En está historia veremos a una joven, dispuesta hacer lo que sea para salvar la vida de su mamá, pero, ¿Qué pasará con ella, si en el proceso se enamora? Los invito a leer.
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Cap. 5
Con una determinación feroz, subió a la tarima. El presentador, un autómata del espectáculo, le entregó el micrófono sin dudar.
— Eres fabulosa, amiga. Recuerda por qué estás aquí. — le susurró al oído, una promesa de fuego en la voz.
Entonces, Luchi estalló en un torbellino. Comenzó a bailar con una energía salvaje, sacudiendo su melena, acaparando las miradas para desviar la atención del sufrimiento de Sorimar. Era un acto de amor desesperado.
—¡Vamos, sigan apostando! ¡Miren a esta diosa, caída del cielo para enriquecerlos! Miren estas curvas perfectas, este cuerpo inmaculado. ¡Todo esto tiene un precio! —rugió con su estilo único, un desafío directo al dinero y al deseo.
Agarró la mano de Sorimar y la apretó hasta sentir la calidez, un ancla física. La miró a los ojos, una mirada que decía: "Resiste." Luego, con un giro abrupto, la expuso a la multitud, como una joya ofrecida al mejor postor.
Un rugido sordo ascendió de la sala. El aire se cargó de expectación y avaricia. Los hombres gritaban con indecencia, con morbo muy explícito.
En una esquina sombría, un hombre de edad, inmaculadamente vestido, con el peso del poder visible en su postura, se inclinó hacia adelante.
— Cuatro mil dólares por la señorita —su voz, grave y segura, cortó el murmullo.
Justo en ese momento, la puerta del club se abrió y un joven de belleza implacable, con un aura de peligrosa arrogancia, hizo su entrada. Su mirada barrió la escena, se detuvo en el hombre de la esquina, y una chispa de fría rivalidad encendió sus ojos.
— Quinientos mil dólares —el joven habló con una voz tensa, como un arco a punto de disparar.
El hombre elegante sonrió con diversión. — Seiscientos mil dólares por la señorita.
Las miradas de la multitud giraron entre el hombre maduro y el joven. Había más que una simple apuesta en juego; era una guerra privada. El joven lo observó con una frialdad cortante, y el ambiente se hizo denso con la amenaza de un ajuste de cuentas. Uno de ellos daría la estocada final.
— Un millón de dólares —dijo el joven, y la cifra resonó como un trueno en el silencio.
Todos se quedaron sin aliento. Era una cifra inaudita, un precio imposible de superar. Sorimar acababa de ser comprada. Su turno había terminado.
Eykl Cáceres había entrado en ese club con una misión: confrontar a su padre. Sabía que lo encontraría allí, lo que no imaginó fue encontrarlo apostando, apostando por la virginidad de una desconocida, mientras su madre yacía en casa, consumida por la enfermedad. El asco y la furia lo impulsaron. No iba a permitir que su padre consumara esa bajeza. Por ello, sin pensarlo dos veces, había apostado, y al final, había ganado la subasta.
Aún no había asimilado el peso de su acción cuando un hombre de traje se acercó.
—Señor, debe pasar por la oficina de Administración para los trámites.
— ¡Maldita sea! En un momento —espetó Eykl con un tono lleno de resentimiento.
“¡Maldición! ¿Qué demonios hice? ¿Cómo me involucré en esta estupidez?” La realidad lo golpeó: no había salvado a una chica; había pagado un millón de dólares para poseerla.
Mientras tanto, en la oficina, la señora Cleo recibía a Sorimar con una efusividad casi histérica.
— ¡Sorimar, eres un fenómeno! ¡El mejor show de la noche! Eres la chica mejor pagada en la historia de estas subastas —dijo, sus ojos brillando con avaricia satisfecha.
— Estoy... estoy en shock. Nunca imaginé ganar tanto. Por un instante quise rendirme, pero Luchi me dio el valor.
—Todo estuvo perfecto, querida. Pero lo que me hizo la noche fue ver padre e hijo apostando por ti —Cleo sonrió a carcajadas.
Sin embargo, Sorimar se tapó el rostro con las manos, la vergüenza y la incredulidad abrumándola. —¿Qué? ¿Era una competencia... entre padre e hijo? ¡Dios mío, qué humillación!
— Sí, la dinastía Cáceres. El señor Rodrigo Cáceres contra su hijo, el magnate Eykl Cáceres. Tienes una suerte increíble. Eykl es un joven codiciado, sí, pero es de esos hombres que jamás se enamoran. Tiene un corazón de piedra.
—Eso es lo de menos ahora. Lo último que me importa es el amor —murmuró Sorimar sintiendo que sus sueños morían un poco más.
—Disfrútalo, no todas tienen esa oportunidad —sentenció Cleo, desestimando la pena de la joven.
La conversación terminó. Cleo le entregó a la joven una llave y un manojo de ropa de seda negra. El atuendo para la entrega.
Sorimar había visto a Eykl en revistas, en redes, pero ni en otra vida podría imaginar perder su virginidad con él.
Eykl llegó a la oficina de Cleo con una furia contenida que apenas podía controlar. Se negó a sentarse, manteniéndose rígido en el umbral.
— Seré breve. No tengo interés en la chica. Deme el número de cuenta para la transferencia del millón de dólares —su voz era dura, cortante, diseñada para terminar con la situación.
— Me sorprende, joven. Pero es su decisión —la señora sonrió con astucia—. Sin embargo, antes debe leer y firmar este contrato, y por protocolo, debe ir usted mismo a hablar con la señorita. Son las reglas.
—¿Por qué tanto drama? Lo único que importa es el dinero.
— Lo siento. Es su deber cumplir con lo acordado —ella le entregó el contrato.
Eykl suspiró con arrogancia, leyendo el contrato como si fuera un trozo de papel sucio. Lo firmó de mala gana. Cleo le indicó la habitación y le dio una llave, el símbolo de su costosa victoria.
Sorimar aguardaba. En un rincón oscuro de su mente, daba gracias porque, si tenía que ser así, al menos sería con un hombre joven y apuesto. Solo le pedía al destino que fuera un caballero, que la tratara con una pizca de ternura. Cuando era una adolescente, había soñado con entregarse a un hombre que la amara y la respetara. No pedía un príncipe, solo una conexión real. Pero en la soledad helada de esa habitación, sus últimos sueños de inocencia morían con el giro de una llave.