Para salvar a su clan de la ruina, Zaira acepta un matrimonio forzado con Tariq Al-Rashid, el despiadado Alfa de la mafia vampírica de Dubái. Obligada a renunciar a su libertad, se adentra en un palacio de lujo y misterio que parece salido de Las mil y una noches. Pero el peligro real la espera al cruzar el umbral: el hombre con el que debe casarse no es su prometido inicial, sino el implacable y magnético padre de este, un inmortal de mirada abrasadora que esconde el secreto de un viaje en el tiempo. Entre sedas, dunas plateadas y miradas que queman, Zaira descubrirá que la línea entre el odio y la pasión más ardiente es tan fina como un suspiro.
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Capítulo 10: Las Catacumbas del Olvido y la Sombra del Visir
El destello azul sobre el techo de la torre se disipó con la misma rapidez con la que había emergido, dejando tras de sí un residuo de olor a ozono y ceniza fría. En el silencio de la madrugada, el peso de la amenaza volvió a instalarse en la estancia como un manto pesado.
Tariq permaneció inmóvil durante unos segundos, con el brazo rodeando con firmeza la cintura desnuda de Zaira. Aunque la calidez del acto de amor aún impregnaba la piel de ambos, la tensión en los músculos del Alfa era evidente. Sus ojos ámbar, fijos en la mesa de noche donde descansaba el amuleto, reflejaban una concentración fría y calculadora.
Zaira se incorporó despacio, apoyando una mano sobre el pecho esculpido de su esposo. La seda carmesí de las sábanas se deslizó por su cadera.
—El eclipse se acerca, ¿verdad? —preguntó ella en un hilo de voz, fijando su mirada en el perfil rígido del inmortal.
Tariq se giró hacia ella. Su mano subió para acunar la mejilla de Zaira con esa delicadeza que solo reservaba para sus momentos a solas.
—Jafar está usando la alineación de los astros para forzar la convergencia de las eras —explicó Tariq, su voz suave pero cargada de una gravedad antigua—. Si el Sol queda cubierto por completo mientras el amuleto permanece en este siglo, el portal de la cripta subterránea se colapsará para siempre. No solo quedaremos atrapados en el año 820, sino que la línea temporal del presente se fracturará. Samir, la mafia, el imperio que construí... todo se disolverá en la nada.
—Y tú y yo seremos borrados de la existencia —concluyó Zaira, sin mostrar un solo rasgo de pavor en sus facciones.
Tariq sonrió con una amargura orgullosa. Le fascinaba la entereza de la mujer que tenía enfrente. En lugar de quebrarse ante la inminencia de un destino incierto, la determinación de Zaira ardía con más fuerza que nunca.
—No mientras yo tenga aliento en los pulmones —declaró el Alfa, inclinándose para presionar sus labios contra los de ella en un beso breve pero cargado de un pacto silencioso—. Es hora de vestirnos.
Minutos después, la luz de las velas de cera de abeja revelaba la transformación de ambos. Baraz había cumplido su palabra con una eficacia impecable. Zaira vestía ahora una túnica de seda negra ceñida al cuerpo, reforzada en el torso por un corsé de cuero flexible con incrustaciones de plata antigua que le permitía moverse con total libertad. Sobre sus hombros, una capa corta con capucha del mismo tono la protegió de la frescura de la noche. Tariq, por su parte, se había ajustado una armadura ligera de placas de acero persa sobre su túnica de lino oscuro, asegurando la cimitarra a su costado y un par de dagas de cacería en el cinturón.
Descendieron por la pasarela secreta de la posada hasta alcanzar los subterráneos del mercado. Baraz los aguardaba junto a una puerta de hierro reforzado que daba acceso a la red de acueductos antiguos de la ciudad.
—El camino bajo el Gran Bazar los llevará directamente bajo el palacio del Sah —susurró el anciano, entregando a Tariq un farol de bronce con cristales ahumados—. Pero tened cuidado, Mowlana. El Visir ha desplegado a sus espectros en los niveles inferiores. Ya no son hombres mortales los que vigilan las sombras.
Tariq asintió en silencio, tomó la mano de Zaira y la guió al interior del túnel de piedra.
El aire en las catacumbas de Isfahán era denso, impregnado de humedad, polvo de siglos y un matiz dulzón a podredumbre que delataba la presencia de magia negra. El eco de sus pasos resonaba en las paredes abovedadas mientras avanzaban en la penumbra. El suelo de piedra resbaladizo requería atención constante, pero la mano de Tariq se mantenía firme alrededor de los dedos de Zaira, transmitiéndole una fuerza inquebrantable a cada paso.
—Siento una presión en la cabeza... como si alguien estuviera susurrando al borde de mi mente —comentó Zaira tras veinte minutos de marcha en la oscuridad, presionando la yema de sus dedos contra su sien.
