SIN ESPOILER
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CUANDO YA NO LE QUEDABA NADA
Después de aquella noche, Lia dejó de ser la misma.
Había días en los que permanecía horas enteras mirando hacia la nada.
Ya no tenía ganas de hablar.
Ya no preguntaba cuándo regresaría Brayan.
Ya no esperaba escuchar la voz de su hijo.
Porque creía que nunca volvería a escucharla.
La mentira de Brayan había conseguido destruir algo dentro de ella.
Lia apenas comía.
Dormía mal.
Y cuando conseguía dormir, despertaba sobresaltada, buscando instintivamente al bebé que ya no estaba.
A veces llevaba una mano hacia su abdomen y después recordaba.
El embarazo había terminado.
Su hijo ya no estaba con ella.
O eso creía.
—Mi niño…
Susurraba aquellas palabras constantemente.
Había guardado una pequeña prenda que había preparado para él.
Era lo único que tenía.
La sostenía entre sus manos cada noche.
—Perdóname.
Las lágrimas caían silenciosamente.
—Mamá no pudo protegerte.
Brayan casi nunca hablaba con ella.
Y cuando lo hacía, era frío.
Como si la tristeza de Lia fuera una molestia.
Una noche, ella estaba sentada en el suelo cuando él entró.
La miró durante unos segundos.
—¿Todavía sigues así?
Lia levantó la mirada.
—No puedo olvidarlo.
Brayan suspiró.
—Ya pasó.
—Era mi hijo.
—Y mvr1ø
Lia cerró los ojos.
—No tienes que recordármelo.
Brayan permaneció callado.
Después miró alrededor de la casa.
—Estoy cansado de tenerte aquí.
Lia abrió los ojos.
—¿Qué?
—Ya no quiero que vivas aquí.
Ella se levantó lentamente.
—¿A dónde quieres que vaya?
—No es mi problema.
Lia sintió que el miedo reemplazaba momentáneamente a la tristeza.
—Brayan, por favor.
—Esta noche te vas.
—No tengo a dónde ir.
—No me importa.
Lia negó con la cabeza.
—Por favor.
Brayan tomó algunas cosas de ella y las dejó junto a la puerta.
—Fuera.
—No.
Lia comenzó a llorar.
—Por favor, no me hagas esto.
Brayan abrió la puerta.
—Sal.
Lia se quedó inmóvil.
Afuera estaba oscuro.
La noche era fría.
—No puedo irme.
—Entonces te sacaré.
Lia juntó las manos.
—Brayan, por favor…
—¡Fuera!
Ella retrocedió.
—No tengo a nadie.
—Ese no es mi problema.
Lia comenzó a llorar.
—Te lo suplico.
Brayan perdió la paciencia.
La tomó del brazo y la sacó de la casa.
Lia tropezó.
—¡Brayan!
Él cerró la puerta.
Lia golpeó la puerta
—Por favor, ábreme.
Nada.
—Brayan…
Volvió a golpear.
—No me dejes aquí.
La puerta permaneció cerrada.
Lia se dejó caer frente a ella.
—Por favor…
Pero Brayan no respondió.
Finalmente abrió nuevamente.
Lia levantó la cabeza con esperanza.
—¿Cambiaste de opinión?
La expresión de Brayan seguía siendo fría.
—Te dije que te fueras.
—No tengo dónde ir.
—No me importa.
Lia intentó acercarse.
—Solo déjame quedarme esta noche.
Brayan reaccionó con violencia.
Lia cayó hacia un lado y quedó paralizada por el miedo.
—¡Vete!
Ella comenzó a llorar.
—Por favor…
Brayan volvió a @m3n@z@rl@ para que se marchara.
Lia levantó las manos para protegerse mientras él continuaba agrediéndola.
No entendía cómo la persona que alguna vez había llamado "princesa" podía tratarla de aquella manera.
Finalmente, Brayan cerró la puerta otra vez.
Lia quedó afuera.
