Micaela es una joven humilde y llena de sueños que gana una beca para estudiar Literatura en una de las universidades más importantes del país.
Allí conoce a Nicolás, el director: un hombre atractivo, poderoso y verdadero dueño de la universidad.
Todos conocen su fama: relaciones ocultas con alumnas y un corazón que nunca se queda con nadie.
Pero cuando Micaela llega, algo empieza a cambiar.
Ella no quiere dinero ni poder, solo estudiar y salir adelante.
Aun así, el amor aparece cuando menos se espera, incluso donde no debería existir.
#Contiene: #RomanceProhibido #DirectorYAlumna #DiferenciaDeEdad
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capitulo 17: nada que temer
Micaela no sabía ni qué pensar al ver al director parado en la puerta, con la mirada fija en los estudiantes como un león a punto de atacar. Ellos, asustados, no se atrevieron a mirarla y siguieron su camino con pasos apresurados.
Luego, el director dirigió su intensa mirada hacia Micaela, como si el uniforme que llevaba le causara un ligero tormento.
Ella bajó la vista al ver que se acercaban unos profesores y continuó caminando, sintiendo cómo él la seguía con la mirada hasta que desapareció de su vista.
Más tarde, entrada la noche, llegó el padre de Micaela a la casa. Recorría todo con mirada crítica, asegurándose de que todo estuviera en orden según sus reglas.
Micaela sentía que los nervios y la inseguridad volvían a apoderarse de ella, especialmente porque su padre había invitado a su compadre Ramón, el padre de Sisi.
Los dos hombres conversaban en la mesa con actitudes autoritarias, y Micaela no podía evitar sentirse incómoda ante su presencia.
—Al casarme con San Diego, ella ya tenía un hijo de medio y no era virgen, pero aun así la acepté; me enamoré y ella sabe cómo son las cosas —dijo Ramón, presumiendo su postura machista.
—Qué enseñanzas le habrán dado en su hogar —murmuró Hernán, mirando a Micaela—. Yo me encargaré de que Micaela sea una muchacha correcta, para un solo hombre, y que llegue al matrimonio como debe ser.
Micaela se puso nerviosa, pues sabía muy bien a qué se refería su padre y también sabía que ya no cumplía con esas expectativas.
No quería que él lo notara, así que se levantó con cuidado y tomó su plato.
—Ya terminé, iré a mi cuarto a hacer las tareas —dijo en voz baja, tratando de parecer tranquila, aunque por dentro estaba hecha un manojo de nervios.
—Vaya pues, mija no me baje ese promedio —le dijo Hernán con su tono autoritario de siempre, dejando claro que no era un simple consejo.
Micaela solo asintió. Ayudó a su madre a organizar la cocina y luego se retiró a su habitación, dejando atrás a su padre y a su compadre, que continuaban hablando con comentarios machistas.
༺༻ DÍAS DESPUÉS ༺༻
Con el paso de los días, el director decidió confiar en las palabras de Micaela y dejó de lado cualquier intención de investigar lo ocurrido.
Kenta, por su parte, no se sentía satisfecha, sino incómoda y llena de rabia. Había notado la cercanía entre el director y la becada, algo que le molestaba profundamente. Cada vez que él mandaba a llamar a Micaela a su oficina, Kenta lo percibía, y eso solo hacía crecer su enojo.
Lo cierto era que, cuando Micaela entraba a la oficina del director y quedaban a solas, terminaban besándose, aunque siempre se detenían antes de que pasara algo más. Él la deseaba, pero se controlaba, algo que incluso a él mismo le resultaba extraño, pues nunca antes se había puesto límites con una mujer.
En esos días, cuando a Fabián le tocaba dar la clase en el salón 122, el director le decía que él se encargaría. Poco a poco, aquello empezó a parecerle extraño. Por eso, una tarde, al verlo regresar a su oficina después de la clase, Fabián se levantó de su asiento, decidido a preguntarle qué estaba pasando.