Tariq se detuvo al instante y la atrajo hacia su pecho. El amuleto de lapislázuli bajo la ropa de Zaira emitía una vibración sorda, un pulso térmico que calentaba la tela de su corsé.
—Es el ritual de Jafar —explicó Tariq en un murmullo helado, oteando la penumbra del túnel—. El brujo está intentando rastrear la frecuencia de tu sangre. Eres el receptáculo de la matriz del tiempo; tu linaje es la única clave que puede abrir el sello del eclipse. Usa mi presencia para anclarte, pajarillo. Tu mente me pertenece a mí, no a sus artes oscuras.
Inclinó la cabeza y rozó la sien de la joven con sus labios. La calidez del aliento del Alfa disipó de inmediato la bruma mental que intentaba sofocar la cordura de Zaira. Ella respiró hondo, llenando sus pulmones y aferrándose al torso de acero de su esposo.
—Estoy lista —dijo ella, alzando la mirada con firmeza.
Siguieron descendiendo por el laberinto de piedra hasta desembocar en una bóveda colosal. La estructura no era un simple acueducto; era una necrópolis olvidada, sostenida por columnas de piedra negra talladas con rostros de reyes persas cuyos ojos habían sido vaciados. En el centro del recinto, sobre un estrado elevado rodeado por un foso de agua estancada y negra, se erigía un altar de basalto idéntico al portal que poseían en el palacio moderno de Dubái.
Alrededor del altar, rodeados por un círculo de fuego verde que no producía humo, aguardaban docenas de figuras encapuchadas con túnicas de lino gris. Sus rostros no eran humanos; bajo las capuchas se adivinaban facciones cadavéricas, pieles pegadas al hueso y ojos desprovistos de pupila que brillaban con una luz mortecina.
Y en el centro del estrado, junto al arco de basalto, se erigía el Visir Jafar.
El brujo vestía ropajes ceremoniales de seda dorada y púrpura. Su rostro, aunque marcado por arrugas de una longevidad antinatural, conservaba una altivez malvada. Sostenía un báculo de madera negra rematado por una calavera de felino envuelta en hebras de fuego oscuro.
—Llegas a tiempo para presenciar el fin de tu era, Tariq Al-Rashid —la voz de Jafar no sonó en el recinto, sino que resonó directamente en las mentes de ambos con el chasquido seco de mil serpientes arrastrándose sobre piedra seca—. Pensaste que al ocultarte en el tiempo podrías proteger la llave. Pero el destino no se equivoca: has traído a la mujer directamente a mi altar.
Tariq dio un paso al frente, interponiéndose entre la vista del brujo y Zaira. Su mano derecha descansó sobre la empuñadura de la cimitarra. La armadura de acero resonó levemente con el movimiento.
—Cometiste un error hace mil años al desafiar a mi clan, Jafar —dijo Tariq, su voz grave y ominosa retumbando en la bóveda con la potencia de un trueno subterráneo—. Y cometes el mismo error hoy al pensar que permitiré que toques a mi esposa. Tu magia no es más que una parodia frente a la fuerza de nuestra sangre.
Jafar soltó una carcajada seca, un sonido destemplado que hizo vibrar el fuego verde de los incensarios.
—¿Tu esposa? —se mofó el brujo, alzando el báculo—. Ella es la vasija del tiempo. Su alma le pertenece a la luna antigua. Cuando el sol quede oculto por la sombra en unos minutos, la matriz se abrirá y su energía alimentará mi inmortalidad durante diez siglos más. Tu estirpe de vampiros pasará a ser solo una leyenda de barro.
El Visir alzó el báculo y las figuras encapuchadas comenzaron a entonar un cántico monótono en una lengua extinta. El foso de agua negra alrededor del altar comenzó a hervir, y del centro del arco de basalto emergió una columna de luz púrpura que ascendió hacia el techo de la necrópolis, atravesando la roca viva en dirección al cielo.
—¡A él! —ordenó Jafar.
Los servidores cadavéricos se abalanzaron desde los laterales del recinto como una marea de sombras hambrientas, desenvainando dalias oxidadas y garras de hueso.
Tariq no esperó el impacto.
—¡Zaira, quédate junto a la columna central y activa el amuleto! —gritó el Alfa mientras desenvainaba la cimitarra en un destello de acero impecable.
El inmortal se lanzó al combate con la ferocidad destructiva de un meteoro. La espada persa trazó arcos de muerte en la penumbra; cada golpe de Tariq cercenaba la magia negra de los servidores de Jafar, reduciendo a los espectros a montones de ceniza y trapos viejos. Su velocidad era tal que parecía multiplicarse en la bóveda: un segundo estaba decapitando a un atacante a la izquierda y al siguiente aplastaba el cráneo de otro con su bota reforzada a la derecha.
Zaira corrió hacia la columna de piedra indicada, buscando cobertura mientras la batalla se encarnizaba a su alrededor. Sacó el amuleto de lapislázuli de su pecho; la piedra estaba tan caliente que amenazaba con quemarle la piel de los dedos.
