Una historia diferente, donde el amor y el sobrevivir van de la mano. 🥀
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AXEL
“Todo corazón valiente guarda un poder que lo transforma en un superhéroe”.
Lo reconocí, VR15. Me acerqué con cautela. Él estaba agachado, oculto tras el muro, como si no quisiera que nadie lo viera allí. Su postura era tensa, casi humana. Pero lo que más llamó mi atención no fue él, sino lo que llevaba sobre su regazo. Algo cubierto por una manta gris.
— ¿Qué estás haciendo? — murmuré, acercándome — ¿Y qué es eso que escondes?
VR15 no respondió de inmediato. Solo me hizo una seña con la mano metálica, invitándome a agacharme junto a él.
— Ven más cerca — dijo, su voz ahora era un tono grave y bajo — Nadie puede ver esto.
Algo en su voz no era… mecánico. Era cálido. Casi emocionado. Me coloqué a su lado, pegada al muro. Él levantó la manta lentamente, como si revelara un tesoro antiguo. Y mi mundo se detuvo.
No supe procesarlo al instante, parpadeé varias veces. Me froté los ojos, negué con la cabeza. Pero seguía ahí. Era real. Un pequeño cuerpo tembloroso, suave, con respiración acelerada. Un cachorro, un perro. Vivo. Las imágenes de los libros antiguos se agolparon en mi mente: historias de familias, de lealtad, de juegos en jardines verdes, todo eso había desaparecido hacía años. Nos habían dicho que los animales domésticos fueron erradicados y ahora yo tenía uno frente a mí.
— Tócalo — dijo VR15, con una voz que no debería sentir — Es suave.
Extendí la mano despacio, casi temiendo romperlo. Mi piel rozó su pelaje tibio. El cachorro abrió los ojos apenas, y me olió la palma. Sentí algo dentro de mí abrirse como una puerta hacia un mundo que nunca conocí.
— Es un perro — continuó VR15 — Lo sabes, lo recuerdas por los libros — hizo una pausa — Quisieron… deshacerse de él. Yo lo tomé antes, no quería que lo lastimen.
— ¿Qué? — mi voz apenas salió — ¿Estás loco? Si alguien descubre esto… — Me temblaba la voz — Nos pasará algo muy malo.
No dejé de tocar al cachorro. No podía.
— Yo te voy a ayudar — aseguró él, firme — Llévalo contigo. En tu cubículo estará a salvo. Confío en ti.
— ¿Por qué… me confías esto? Ni siquiera me conoces.
VR15 sostuvo mi mirada. Y por primera vez, pude ver algo imposible: sentimientos.
— No soy… un robot normal. Creo que una… tuerca está mal ajustada — dijo, pero sin humor. Hablaba de algo roto. Algo hermoso. Lo entendí, él sentía como yo, como cualquier humano y lo estaba eligiendo todo… por eso.
— Está bien — dije, abrazando al cachorro contra mi pecho — Yo me encargo. Me aseguraré de que esté bien. Es… lo más hermoso que he visto en mi vida.
Una luz tenue se reflejó en los ojos artificiales de VR15. No era un brillo mecánico, era alivio.
— No lo llames perro — dijo, dando un paso atrás — Dale un nombre. Desde hoy, es tu familia.
Lo vi alejarse entre los muros, perdiéndose en la geometría gris. Me quedé sola, sosteniendo una vida imposible en mis brazos. No alcanzaba a dimensionar lo que estaba haciendo o lo que significaba, pero lo llevaría a casa. Mi familia entendería y si no lo hicieran, lo protegería igual. Mi abuela decía que "los perros eran los mejores amigos del hombre” y aquí solo había cucarachas y esas no eran amigas de nadie, pero ahora… yo tenía un milagro.
Abrí la puerta de casa casi sin respirar. Sentía el corazón golpeándome contra las costillas, como si temiera que el pequeño cuerpo cálido que llevaba escondido pudiera desaparecer si me detenía un segundo. Crucé la sala sin mirar nada y me metí directo a mi espacio: mi pequeño cubículo, mi refugio.
