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El Corazón Que No Se Apura

El Corazón Que No Se Apura

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Romance / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:181
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Lucía tiene 8 años, pero su corazón y su mente crecen despacio, muy despacio. En un mundo que todo lo apura, ella vive a su propio ritmo, con la inocencia de una niña que ve flores en cada rincón y amor en cada sonrisa. Su vida cambia cuando conoce a Julián, un chico que aprenderá a ver el mundo con sus ojos. Juntos, descubrirán que lo más importante no es llegar primero, sino disfrutar del camino… y que el amor, por muy lento que sea, siempre llega.

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CAPÍTULO 19 El mundo en contra

La noticia corrió por San Pedro más rápido que el viento de primavera que deshojaba los manzanos.

No pasó ni una semana desde la visita al médico, y ya todo el pueblo lo sabía: la chica esa, la que no era como los demás, estaba esperando un bebé. Y el padre… bueno, el padre era Julián, el carpintero, el que la había criado desde niña, el que vivía solo con ella en la casita amarilla desde que murió la abuela.

La gente se dividió en dos bandos bien claros.

Estaban los que los querían, los que los conocían de verdad: Doña Clotilde, que cada mañana dejaba una bolsa con fruta y leche en la puerta sin tocar ni llamar; Don Humberto, que duplicó los encargos de carpintería para que Julián tuviera más dinero sin tener que irse lejos; las viejas señoras que antes habían hablado mal y ahora se turnaban para llevar remedios caseros, mantas tejidas a mano y consejos que nadie les había pedido; los chicos del pueblo, que pasaban por el taller solo para preguntar si necesitaban ayuda con algo. Ellos no veían nada raro. Solo veían a dos personas que se habían querido despacio durante años, que habían sido familia antes que cualquier otra cosa, y que ahora iban a tener un hijo. Para ellos, era natural. Era bueno.

Pero estaban los otros. Los nuevos. Los que no habían estado ahí el día que Lucía repartió dibujos por todo el pueblo. Los que no habían visto a Julián cuidar a la abuela enferma noche tras noche. Los que no sabían nada de promesas bajo las estrellas ni de flores secas guardadas nueve años en un libro. Los que solo escuchaban rumores y juzgaban sin mirar. Y esos… esos hablaban mucho. Y hablaban feo.

Julián lo notó desde la primera vez que salió a comprar al pueblo después de la noticia.

Entró en la tienda de Doña Clotilde con la lista de la compra en una mano, saludó, y de repente se hizo el silencio. Los tres clientes que había ahí —dos maestras nuevas y una enfermera que llegaba hacía dos meses— se callaron de golpe, se miraron entre sí, y luego empezaron a murmurar tapándose la boca con las manos, sin quitarle los ojos de encima a él. Julián apretó los dientes, hizo como que no oía, pagó lo que necesitaba y salió. Pero las palabras llegaron hasta él, claras, cortantes como navajas:

—¿No te da vergüenza, Doña Clotilde, venderle cosas a esa gente?

—Es una aberración. Él la crió… ¡casi es su padre! Y ahora se aprovecha.

—Y ella… pobrecita, no entiende ni lo que le pasa. No sabe ni lo que es ser madre. ¿Cómo van a criar a un niño esos dos? Es un delito. Alguien debería hacer algo. Deberían llamar a asistencia social.

Julián salió caminando rápido, con las manos apretadas en puños dentro de los bolsillos, sintiendo cómo la rabia le subía caliente por el cuello. Quiso volver. Quiso entrar y decirles cuatro verdades. Quiso gritarles que no sabían nada, que ellos eran lo más bueno que le había pasado en la vida, que Lucía era más buena, más sincera, más llena de amor que todas ellas juntas. Pero se contuvo. Sabía que si gritaba, les daría la razón. Sabía que tenían que ser fuertes. Por el bebé. Por Lucía.

Pero no fue la última vez.

Cada vez que salían juntos a caminar por la plaza, la gente se apartaba como si tuvieran una enfermedad contagiosa. Las madres agarraban fuerte de la mano a sus hijos y se las llevaban para otro lado cuando los veían pasar. Los chicos nuevos del pueblo se reían a carcajadas y hacían gestos obscenos cuando Julián no miraba. Una mañana incluso apareció un papel escrito a mano, con letras grandes y feas, clavado con un cuchillo en la puerta amarilla de su casa: *“LARGENSE DE AQUÍ. NO LOS QUEREMOS. PERVERTIDOS”*.

Julián lo arrancó de un tirón antes de que Lucía lo viera, lo rompió en mil pedazos y lo quemó en el fogón de la cocina, con el corazón apretado de rabia y de miedo. No le dijo nada. No quería que ella se enterara. No quería que nada le arruinara esa felicidad tan dulce, tan nueva, que la hacía levantarse cada mañana con una sonrisa y hablarle bajito a su barriga como si el bebé ya pudiera contestarle.

Pero Lucía no era tonta.