El cántico de los monjes y el rugido de la energía del altar comenzaban a alterar la gravedad de la sala. Polvo y piedras pequeñas comenzaron a flotar en el aire. Zaira alzó la vista hacia una oquedad en el techo del recinto que daba al exterior: en el cielo de Isfahán, el disco dorado del Sol estaba siendo devorado por la silueta negra de la Luna.
El eclipse había alcanzado su fase crítica.
Jafar, viendo que sus sirvientes eran masacrados por la furia implacable de Tariq, comenzó a trazar runas de fuego verde en el aire con su báculo, dirigiendo un rayo de energía pura directamente hacia la espalda del Alfa.
—¡Tariq, cuidado! —gritó Zaira.
El Alfa giró sobre sí mismo, usando la hoja de su cimitarra para bloquear la descarga mágica. El impacto de la energía oscura contra el acero produjo un estallido sónico que hizo retumbar la necrópolis. La fuerza del choque hizo retroceder a Tariq varios metros, sus botas dejando dos surcos profundos en la piedra del suelo. La armadura de su hombro izquierdo humeaba por el calor del conjuro.
Jafar sonrió con malicia y giró el báculo hacia Zaira.
—Si no puedo destruirte a ti primero, empezaré por consumir a la muchacha.
Una ráfaga de fuego verde partió del báculo en dirección a Zaira. La joven, acorralada contra la columna, no intentó huir. En lugar de eso, cerró los ojos, llevó ambas manos al amuleto de lapislázuli y pensó en el amor de Tariq, en la entrega apasionada de la noche anterior y en la promesa de un futuro juntos en su propio tiempo.
La sangre de las sacerdotisas del templo de la luna respondió al llamado.
Una barrera de luz azul pura y brillante brotó del cuerpo de Zaira, expandiéndose en una esfera perfecta. El rayo de magia negra del Visir colisionó contra la barrera de luz y se disipó al instante como una gota de agua sobre una plancha de hierro ardiente.
El impacto de la energía hizo que Jafar tambaleara sobre el estrado, sorprendido por la potencia latente de la joven mortal.
Esa fracción de segundo de distracción fue todo lo que Tariq necesitó.
Con un rugido de dominancia pura que hizo temblar los pilares de la necrópolis, los ojos del Alfa se encendieron en un rojo carmesí absoluto. Cruzó la distancia que lo separaba del altar en un parpadeo que desafió la realidad misma.
Antes de que Jafar pudiera alzar de nuevo el báculo, Tariq atravesó el pecho del Visir con la cimitarra de cabeza de león. El acero bendito penetró la carne marchita del brujo hasta salir por su espalda.
Jafar ahogó un estertor de incredulidad. El báculo de madera negra cayó de sus manos, haciéndose pedazos al chocar contra la piedra del altar.
—Tu magia se acabó, Jafar —susurró Tariq al oído del brujo, con una voz tan helada como la muerte misma—. El único dueño del tiempo y de esta mujer... soy yo.
Tariq giró la hoja dentro de la herida y la retiró con un movimiento seco. El cuerpo del Visir comenzó a desintegrarse en un torbellino de ceniza negra y llamas purpúreas hasta convertirse en nada más que un montón de polvo sobre el suelo de basalto.
Con la muerte del brujo, el cántico de los monjes se cortó de golpe y las figuras cadavéricas se colapsaron como marionetas a las que se les hubieran cortado los hilos.
Sin embargo, el peligro no había terminado. El portal de basalto en el centro del estrado, inestable por la muerte de su canalizador y el punto máximo del eclipse, comenzó a pulsar con ráfagas de luz dorada y azul fuera de control. La estructura de piedra crujía violentamente; grietas enormes comenzaron a abrirse en el techo de la necrópolis, dejando caer toneladas de roca sobre el recinto.
—¡El portal se está cerrando! —gritó Zaira, corriendo hacia el estrado mientras el suelo se convulsionaba bajo sus pies.
Tariq guardó la espada en un movimiento fluido y atrapó a Zaira en sus brazos justos cuando una piedra monumental se estrellaba contra la columna donde ella había estado refugiada segundos antes. La pegó a su pecho con un agarre de acero, sintiendo el latido desbocado del corazón de ella contra sus costillas.
—Confía en mí, Zaira —dijo él, mirándola a los ojos con esa devoción eterna que ni la destrucción del mundo podía alterar.
—Siempre —respondió ella, envolviendo el cuello del Alfa con sus brazos y pegando sus labios a los de él en un beso desesperado.
Con el amuleto de lapislázuli ardiendo en el pecho de la joven y el eclipse cubriendo por completo el cielo de la antigua Persia, Tariq y Zaira se arrojaron juntos al centro de la luz del arco de basalto, siendo absorbidos por el torbellino del tiempo justo cuando la necrópolis se colapsaba tras ellos.