Los cubículos eran espacios fríos y perfectamente calculados, funcionales pero carentes de vida. Todo estaba diseñado con precisión: habitaciones pequeñas, muebles metálicos, horarios controlados y tonos grises que eliminaban cualquier rastro de calidez. Aunque tenían lo necesario para vivir, la monotonía y el orden artificial convertían el lugar en un espacio vacío, silencioso y opresivo. Coloqué al cachorro sobre la cama con extremo cuidado, como si estuviera hecho de cristal. Él se quedó quieto un momento, parpadeando con esos ojos enormes que parecían recién aprendiendo a ver el mundo. Pude observarlo bien por primera vez: su pelaje era gris, pero no ese gris apagado y uniforme de nuestras ropas, sino uno vivo, profundo, suave. Tenía pequeñas manchas café claro en las patas y una franja blanca en el lomo, y sus patas y parte de su pecho parecían pintadas por alguien con verdadera intención estética.
Se me escapó un suspiro. Mis dedos se deslizaron por su lomo, su pancita, sus orejas. No podía detenerme. Sentía algo despertarse en mí, algo que pensé extinto. Él me mordisqueaba la mano suavemente, con los dientes diminutos rozando mi piel, como si jugara. Entonces, en medio de mi silencio reverente, dejó escapar un pequeño ladrido, un sonido real, un sonido que creí que nunca escucharía en mi vida. Me quedé helada y luego rompí.
Grité.
Salté.
Reí.
Una lágrima me cayó sin aviso, caliente sobre mi mejilla. Era demasiada emoción para mi pecho pequeño. Pensé en mi abuela, ella habría llorado conmigo. Ella habría dicho: “Sabía que no todo estaba perdido.” El pecho me dolió. Me ardió. La extrañé tanto que el mundo se me hizo pequeño.
—¿Por qué haces tanto ruido? —La voz de mi madre atravesó el momento. Entró a la habitación con el ceño fruncido… hasta que lo vio. Su rostro se congeló, los ojos se agrandaron como si estuviera frente a un fantasma.
—Es… un perro — susurró—. Eso es imposible. El último que vi… ni siquiera estoy segura si fue real. Era tan pequeña…
Me senté junto a ella en la cama. La voz se me aceleraba mientras le contaba lo de VR15, el muro, la manta, la confianza inexplicable. Ella no me interrumpió. Escuchó todo con una concentración que rara vez le veía.
Cuando terminé, respiró hondo y me tomó la mano. —Hablaremos con tu padre y tus hermanos. Nadie sabrá esto. Se queda aquí. —Su voz era firme, determinada y protectora.
—¿Ya sabes cómo vas a llamarlo? —preguntó, y esta vez sonrió.
Miré al cachorro. Él también me miraba, como si esperara la decisión de su destino en mi voz. Sentí la respuesta naciendo dentro de mí sin buscarla.
—Se llamará Axel. Me gustaba lo que significaba. —Axel —repetí, tocando suavemente su cabeza.
—Es un nombre hermoso —dijo mi madre, levantándose— Ahora esta cosita necesita comer. Debe estar hambriento.
Fue a la cocina. Escuché el sonido de las puertas de la despensa, luego la nevera. Regresó con un poco de arroz frío y una pequeña porción de papilla de manzana. Lo puso frente a Axel y él olfateó primero… y después lo devoró.
—Yo también tengo hambre —reí, tocándome el estómago, que gruñía sin vergüenza.
Mi madre me abrazó por detrás, cálida, suave, como ella solía ser antes de que la vida la volviera gris también.
—Hija, no te preocupes —susurró en mi oído— La comida alcanzará. Haremos que alcance. Axel ahora es parte de nuestra familia.
—Sí. Lo es —respondí, acariciando la colita del cachorro. Era larga y en la punta tenía un destello blanco, como si guardara una estrella pequeña allí. Todo en él era maravilloso, era esperanza.
Después de cenar, pasé la noche cuidando al cachorro, intentando memorizar cada detalle y controlando mis palabras ante VR15. Le improvisé una pequeña casa con una caja y dejé todo preparado para que al día siguiente no pasara hambre ni calor. Mientras lo observaba dormir, sentí una paz extraña y una responsabilidad que me asustaba, consciente de que ahora solo quedaba yo para cuidarlo. Antes de acostarme, incluso le cosí un pequeño chaleco con ropa vieja, como un gesto silencioso de cariño.