Sola.
En medio de la noche.
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Durante varios minutos no pudo moverse.
Sentía miedo.
Dolor.
Y una tristeza tan profunda que apenas podía pensar.
Miró hacia la casa.
—¿Por qué?
Nadie respondió.
Lia se levantó lentamente.
No sabía hacia dónde caminar.
Simplemente comenzó a avanzar.
Cada paso le costaba.
La calle estaba prácticamente vacía.
Las luces de algunos postes iluminaban débilmente el camino.
Lia caminaba sin rumbo.
Abrazándose a sí misma.
—Mi bebé…
Las lágrimas volvieron.
—Ojalá estuvieras aquí.
Siguió caminando.
Hasta que las fuerzas comenzaron a abandonarla.
Se detuvo junto a una pared.
Cerró los ojos.
—No puedo más…
No era una decisión.
Era agotamiento.
Simplemente ya no sabía qué hacer.
Se deslizó lentamente hasta sentarse.
Entonces escuchó pasos.
Lia levantó la cabeza.
Alguien se acercaba.
Un hombre.
Al principio sintió miedo.
Intentó levantarse rápidamente.
Pero estaba demasiado débil.
—Tranquila.
La voz masculina sonó firme, pero tranquila.
Lia retrocedió.
—No se acerque.
El hombre se detuvo inmediatamente.
—Está bien.
Mantuvo cierta distancia.
—No voy a hacerte daño.
Lia no respondió.
Él observó su estado.
—Necesitas ayuda.
—No…
—Estás herida.
Lia bajó la mirada.
—No importa.
—Sí importa.
Ella negó con la cabeza.
—No tengo a dónde ir.
El hombre guardó silencio durante unos segundos.
—Entonces primero busquemos un lugar seguro.
Lia levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque nadie debería quedarse sola en la calle en esas condiciones.
Ella no sabía si confiar.
Había aprendido a desconfiar de todo el mundo.
Pero aquel hombre no intentaba obligarla a levantarse.
No la tocaba.
No le exigía nada.
Simplemente permanecía allí.
—No puedo pagarle —susurró Lia.
—No te estoy pidiendo dinero.
Lia volvió a llorar.
—No tengo nada.
—No necesitas tener nada.
El hombre dio un pequeño paso.
—¿Puedes caminar?
Lia intentó ponerse de pie.
Sus piernas temblaron.
El hombre extendió una mano, pero esperó.
—¿Puedo ayudarte?
Lia dudó.
Finalmente asintió.
Él la ayudó a levantarse con cuidado.
Lia respiró profundamente.
—Gracias…
—Vamos.
Ella caminó lentamente.
Después de unos pasos, se detuvo.
Miró hacia atrás.
La casa de Brayan estaba cada vez más lejos.
Durante meses había creído que aquel lugar era su única opción.
Ahora comprendía que había estado equivocada.
No sabía qué sucedería después.
No sabía quién era aquel desconocido.
Ni por qué había decidido ayudarla.
Pero por primera vez en mucho tiempo…
alguien había visto su sufrimiento y no había pasado de largo.
El hombre permaneció a su lado mientras avanzaban por la calle.
Sin presionarla.
Sin hacer preguntas innecesarias.
Sin exigirle nada.
Lia bajó la mirada.
—Perdí a mi hijo.
El hombre la observó en silencio.
—Lo siento.
Ella apretó los labios.
—Y ahora no tengo a nadie.
El desconocido respondió con calma:
—Ahora mismo no estás sola.
Lia levantó la mirada.
Aquellas cuatro palabras fueron suficientes para que volviera a llorar.
No sabía quién era aquel hombre.
No sabía qué papel tendría en su vida.
Y todavía no estaba preparada para descubrirlo.
Pero aquella noche, cuando pensaba que ya no le quedaba absolutamente nada…
un desconocido había decidido detenerse.
Y, sin saberlo, acababa de cambiar el rumbo de su historia.