Noelia Pérez es una mujer mayor de 89 años que muere de un ataque al corazón, pero inexplicablemente despierta en otra realidad. No se ha convertido en ninguna preciosa jovencita, sigue siendo una mujer mayor, pero esta vez tiene unos 50 años, un gato tuerto, una casa desvencijada y un nieto delicado que viene a vivir por ser rechazado por su preferencia sexual. ¿Qué hará Noelia con esta nueva vida? Acompáñame y verás como solo hay que desear vivir con mucha fuerza para brillar desde la miseria más absoluta.
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El rostro que el tiempo dejó atrás
Noelia había descubierto que recuperar la libertad no significaba necesariamente saber qué hacer con ella. Durante tres años había soñado con escapar una esa cama de hospital y lo había hecho de la manera más insólita posible. Ahora era Lía una mujer que estuvo enterrada en vida siete años en lo profundo de la tierra. Una infeliz que imaginó innumerables veces el momento en que volvería a caminar sin cadenas, sin miedo, sin la vigilancia de nadie, pero que murió antes de ver sus esperanzas cumplidas. Las dos habían pensado que, una vez libres, todo sería sencillo, pero ahora que la libertad estaba allí, frente a Noelia, se daba cuenta de que también traía consigo preguntas.
¿De qué viviría? Ya no era solamente ella y Capitán. Ahora estaba Mateo y quizá, dentro de muy poco, también Lian. Ese pensamiento la obligaba a mirar hacia el futuro con una responsabilidad que no había tenido cuando fue arrancada de su vida. Por fortuna, el pueblo parecía empeñado en no dejarla sola. Durante los últimos días, los aldeanos habían acudido a la montaña con una generosidad que todavía le costaba comprender. No solo habían llevado alimentos, mantas, ropa, utensilios de cocina y toda clase de objetos que consideraban necesarios para que pudiera comenzar de nuevo. También habían llevado algo mucho más valioso. Su tiempo. Sus manos. Su voluntad de reparar, aunque fuera de manera imperfecta, una deuda que durante siete años nadie se había atrevido a reconocer.
La cueva había dejado de parecer una guarida improvisada. Poco a poco se estaba convirtiendo en un hogar. Los aldeanos habían limpiado, reparado, construido estantes, llevado madera, ladrillos, cemento y le organizaron pequeños espacios para que ella pudiera tener una cocina decente y muy elegante, varias habitaciones y hasta un rincón donde sentarse a leer o descansar. Aquello por dentro ya no parecía una tosca cueva. Era una vivienda confortable y lujosa dentro de una cueva. Mateo y Lian, por su parte, parecían haberse tomado aquella transformación como una misión personal. Habían trasladado las pertenencias de Mateo desde la casa de Tomás hasta la montaña y Aritza Santos se había convertido en una presencia prácticamente permanente.
La joven, hermana menor de Ariel Santos alcalde del pueblo y amiga inseparable de su nieto Lian, aparecía cada mañana con una energía inagotable, impropia de su rollizo cuerpo. Siempre estaba dispuesta a cargar cajas, barrer, cocinar o simplemente conversar. Noelia había descubierto rápidamente que Aritza tenía una razón adicional para estar allí. Cada vez que Mateo aparecía, la muchacha encontraba una nueva tarea que realizar cerca de él y cada vez que él le sonreía con cortesía, Aritza parecía olvidar durante unos segundos qué estaba haciendo. Noelia lo había notado. Por supuesto que lo había notado, pero se guardaba el secreto para sí misma.
Después de tantos años de sufrimiento, le parecía casi un pecado no sonreír ante algo tan inocente. El amor juvenil era tan bonito. Solo esperaba que la muchacha no sufriera un desengaño. Mateo ni por enterado de los sentimientos que generaba. Así, entre unas personas y otras, Noelia casi nunca estaba sola. Si no eran Mateo y Lian, era Aritza. Si no era Aritza, aparecía alguna mujer del pueblo con comida. Si no era comida, alguien traía una manta, unas herramientas o simplemente una excusa para comprobar que estaba bien y aquella mañana, cuando Noelia empezaba a preguntarse si algún día conseguiría acostumbrarse a tanta bondad, escuchó un ruido procedente del exterior.
-¡Ya llegamos! -gritó Mateo. Noelia salió presidida de Capitán, que curioso había dejado la pequeña estancia que había comenzado a reclamar como su habitación personal. Encontraron a Mateo y Lian entrando por la abertura de la cueva que ahora era una lujosa puerta de doble hoja con madera tallada y cristales tintados. Ambos parecían exhaustos y entre los dos cargaban algo enorme envuelto por mantas y sogas, con un cuidado extremo.
-¿Qué demonios es eso? -preguntó Noelia, sorprendida.
-El primer regalo que pediste. -respondió Lian, con una sonrisa. Mateo dejó escapar un suspiro.
-Este regalo pesa como un condenado.
