Camila y Rafael viven un romance perfecto, entre tardes de complicidad, risas e historias compartidas, descubren un amor puro y profundo que avanza hacia el compromiso. Sin embargo, en las sombras, la envidia enfermiza transformada en amistad se vuelve una obsesión oscura.
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capitulo 16
La panadería donde trabajaba Luisa era un lugar pequeño y acogedor, con olor a pan recién horneado y café recién hecho. Luisa los llevó a una mesa al fondo, lejos de los clientes, y se sentó con las manos entrelazadas sobre la mesa. Sus dedos jugueteaban nerviosamente, un reflejo de la ansiedad que la consumía por dentro.
—Llevo años sin hablar de esto
dijo Luisa, con voz apenas audible
—Intenté contarlo una vez, y nadie me creyó. Me llamaron mentirosa, me dijeron que era una prostituta que se había metido en problemas. Hasta mi propia familia dudó de mí.
Camila tomó sus manos con suavidad.
—Yo te creo, Luisa. Y él también te cree
—dijo, señalando a Rafael.
Luisa los miró largamente, como si buscara alguna señal de falsedad en sus ojos. No encontró ninguna.
—¿Qué quieres saber?
preguntó finalmente.
—Cuéntanos todo lo que recuerdes
dijo Camila.
—Desde el principio.
Luisa respiró hondo y comenzó a hablar. Su voz era temblorosa, y cada palabra parecía costarle un esfuerzo inmenso.
—Yo trabajaba en una fábrica textil en la zona industrial. Salía tarde, a veces de noche. Una noche, mientras caminaba hacia la parada del autobús, un coche se detuvo a mi lado. Dos hombres bajaron. No pude ver sus rostros, usaban máscaras. Me taparon la boca y me subieron al coche a la fuerza.
—¿Qué recuerdas del coche?
preguntó Rafael.
—Era oscuro, azul oscuro creo
respondió Luisa
—Olía a humedad, como si hubiera estado guardado por mucho tiempo.
—¿Y los hombres?
insistió Camila
—¿Recuerdas algo de ellos, Su voz, su altura, algo?
Luisa cerró los ojos, esforzándose por recordar.
—Uno era más alto que el otro, de complexión fuerte. El otro era más delgado, más bajito. Hablaban entre ellos, pero yo estaba asustada, no podía entender bien lo que decían. Recuerdo que uno de ellos tenía un acento particular, como de la costa. El otro hablaba más pausado, más tranquilo.
—¿Te dieron algo?
—preguntó Camila
—¿Alguna droga?
—Sí, o creo que si.
respondió Luisa, con el rostro pálido
—recuerdo que me inyectaron algo en el brazo. Después de eso, no tenía fuerzas pero estaba conciente. Recuerdo fragmentos, un lugar oscuro, frío, con olor a óxido. Recuerdo que grite... El dolor, el asco. Y luego... luego no se, recuerdo que terminaron y salieron fuera del lugar, como pude me arrestre y empecé a caminar, salí por una puerta tracera, y después no se, desperté en un hospital. No sabía cómo había llegado allí.
Camila sintió que el corazón se le encogía. lo terrible que vivió Luisa. Las dos habían sentido ese asco y humillación.
—¿No recuerdas nada más?
preguntó Rafael
—¿Algún detalle que te haya llamado la atención?
Luisa frunció el ceño, concentrándose.
—Hay algo... algo que vi antes de que me inyectaran. El hombre más alto, el de la voz pausada, tenía un tatuaje en el antebrazo. Era un símbolo extraño, como una serpiente enroscada alrededor de una daga. Solo lo vi un segundo, pero no lo he olvidado.
Camila y Rafael intercambiaron una mirada. Un tatuaje. Era un detalle concreto, algo que podían investigar.
—¿Podrías describirlo con más detalle?
preguntó Camila.
—Era negro, con líneas gruesas
dijo Luisa
—La serpiente tenía los ojos rojos, como si estuviera viva. La daga tenía unas letras debajo, pero no pude leerlas. Estaba muy oscuro.
—¿Viste ese tatuaje en algún otro momento?
preguntó Rafael.
—No
respondió Luisa
—Solo ese día. Pero cuando desperté en el hospital, me di cuenta de que tenía marcas en los brazos, como si me hubieran sujetado con fuerza. Y en mi ropa... encontré un botón. No era mío.