—Mi querido director, cuénteme ¿cómo es que de la noche a la mañana le dio por dar la clase por mí? Si antes ni le gustaba y hasta decía que era pésimo en eso. Dígame, ¿cuál es la razón? —preguntó Fabián, esperando que le dijera la verdad.
—Ahora le tengo cariño a esa materia, Fabián. Gracias por haberla llevado tan bien —contestó el director, mientras escribía rápidamente en su computadora.
Fabián no quedó del todo convencido, pero decidió no preguntar más. Para sí mismo pensó:
Vaya, tanto cariño por la clase aunque conociéndolo, seguro hay algo más que le gusta de este salón. Sí, debe ser otra cosa que no tiene nada que ver con los libros.
Al día siguiente, Micaela, como siempre, entraba a la oficina del director, ya fuera para entregarle libros, pedir uno que necesitaba, o simplemente para encontrarse con él y compartir un beso furtivo.
Esa vez, necesitaba un libro y, al mismo tiempo, se sentía un poco apenada frente a él, sin saber muy bien cómo pedirlo.
—Director de la Vega yo sé que no le gusta prestar sus cosas, pero ¿me podría prestar un libro que solo tiene aquí en su oficina? —dijo al fin Micaela, bajando la mirada y jugando nerviosa con sus manos.
Él se levantó y se acercó a ella.
—Señorita Chávez, tome el libro que quiera, no me importa prestárselo —dijo, levantándole suavemente el rostro.
Ella alzó la mirada y lo miró de manera tierna, luego caminó hacia la estantería. Tomó el libro que necesitaba mientras él la observaba con un brillo de admiración y un deseo que apenas podía contener. Después, el director se volvió a sentar y, con delicadeza, la guio hasta su regazo, como a él le gustaba. Micaela se acomodó, y los dos compartieron un beso, olvidándose de que la puerta no tenía seguro.
De repente, la puerta se abrió y entró Fabián con una sonrisa de medio lado. —Oh, ya entiendo —dijo—, y cerró la puerta para abrirla de nuevo y agregar—: ¡Póngale seguro! Y luego la volvió a cerrar rápidamente.
Micaela, asustada, se bajó del regazo del director.
—S-señor director creo que el profesor se dio cuenta — tartamudeó Micaela, con la cara roja de vergüenza.
—No se preocupe, señorita Chávez. Fabián no va a hablar de lo que vio. Esté tranquila.
—Le aseguró el director con confianza. Pues conocía a Fabián y sabía que guardaría el secreto.
Micaela asintió sin cambiar su expresión y salió de la oficina con el libro en su pecho. Fabián, que esperaba afuera, simulaba hablar por teléfono, pero entró rápidamente a la oficina del director al verla salir.
—¿Qué necesita, Fabián? —preguntó el director, aunque ya imaginaba la respuesta.
—¿Qué pasa, director? ¿Por qué no me dijo que la becada era la razón por la que quería dar clase en el salón? ¿Es una aventura o ya le llegó el amor? —preguntó Fabián con una sonrisa buscando detalles.
El director se quitó las gafas de los ojos, se levantó y se paró frente a la ventana. La pregunta de Fabián lo había tomado por sorpresa, dejándolo confundido, pues ni él mismo se había atrevido a hacerse esa pregunta.
—No sé, Fabián no sé qué siento por ella. Solo sé que cada día necesito verla, besarla, sentir su dulzura —admitió, sin darse cuenta de que se estaba sincerando demasiado con Fabián.
—¿Quién lo iba a imaginar? —murmuró, y luego se dirigió al director—. Bueno, mi querido director, como buen amigo, le digo que no se quede con la duda. Aclare sus sentimientos, porque esa chica se ve que lo adora.—Y con eso, salió de la oficina, dejando al director pensativo.
Al cabo de segundos, Fabián llegó al aula 122. Micaela lo vio entrar y se azoró. Se sentía abrumada por la vergüenza y deseaba que la tierra se la tragara, entonces comenzó a sentir que todo le daba vuelta y terminó por desmayarse.