Noelia se acercó curiosa. Capitán miraba desconfiado. Los chicos ayudaron a desenvolver el regalo. Era una cómoda. Una hermosa cómoda de madera, bastante antigua, perfectamente conservada y sobre ella... Un espejo. No un espejo pequeño. Uno enorme. Grande. Prácticamente ocupaba la pared hasta casi medio metro del techo, una vez colocado en su base. Noelia abrió los ojos.
-¿De dónde sacaron esto?
-Estaba guardado en casa de Tomás. -explicó Mateo. -Pensamos que lo necesitaríamos más aquí. -Lian añadió. -Una mujer debería poder mirarse de vez en cuando al espejo. -Noelia sonrió.
-Ahora no estoy segura de querer hacerlo. -los dos muchachos se miraron.
-¿Por qué? -preguntó Mateo.
Noelia no respondió. Porque, en realidad, no lo sabía. Durante años no había tenido un espejo. En el hospital no le hacía falta. Veía su rostro en el reflejo de los recipientes cromados. Un mapa de surcos y arrugas. Una piel tan manchada por el tiempo. Nada atractiva. Ahora ya no era esa anciana de ochenta y nueve años que moría lentamente con cada suspiro en una cama de hospital. Había pasado tanto tiempo que incluso había olvidado cómo era su rostro desde la última vez que lo vio, pero su miedo radicaba en que ahora mismo era otra y si no se gustaba. Si era horrible o tal vez solo era su miedo a aceptar definitivamente su nueva realidad. Mateo y Lian terminaron de acomodar la cómoda. Luego limpiaron el espejo. Noelia se quedó a unos pasos. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Capitán en cambio ponía carácter malhumorado a su propio reflejo.
-Vamos abuela. Si hasta Capitán está encantado. -dijo Lian burlándose del gato. -Mírate tú también. -ella respiró profundamente y lo hizo.
El impacto fue brutal. Noelia se quedó inmóvil. Durante varios segundos no reconoció a la mujer que la observaba desde el otro lado del cristal. Era ella y al mismo tiempo, era otra. Ese rostro había perdido la suavidad de la juventud. Las mejillas estaban más hundidas y la piel, antes tersa, mostraba una palidez que ni siquiera los días al aire libre habían conseguido borrar por completo. Había pequeñas líneas alrededor de esos ojos, algunas demasiado profundas para la edad que decían los aldeanos que tenía. No eran simples arrugas. Eran huellas. Marcas silenciosas de noches sin dormir, de miedo, hambre, frío y lágrimas que nadie había visto. Eran el testimonio de Lía, de su vida.
El cabello era largo y oscuro, había perdido parte de su antiguo brillo. Algunas hebras habían comenzado a encanecer prematuramente, como si los siete años de cautiverio de Lía hubieran decidido dejar también su firma allí. Sus labios eran finos. Los hombros estrechos. La figura esbelta. No se reconoció en absoluto. Su cuerpo había sido obeso como Noelia y por eso su corazón terminó protestando. Incluso su postura había cambiado. Había algo en este nuevo cuerpo que parecía estar siempre preparado para recibir un golpe. Una tensión invisible. Una cautela que no desaparecía ni siquiera cuando estaba segura. Noelia levantó lentamente una mano y tocó su propio rostro. La mujer del espejo hizo exactamente lo mismo.
-Dios mío... ¿Esta soy yo? -sus ojos se llenaron de lágrimas. Era más joven como unos treinta años menos de lo que había sido al morir. Era hermosa, con una belleza distinta. No era la belleza luminosa de una muchacha en la flor de la vida, pero era una belleza marcada. Madurada a la fuerza. Una belleza que había sobrevivido al paso del tiempo y pese a todo lo que había perdido, aún quedaba algo extraordinario en ella. La nobleza de esas facciones seguía allí. En esos ojos, aunque cansados, persistía una profundidad imposible de fingir. Había bondad. Había dignidad. Había una tristeza antigua que no conseguía borrar aquella chispa que alguna vez había hecho de la Lía original una mujer especial. Porque algunas bellezas no nacen de la piel. Nacen de todo aquello que una persona consigue conservar después de haberlo perdido casi todo. Noelia apartó la mirada.
-Estoy horrible. Necesito peinarme.
-Estás despeinada, pero no horrible. -dijo Mateo inmediatamente. -ella lo miró a través del espejo. El muchacho se acercó. -Estás viva. -aquellas dos palabras la golpearon más profundamente que cualquier cumplido. Lian sonrió con ternura y Mateo agregó. -Y eso es lo que importa Lía.Peinarte es secundario. -Noelia bajó la cabeza. Una lágrima descendió por su mejilla.
-No me reconocía. -Mateo negó lentamente.
-Quizá porque estás buscando a la Lía de hace siete años. -ella volvió a mirar el espejo. -Esa mujer ya no existe. -Noelia miró su nueva identidad y respondió resuelta.
-No Mateo. Claro que existe. Solo que ahora es mucho más fuerte. -y sonrió entre lágrimas.
