Amir era el tercer hijo de Elena y Zayn, hermano de Karim, Layla y Sara. Y aunque todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían como al hombre más noble y leal que existía, él cargaba con una soledad que nadie más podía comprender. Había nacido para proteger. Desde niño, mientras Karim aprendía a sentarse en un trono y dictar leyes, mientras Layla aprendía a blandir la espada y desafiar al mundo, Amir aprendía a vigilar, a esperar, a estar alerta. Se había convertido en el Capitán General de la Guardia Real y el Guardián de los Límites, el hombre que conocía cada sendero, cada bosque, cada escondite y cada peligro en los tres reinos de Al-Jazair, Velarion y Zoraya.
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EL GRAN DÍA.
La noche en que todo iba a cambiar llegó cargada de presagios y magia. El cielo sobre Al-Jazair no era negro ni azul oscuro; estaba teñido de tonos verdes y dorados, con estrellas que brillaban con una intensidad nunca vista, como si todo el universo estuviera esperando el nacimiento de dos almas destinadas a ser grandes. En los aposentos de Amir y Nalia, el aire vibraba con energía, y la luz de las velas no parpadeaba, sino que permanecía firme y brillante, iluminando cada rincón como si fuera de día.
Nalia estaba recostada sobre la gran cama, rodeada de almohadas, su cuerpo hermoso y enorme, con el vientre muy abultado por las dos vidas que llevaba dentro. Su piel brillaba con ese resplandor sobrenatural que la caracterizaba, pero ahora estaba húmeda por el esfuerzo y el calor, y su respiración era profunda y rítmica. No tenía miedo; era una mujer antigua, una criatura de luz, y sabía que su cuerpo estaba hecho para esto, fuerte y capaz. Pero lo que le daba la verdadera fuerza era la mano de Amir, que no había soltado la suya ni un segundo desde que comenzaron las primeras contracciones.
Amir estaba de pie junto a la cama, descalzo, con el torso desnudo y la ropa ligera, con el rostro tenso por la preocupación, pero lleno de amor y devoción. Se veía más grande, más fuerte, como si la inminente llegada de sus hijos hubiera despertado aún más la bestia protectora que llevaba dentro. Cada vez que Nalia apretaba su mano con fuerza durante una contracción, él le devolvía el apretón, le besaba los dedos, le susurraba palabras de aliento y amor, y le acariciaba el cabello y la frente, limpiando el sudor de su piel suave.
—Eres maravillosa, mi vida —le decía él con voz ronca y llena de emoción—. Eres la mujer más fuerte, más hermosa y más valiente que existe. Ya casi están aquí... ya casi tenemos a nuestros príncipes. Aguanta un poco más, mi amor. Estoy aquí. No te dejo. Nunca te dejaré.
Alrededor de la habitación, la familia entera estaba presente, formando un círculo de amor, magia y protección que nadie en el mundo podría romper. Elena, la reina madre, estaba al lado de Nalia, con las manos brillando con luz sanadora, calmando el dolor, regulando la energía y guiando todo con la sabiduría de madre y hechicera. Zayn, el rey, estaba en la puerta principal, de pie, inmóvil como una estatua de guerra, con su espada desenvainada, sus sentidos alerta a cualquier cosa extraña, dispuesto a defender su hogar y a su familia con su última gota de sangre si era necesario.
Karim y Amaraestaban al otro lado de la cama. Amara, que ya había pasado por esto cuatro veces, ayudaba a Nalia, le daba instrucciones suaves, le mojaba los labios con agua y le hablaba con esa voz dulce y firme que siempre la calmaba. Karim, igual que Amir, estaba atento, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, serio y protector, mirando a su hermano con comprensión absoluta, sabiendo exactamente lo que sentía.
—Lo estás haciendo bien, hermano —le había dicho Karim en un momento, acercándose para ponerle una mano en el hombro—. Sé que sientes que el tiempo no pasa, que quieres quitarle tú el dolor, qué harías cualquier cosa por estar tú en su lugar... Pero mírala. Ella es fuerte, es magia pura. Y estos niños... son poderosos. Nacerán grandes, nacerán fuertes. Ya casi están aquí.
Layla y Caelanestaban en los rincones de la habitación. Ella, con sus dos espadas cortas en la mano, caminando de un lado a otro, vigilando cada sombra, cada rincón, con la mirada feroz y alerta de una guerrera que no permite sorpresas. Él, de pie, con los ojos cerrados y las manos extendidas, canalizando toda la magia de la tierra, del aire y de la luz, creando un escudo invisible e impenetrable alrededor de todo el palacio, un escudo que nadie podía cruzar, ni siquiera la magia más oscura. Y a sus pies, los niños: Kael, Lira, Derian, Zair, Miraya, Elion, Thalia y Eren, todos sentados en silencio, con los ojos muy abiertos, todos ellos, incluso los más pequeños, canalizando también su pequeña magia, aportando su fuerza, su luz y su amor para ayudar a que todo saliera bien.
Pero mientras todos estaban concentrados en el milagro de la vida que estaba ocurriendo, muy lejos, en las profundidades de las montañas olvidadas, algo se movía. Darian, aunque había sido derrotado y humillado, no había muerto. Había huido, herido en su orgullo y en su alma, y se había arrastrado hasta los lugares más oscuros, donde habitaban criaturas que ni siquiera los antiguos se atrevían a nombrar. Su odio, sus celos y su dolor se habían convertido en algo más fuerte que la propia vida: una obsesión absoluta por destruir lo que no podía tener.
Y ahora, sentía el cambio. Sentía el poder inmenso que se liberaba en Al-Jazair. Sabía que Nalia estaba trayendo nuevas vidas al mundo, vidas que serían más poderosas que él, vidas que unirían los mundos para siempre y lo dejarían a él fuera, en la oscuridad, olvidado para siempre.
—¡No! —gritó Darian, con la voz rota y deformada por la maldad que ahora corría por sus venas—. ¡No permitiré que sean felices! ¡No permitiré que crezcan, que gobiernen, que se amen! ¡Si ella no es mía, si no puede ser mía... entonces nada de esto existirá! ¡Destruiré a sus hijos, destruiré su sangre, destruiré su amor!
Y con un grito terrible, ofreció lo que le quedaba de su alma a las fuerzas oscuras que lo rodeaban, pidiendo el poder suficiente para atacar justo en ese momento, cuando la madre estaba débil, cuando el padre estaba distraído, cuando la familia estaba concentrada en el nacimiento. Las sombras respondieron, crecieron, se hicieron sólidas y negras, y una horda de bestias, espectros y guerreros de niebla comenzó a moverse, saliendo de las cuevas, bajando de las montañas, corriendo hacia el palacio con la intención de matar, destruir y borrar todo rastro de los Al-Jazair.
En el palacio, la tensión aumentaba. Nalia dio un grito largo, potente y hermoso, un grito que resonó en todo el edificio, y con la ayuda de Elena y Amara, el primer niño salió.
—¡Es un niño! —anunció Amara, con lágrimas en los ojos, levantando al pequeño, que lloró con una voz fuerte y clara, un llanto que sonaba como un trueno suave, lleno de autoridad y magia.