Estaba considerando hacerlo.
—Sí.
—Progreso. Al menos lo admite.
La conversación continuó con aparente normalidad. Se habló de la próxima reunión benéfica, de la salud del cactus de Sebastián y de si Lady Harcourt podía ser persuadida de no leer poesía durante el evento.
La respuesta general fue no.
Cuando Nathaniel se levantó para marcharse, Beatrice lo acompañó hasta la puerta del salón.
Lady Agatha no fingió leer.
Clara sí fingió ordenar cucharillas.
Mejor que nada.
—Gracias por la nota —dijo Nathaniel.
Beatrice apretó los dedos contra la falda.
—No permití que la leyera para que me agradeciera.
—Lo sé.
—La permití porque tenía razón.
—¿Sobre el silencio?
—Sobre usted.
Él sostuvo su mirada.
—Intentaré decir más.
—No todo.
—No todo.
—No quiero un diluvio de honestidad. Sería cansador.
—Una cantidad moderada, entonces.
—Moderada, sí. Pero real.
Nathaniel inclinó la cabeza.
—Real.
Beatrice respiró.
—Y si no sabe qué decir…
—¿Sí?
—Diga eso.
La frase lo tocó más de lo que esperaba.
Quizá porque era sencilla.
Quizá porque no intentaba convertirlo en otro hombre.
Solo le pedía que no desapareciera dentro del que ya era.
—Lo haré —dijo.
Beatrice asintió.
—Bien.
—Beatrice.
—Sí.
—Quise verla hoy.
Ella se quedó quieta.
La frase no era grande.
No era elaborada.
No era perfecta.
Pero era exactamente lo que él no habría dicho antes.
Beatrice bajó la mirada un segundo.
Cuando volvió a mirarlo, su sonrisa era pequeña y algo vulnerable, aunque probablemente ella habría negado ambas cosas.
—Eso fue una cantidad moderada.
—¿Suficiente?
—Por hoy.
Nathaniel sonrió.
—Entonces me marcho antes de excederme.
—Sabia decisión.
Él salió.
Beatrice permaneció en la entrada hasta que sus pasos desaparecieron.
Cuando volvió al salón, Lady Agatha la miró sobre el borde de la taza.
—No digas nada —advirtió Beatrice.
Lady Agatha levantó ambas cejas.
—No pensaba hacerlo.
Clara murmuró desde la mesa:
—Yo tampoco, señorita.
—Ambas están pensando con escándalo.
Lady Agatha sonrió.
—Con moderación.
Beatrice se sentó, tomó su taza y fingió que el té no sabía distinto.
Esa noche, Nathaniel guardó la nota de Beatrice en el cajón donde conservaba pocas cosas personales.
Después cambió de opinión.
La sacó.
La dobló otra vez.
Y la colocó dentro del bolsillo interior de la chaqueta que usaría al día siguiente.
Sebastián, que pasaba por el corredor y tenía el talento de aparecer cuando menos se lo necesitaba, asomó la cabeza.
—¿Eso es una carta?
—No.
—¿Una nota?
—Sí.
—¿Importante?
Nathaniel no respondió.
Sebastián sonrió.
—Ah. Importante, entonces.
—Sebastián.
—No diré nada.
Nathaniel lo miró.
—Quiero decir, no diré mucho.
Nathaniel cerró el cajón.
Sebastián alzó las manos.
—Está bien. Me retiro. Solo diré una cosa.
—No.
—Tu expresión mejoró.
Nathaniel se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Sebastián sonrió, esta vez sin burla.
—Antes parecías un hombre intentando sostener una puerta cerrada. Ahora pareces uno que por fin admitió que hay alguien del otro lado.
Nathaniel miró el bolsillo donde guardaba la nota.
—Buenas noches, Sebastián.
—Buenas noches, hermano.
Sebastián se alejó.
Nathaniel apagó la lámpara del escritorio.
El silencio quedó en la habitación.
Pero ya no eligió por él.