Desperté empapada en sudor tras la misma pesadilla de siempre, en la que veía la ciudad destruida dentro de una burbuja sin poder hacer nada. La sensación de impotencia era tan real que me dejó paralizada, dudando de cuál de mis dos realidades era la verdadera. Luego me duché en el tiempo estrictamente permitido, bajo un sistema que controlaba cada segundo de agua y evidenciaba cómo incluso los actos más íntimos de la vida estaban completamente regulados.
Me preparé rápido para ir al Nivel y despedirme de Axel, a quien alimenté y vestí con la ropa que le había cosido, enternecida por su fragilidad. Salí de la casa en silencio, pensando en los pequeños rastros del pasado que aún sobrevivían. Mientras caminaba entre calles llenas de vehículos silenciosos y niños rumbo a escuelas donde el pasado estaba prohibido, me distraje y choqué con alguien, cayendo al suelo justo antes de descubrir su presencia al ponerme de pie.
—Aquí tienes. Sé más cuidadosa, no seas torpe —dijo con esa arrogancia tan característica. Keiren. Justo lo que me faltaba.
—Gracias —respondí, seria, conteniendo el temblor de mi voz.
—Todos son iguales. Estúpidos —murmuró mientras se daba la vuelta.
No. Esta vez no. No iba a dejarlo así. Lo agarré del brazo. —Mira, Keiren. Antes de criticar a todos los que te rodean, mírate tú. También cometiste un error; tú también pudiste evitar el choque.
Él se quedó en silencio un instante, sorprendido. Yo seguí caminando, con la cara ardiendo de enojo.
—¿Quién te crees? —preguntó, siguiéndome casi a tropezones.
—Soy una persona. Como tú. Con sentimientos, defectos, virtudes… y problemas, quizá peores que los tuyos —dije sin detenerme.
Él frunció el ceño. Pude ver la próxima palabra salir antes de que la dijera. —Pobrecita. Eso no significa que tengas que ir obstruyendo el paso. Niña tonta.
Ahora sí que me quemaba la sangre. —¡Basta! ¡Ogro horrible, desconsiderado! ¡Nefasto!
El silencio cayó sobre la calle. Algunas personas se detuvieron a mirarnos. Sentí la vergüenza atragantarme. Me di la vuelta y me fui, dejándolo ahí parado. No quería seguir discutiendo. No quería admitir que, por un segundo, había pensado que tenía… una cara linda. Sacudí ese pensamiento como si fuera polvo. Saqué mi Dup y escribí a mi mentor; necesitaba despejar lo que me quedaba de calma. Entré al edificio sintiendo que mi cuerpo era pequeño y el mundo enorme. Solo deseaba que el enojo se evaporara de mi pecho.
El enojo se desvaneció casi de inmediato cuando entré al vivero. Bastó respirar esos olores a fruta fresca y humedad para que mi cuerpo se relajara. Sentí, otra vez, que todo tenía sentido allí dentro. Caminé hacia el grupo de personas que hacía fila para colocarse el uniforme especial. Me formé detrás de una chica de tez morena que parecía nerviosa; jugaba con sus dedos, como si temiera hacer algo mal.
Cuando salí de la habitación, pasé a desinfectar mis manos, como siempre, y me dispuse a retomar mis actividades. Justo al frente estaba Keiren, mirándome con el mismo enojo con el que yo lo había visto antes. Aparté la vista antes de que siquiera pudiera decir algo. Y justo entonces, VR15 entró al salón. Caminé hacia él como si mis pies supieran hacerlo solos. El Bokly me llamó hacia un rincón, mientras el resto continuaba regando, limpiando hojas con cuidado casi sagrado, recogiendo semillas y revisando nutrientes.
—¿Cómo has decidido llamarlo? —preguntó con un tono serio, casi rígido. Supuse que lo hacía para que nadie notara su emoción.
—Axel —respondí con orgullo.