—¿Aún lo tienes?
preguntó Camila, con esperanza.
Luisa negó con la cabeza.
—Lo perdí. Me mudé varias veces, y en el caos de las mudanzas, se extravió. Pero recuerdo que era de un color gris oscuro, con un borde plateado. Como de un saco de hombre era muy refinado, como de plata original.
Camila sintió que la esperanza se desvanecía, sin una descripción clara de los rostros, no tenían mucho con qué trabajar. Pero el tatuaje era algo. Era una pista que podían seguir.
—Luisa
dijo Camila
—¿sabes si otras mujeres pasaron por lo mismo que tú?
Luisa asintió, con lágrimas en los ojos.
—En el hospital, conocí a una enfermera que me dijo que no era la primera. Que habían llegado otras mujeres en condiciones similares, todas drogadas, todas violadas. Algunas no sobrevivieron.
—¿Te dio nombres?
preguntó Rafael.
—No
respondió Luisa
—Pero me dijo que una de ellas había mencionado lo mismo que yo, el tatuaje de la serpiente y la daga. Que había visto a uno de sus agresores sin camisa y lo había visto en su pecho.
Camila sintió que la piel se le erizaba.
—¿En el pecho? Puede ser que todos los atacantes lo tengan...
—Sí
confirmó Luisa
—La enfermera me dijo que la chica lo había descrito como un tatuaje grande, justo sobre el corazón. Pero ella también estaba drogada, y no pudo recordar más.
Rafael quien tenía todo grabado en su teléfono, miro a Camila.
—Eso es importante. Si todas las víctimas mencionan el mismo tatuaje, es una prueba de que los mismos hombres está detrás de todo.
—Pero sin una identificación clara, no podemos acusar a nadie
dijo Camila, con frustración.
Luisa los miró con tristeza.
—Lo siento. Ojalá pudiera recordar más. Pero cada vez que intento, mi mente se bloquea. Es como si el trauma hubiera borrado todo.
Camila le apretó la mano.
—No tienes que disculparte. No es tu culpa. Lo que pasaste fue horrible, y el hecho de que estés aquí, hablando, es un acto de valentía.
Luisa rompió a llorar, y Camila la abrazó.
—Gracias
susurró Luisa
—Gracias por creerme.
Cuando salieron de la panadería, el aire fresco de la calle les golpeó el rostro. Rafael tomó la mano de Camila y la apretó con fuerza.
—No es mucho
dijo
—pero es algo. El tatuaje es una pista. Y si encontramos a alguna de las otras víctimas, tal vez podamos armar un rompecabezas más grande.
—Tienes razón
dijo Camila
—Pero necesitamos encontrar a alguien que haya visto el tatuaje con claridad. Alguien que pueda identificar a alguno
—Habrá que buscar más
dijo Rafael
—Richard está investigando a las otras víctimas. Tal vez alguna de ellas recuerde más.
De regreso a la ciudad, Camila no podía dejar de pensar en el tatuaje. Una serpiente enroscada alrededor de una daga. Era una imagen que le resultaba vagamente familiar, pero no podía recordar dónde la había visto.
—Rafa
dijo, mientras el tren avanzaba por el paisaje
—¿Crees que Fernando tiene ese tatuaje?
—Si todas las víctimas lo mencionan, es muy probable
respondió él
—Pero no podemos acusarlo sin pruebas más sólidas.
—Necesitamos ver su cuerpo
dijo Camila
—Necesitamos confirmar que tiene ese tatuaje.
Rafael asintió.
—Voy a ver cómo hago para poder comprobar si ellos tiene esos tatuajes, algo me inventare, ¿somos amigos, no? debe ser natural, no puedo enfrentarlos, y aunque quiera matarlos debo fingir y en medio de todo seré el mejor actor y obtendre esa prueba, descubriré si Rubén y Fernando o los tres tiene ese tatuaje.
—Y también tenemos que encontrar a Ana
dijo Camila
— La hermana de Rubén. Si ella también lo vio, podría ser una testigo clave.
El tren se adentró en la noche, y Camila sintió que la esperanza comenzaba a brillar nuevamente. Tenían una pista, tenían determinación, y tenían amor. Para ella era un gran comienzo.