Tenían razón. Quizá no debía lamentar cada huella que aquellos años habían dejado en ese cuerpo, ni las ocultas de su propia alma. Quizá debía aprender a mirarlas como lo que realmente eran. Pruebas de que había sobrevivido milagrosamente para cuidar de dos chicos que sí la necesitaban. Aquella misma tarde, Noelia decidió que debía hablar con Ariel Santos. Si todos estaban dispuestos a ayudarla, ella no podía limitarse a aceptar. Necesitaba hacer algo. Necesitaba ganarse la vida. Ariel la recibió en el pueblo con la misma seriedad tranquila que lo caracterizaba.
-Quiero pedirte un favor. -el alcalde levantó una ceja.
-Dime.
-Necesito encontrar trabajo. Algo con lo que pueda mantener a Mateo, a Capitán y quizá a Lian también. Si decide dejar tu casa y venir conmigo. -Ariel guardó silencio unos segundos. Después negó con la cabeza.
-No. -Noelia parpadeó.
-¿No? ¿No qué?
-No tienes que hacer eso todavía. Nada de eso.
-Pero...
-Lía, llevabas siete años perdida. Cautiva. Siete años que nadie puede devolverte. Lo primero que tienes que hacer es aprender a vivir nuevamente. - ella lo miró con incredulidad.
-No puedo quedarme sentada.
-No te estoy diciendo que te sientes. Te estoy diciendo que organices tu vida. Recupera el tiempo que puedas. Conoce a Mateo. Habla con Lian. Descansa. Aprende a dormir sin miedo. A confiar en los aldeanos. Aprende a entrar en una habitación sin mirar primero dónde están las salidas. -Noelia guardó silencio. Ariel tenía razón. -Además. -continuó él. -Tengo algo que contarte. -Noelia levantó la mirada.
-¿Qué cosa?
-Hay un hombre de la gran ciudad interesado en comprar el terreno donde estaba tu antigua casa. -el rostro de Noelia se endureció. Aquella vivienda había sido el hogar de Lía y también el lugar donde Tomás había destruido parte de la vida de todos.
-¿Para qué lo quiere?
-No lo sé exactamente, pero la oferta es bastante generosa. Creo que piensa mudarse acá. -Noelia pensó durante unos instantes. Luego soltó el aire lentamente.
-Véndelo. -Ariel pareció sorprendido.
-¿Estás segura?
-Completamente. -miró hacia las montañas. Desde allí podía distinguirse el camino que llevaba hasta su nueva casa. Su cueva. Su refugio. Un lugar que había nacido de la culpa de todo un pueblo, pero que ahora comenzaba a pertenecerle de verdad. A ella, no a Lía.
-No quiero volver al pueblo. -dijo y era cierto. No tenía ninguna intención de vivir entre las ruinas de lo que había sido el mundo de Lía. No iba a cobrar venganzas ajenas. Su futuro estaba en otro sitio. Cuando regresó a la montaña, encontró a Mateo intentando instalar un televisor. Noelia se quedó mirándolo.
-¿Eso qué hace aquí? -Mateo sonrió.
-Lo traje de casa de Tomás. Técnicamente, esto y todo lo de allí es mío. Yo decido donde lo tengo. -Noelia asintió.
-¿Y funciona?
-Supuestamente.
-¿Supuestamente?
-Todavía no podemos probarlo. -Noelia soltó una carcajada.
-¿Por qué? -Lian apareció desde el fondo de la cueva.
-Porque todavía el electricista está instalando los paneles solares y un montón de esto y esto. -dijo alzando las manos con cables y enchufes.
Noelia miró alrededor y por primera vez comprendió hasta qué punto aquel lugar había cambiado. Había camas. Una mesa. Estantes. Utensilios. Ropa. Comida. La cómoda. El enorme espejo y ahora un televisor esperando electricidad. Afuera, los hombres del pueblo trabajaban en la instalación de los paneles solares. Pronto habría luz eléctrica. Pronto podrían encender lámparas. Cocinar sin depender del fuego y la leña y quizá, por las noches, sentarse frente a aquel televisor para descubrir qué había ocurrido en el mundo desde que había vuelto a la vida en las montañas de su infancia. Ya el frío no la hacía tiritar por las noches.
Noelia volvió a mirar el espejo. Esta vez no apartó la mirada. La mujer que vio seguía teniendo cicatrices. Seguía teniendo el rostro cansado. Seguía siendo una desconocida en muchos sentidos, pero también era ella. No la mujer que había sido. Sino la mujer que había conseguido regresar sin pedirlo. Mientras contemplaba su reflejo, Noelia comprendió algo que hasta entonces no había querido aceptar. Tal vez no necesitaba recuperar a la mujer de hacía siete años, ni a la del hospital. Tal vez tenía que aprender a querer a la que había sobrevivido. Porque aquella mujer, pese a todas sus heridas, seguía siendo hermosa. No por su rostro. No por su cuerpo. Sino porque después de haber conocido el infierno en ambas realidades, todavía conservaba alma suficiente para agradecerle al mundo que le hubiera permitido volver a casa.