Su mente no entendía chistes sucios ni malas intenciones, pero entendía las energías, las miradas, los silencios que caían de golpe cuando ellos llegaban. Notaba que la gente se apartaba. Notaba que hablaban bajito y luego se reían. Notaba que Julián volvía del pueblo cada día más serio, más callado, con la mandíbula apretada y los ojos oscuros de rabia contenida. Y eso le dolía. Mucho.

Una tarde, después de haber oído a dos mujeres comentar en voz alta en la panadería *“pobre criatura, va a nacer en esa casa”*, Lucía salió caminando despacio, con la bolsa de pan en una mano, y se sentó en el bordillo de la plaza, en el mismo sitio donde había estado hacía nueve años cuando le dio la primera margarita a Julián. Se quedó ahí un buen rato, mirando sus zapatos, con una sensación fea, fría, en el pecho que no sabía cómo llamar.

No entendía por qué. ¿Qué habían hecho ellos mal? Solo se querían. Solo iban a tener un bebé. Solo eran familia. ¿Por qué todo el mundo los odiaba de repente? ¿Por qué los miraban como si fueran monstruos?

No lloró. No hizo ruido. Solo se quedó ahí, callada, pensando despacio, juntando piezas que no encajaban, hasta que una sombra cayó sobre ella.

Alzó la vista.

Era una mujer alta, delgada, vestida con un traje gris impecable, el pelo castaño recogido en un moño apretado que no dejaba ni un solo pelo suelto. Tenía la cara alargada, los labios finos apretados en una línea recta, y unos ojos pequeños y grises que la miraban a ella como si fuera un insecto raro que acababa de encontrar en el suelo. En la mano llevaba una libreta negra de tapa dura, idéntica a la que Julián le había descrito tantas veces en sus pesadillas.

Lucía sintió que se le helaba la sangre de golpe.

No la conocía. Nunca la había visto antes. Pero en el mismo instante en que sus ojos se encontraron, supo, con una certeza fría en el estómago, que esta mujer era mala. Que venía a hacerles daño. Que era la sombra de la que Julián hablaba siempre en susurros.

La mujer se agachó un poco, solo lo justo para quedar a su altura, y sonrió. Pero no era una sonrisa de verdad. No llegaba a los ojos. Era fría. Calculada.

—Hola, Lucía —dijo, y su voz era tan seca como su ropa—. Soy Doña Carmen. Trabajo ayudando a los niños y a las familias que lo necesitan. He venido a verte a ti.

Lucía se quedó quieta. No dijo nada. Apretó más fuerte la bolsa de pan contra el pecho.

Doña Carmen miró a su alrededor, asegurándose de que nadie los escuchara, y luego volvió a mirarla, con esa mirada que la desvestía, que la juzgaba, que le medía cada centímetro como si fuera un objeto. Sus ojos se detuvieron un segundo en su barriga, todavía pequeña, casi no se notaba bajo el vestido holgado, y su sonrisa se ensanchó un poco más, de una forma que a Lucía le dio escalofríos.

—He oído cosas muy bonitas de ti —siguió diciendo la mujer, con esa voz dulce falsa que asusta más que los gritos—. Oí que eres muy buena. Que te gustan los animales. Que haces dibujos preciosos. Pero también oí… oí que ahora vas a tener un bebé. ¿Es verdad, Lucía?

Ella tardó en responder. Tragó saliva. Miró a los ojos grises de la mujer, y luego negó con la cabeza muy despacio. No sabía por qué. Solo sabía que no debía decirle nada. Que no debía confiar.

—No… sé —mintió, con la voz temblorosa.

Doña Carmen soltó una risita corta, fría. Le pasó un dedo por el borde de la libreta negra, despacio, como si acariciara a un animal.

—Claro que sí, corazón —dijo—. No hace falta que te escondas. Yo solo quiero ayudarte. Verás… hay sitios muy bonitos, limpios, con gente que sí sabe cuidar bien de las niñas como tú. Y para los bebés también. Mucho mejor que una casa vieja, sola, con un hombre que no te conviene. Allí te darán de comer, te vestirán, te enseñarán todo lo que tienes que saber. No tendrás que trabajar, no tendrás que aguantar miradas feas. Serás muy feliz. ¿Te gustaría eso? ¿Irte conmigo a un sitio mejor?

Lucía se puso de pie de un salto.

Ahora ya no tenía dudas. Esta mujer quería llevársela. Quería quitarla de su casa. Quería quitarla de Julián. Quería quitarle su bebé. El miedo que sentía se transformó de repente en algo más fuerte: en rabia. En protección. En lo mismo que Julián sentía siempre por ellos. Dio un paso atrás, lejos de ella, apretó los puños con fuerza, y dijo, muy clara, muy fuerte, más fuerte de lo que había hablado nunca en su vida:

—No.

Doña Carmen levantó una ceja, sorprendida.

—¿No? ¿Segura, Lucía? Porque si no vienes conmigo de buena… puedo hacer que vengas de mala. Tengo papeles. Tengo poder. Puedo decir que esa casa no es lugar para una niña como tú. Puedo decir que Julián te hace daño. Puedo quitarte al bebé en cuanto nazca. Y nadie me va a detener. Nadie me va a creer a ti antes que a mí. ¿Entiendes?

Lucía sintió que las piernas le temblaban. Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas que se negaba a dejar caer. Pero no dio ni un paso más atrás. Miró a la mujer a los ojos, y dijo, lenta, firme, cada palabra bien puesta, como se las había enseñado Julián cuando tenía miedo:

—Mi… casa. Mi… Julián. Mi… bebé. No… se los… doy. A nadie. Nunca.

Y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió caminando rápido, pero sin correr, hacia la casita amarilla. No miró atrás. Ni una sola vez.

Llegó jadeando a la puerta. La abrió de un empujón, la cerró con llave, pasó el cerrojo, y luego se dejó caer por dentro, apoyada en la madera, respirando hondo, con el corazón latiéndole a mil por hora.

Julián salió corriendo del taller al oír el ruido. Tenía serrín en las manos, el delantal puesto, y en cuanto la vio pálida, temblando, con los ojos llenos de lágrimas que no caían, se le acercó de inmediato, la agarró por los brazos con cuidado.

—¿Qué pasa, cielo? ¿Qué te hicieron? ¿Dónde estabas? Te dije que no salieras sola.

Lucía lo miró. Y entonces se rompió. Se lanzó contra su pecho, agarrándose fuerte de su camisa, y lloró. Lloró de verdad, fuerte, con sollozos que le sacudían todo el cuerpo, todo el miedo, toda la rabia, todo lo que había guardado callado durante semanas. Julián la alzó en brazos, la llevó al sofá de la sala, la sentó en su regazo, la abrazó fuerte, la meció despacio, le dijo una y otra vez al oído que ya estaba bien, que él estaba ahí, que nadie le haría daño, que no la dejaría nunca.

Cuando por fin se calmó, le contó todo. Despacio. Palabra por palabra. Le contó de la mujer de gris. De la libreta negra. De lo que le había dicho. De la amenaza. De que quería llevársela. De que quería quitarle al bebé.

Cuando terminó, Julián no dijo nada durante mucho rato.

La tenía abrazada, su cara apoyada en la coronilla de su pelo, y sentía cómo su propio corazón latía desbocado, no de miedo… sino de una rabia fría, ciega, que le recorría todo el cuerpo como fuego. **Doña Carmen.** Había vuelto. Después de nueve años. Y esta vez no venía solo a mirar y anotar. Venía a cumplir lo que había amenazado hacía una eternidad. Venía a destruirles la vida. A quitársela a ella. A quitarle a su hijo.

Sintió ganas de salir corriendo, de buscarla, de gritarle, de pelear. Pero luego miró a Lucía, que seguía temblando en sus brazos, con una mano puesta protectora sobre su propia barriga, y entendió que eso no servía de nada. Tenía que ser más listo. Más fuerte. Tenían que luchar. Pero con la cabeza. No con los puños.

La apartó un poquito para mirarla a los ojos. Le secó las lágrimas con el dorso de los dedos, muy suave. Y le habló despacio, claro, para que le entrara cada palabra bien adentro:

—Escúchame bien, Lucía. Muy bien. Esa mujer… Doña Carmen… no va a llevarte a ninguna parte. No va a quitarte a nuestro bebé. No va a entrar en esta casa nunca más si yo no lo permito. ¿Me oyes? Tú tienes razón. Esto es tu casa. Yo soy tuyo. Este bebé es nuestro. Y nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a separarnos. Ni ella. Ni el pueblo. Ni los papeles. Ni nadie. Vamos a pelear. Los dos juntos. Como siempre. ¿Vale?

Lucía asintió tres veces, fuerte, segura. Apretó su mano contra la suya sobre su barriga.

—Juntos —repitió.

Esa misma noche, cuando Lucía se quedó dormida en su cama, abrazada a una almohada, Julián se sentó a la mesa de la cocina con una vela encendida y un cuaderno nuevo. Pasó horas escribiendo. Hizo una lista de todo lo que tenían que hacer: hablar con el abogado del pueblo, conseguir todos los papeles, testigos, hablar con todos los que los querían para que firmaran a su favor, arreglar la casa, ahorrar cada peso, preparar todo, todo, para cuando ella volviera. Porque volvería. Lo sabía. Era cuestión de tiempo.

Mientras escribía, de vez en cuando levantaba la vista y miraba hacia el pasillo, hacia donde dormían sus dos amores. Afuera, la noche estaba oscura, silenciosa. Pero en su pecho no había silencio. Había una determinación de hierro.

Había jurado ante la abuela Rosa que nunca dejaría sola a Lucía. Había jurado bajo las estrellas. Había jurado esa misma tarde sobre la barriga de ella a su hijo por nacer.

Y ahora, más que nunca, iba a cumplirlo.

Pase lo que pase.

Venga quien venga.

Incluso si era todo el mundo en contra.

No los iba a separar.

Nunca.

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