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El precio de desafiar al heredero

El precio de desafiar al heredero

Status: Terminada
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.

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Capítulo 5

El vestido era negro, largo hasta el tobillo, con un escote en la espalda que Emilia no habría elegido sola. Patricia lo había mandado con una nota: "Para la subasta. No acepto devoluciones ni excusas."

Emilia se miró en el espejo del baño. El vestido le quedaba como si alguien hubiera tomado sus medidas en secreto — probablemente Patricia lo había hecho, era capaz de calcular una talla con una mirada y un abrazo. Se recogió el pelo en un chongo bajo, se puso los aretes de plata que tía Beatriz le había regalado y salió al pasillo.

Sebastián la esperaba en la entrada. Traje gris oscuro, corbata negra, zapatos recién lustrados. Cuando la vio, su mirada bajó del chongo al escote de la espalda y volvió a subir. No dijo nada. Le ofreció el brazo.

—¿Lista?

—¿Es necesario que vaya?

—Sí.

Emilia tomó su brazo. El saco de Sebastián olía a lavandería y a cedro frío.

El salón de subastas en Polanco era un espacio de techos altos con candelabros de cristal y meseros que circulaban con charolas de champán. Emilia contó tres exgobernadoras, un director de cine, la heredera de una cadena hotelera y al menos cuatro personas que había visto en las noticias. El murmullo era discreto pero cargado de intención — la mitad de las conversaciones eran negocios disfrazados de cortesía.

Marcos apareció de entre la multitud con un traje azul marino que le quedaba demasiado bien para alguien que, según Patricia, "nunca se toma nada en serio."

—Preciosa —le dijo a Emilia, besándole la mejilla—. Te ves increíble. Primo, ¿por qué nunca me invitas a estas cosas? Tuve que conseguir mi propia invitación.

—Porque la última vez rompiste un jarrón Ming —dijo Sebastián sin inflexión.

—Era falso.

—Era de la dinastía Song. Y era mío.

Marcos se calló.

Emilia sonrió. La dinámica entre los dos primos le divertía — Marcos era el único que parecía no tenerle miedo a Sebastián, aunque los momentos de valentía le duraban poco.

La subasta comenzó a las nueve. Las piezas desfilaron en una pantalla al fondo del salón: un cuadro de Tamayo, un reloj suizo de 1892, una escultura de bronce que a Emilia le pareció pretenciosa. Sebastián no levantó la paleta una sola vez. Observaba todo con la misma mirada que le dedicaba a los contratos — analítica, paciente, sin prisa.

Hasta que apareció el lote 17.

Una pieza de jade verde oscuro tallada en forma de ruyi — el cetro ceremonial chino que simboliza buena fortuna y cumplimiento de deseos. Jade de primera agua, certificado, con detalles de nubes y setas tallados a mano. Emilia se inclinó hacia adelante en su silla. Los ojos le brillaron.

—Qué hermoso —murmuró.

Sebastián la miró de reojo. Levantó la paleta.

El precio subió rápido. Ocho millones. Diez. Catorce. A los dieciséis, la mayoría de los postores se retiraron. Quedaron dos: Sebastián y un hombre de cabello plateado al otro lado del salón.

Dieciocho millones. El hombre de cabello plateado dudó.

—Veinte —dijo Sebastián. Sin levantar la voz.

El salón se quedó en silencio. Veinte millones de pesos por una pieza de jade en una subasta de beneficencia. El hombre de cabello plateado negó con la cabeza y bajó su paleta.

—Adjudicado al señor Mendoza —dijo el subastador.

Los murmullos llenaron el salón como una ola. Marcos se inclinó hacia Emilia:

—Tu prometido acaba de gastar lo que vale un edificio en una piedra —susurró—. ¿Segura que no le gustas?

—Es solo una pieza de arte —dijo Emilia, con las mejillas rojas.

—Preciosa, a ese hombre no le importa el arte.

Emilia no supo qué contestar. Sebastián volvió la mirada al frente como si acabara de comprar un café.

Después de la subasta, un mesero se acercó con una copa de vino blanco en una charola. Emilia extendió la mano. La mano de Sebastián interceptó la copa un segundo antes de que ella la tocara. La devolvió a la charola con un gesto mínimo y le puso un vaso de agua mineral enfrente.

—No bebas cosas que no te sirvieron directamente —dijo, con el mismo tono con el que habría dicho "buenas noches."

—¿Perdón?

—No conoces a esa persona. No sabes qué hay en esa copa.

Emilia abrió la boca para protestar, pero la lógica del argumento le cerró la boca antes que la autoridad. Tomó el agua mineral. La bebió sin ganas.

Marcos, que había observado todo desde la mesa de al lado, se acercó con su propia copa de champán.

—¿Te confiscó la copa?

—Me la cambió por agua.

—Clásico Sebastián. —Marcos se terminó su champán de un trago—. ¿Sabes? De niño me quitaba los dulces si los abría antes de la cena. Tiene un problema con el control. Pero —bajó la voz— también es el único que se acuerda de traer los dulces.

Emilia no supo qué hacer con esa información. La guardó junto con las notas adhesivas de la lonchera y la chamarra que todavía olía a fuegos artificiales.

Al salir, Sebastián le puso la mano en la espalda baja para guiarla entre la multitud. Los dedos le rozaron la piel expuesta por el escote del vestido. Emilia sintió el contacto como una descarga que le subió por la columna. No se apartó. Él tampoco retiró la mano hasta que llegaron al Phantom.

---

En el auto, de regreso, el silencio pesaba.

—No soy una niña —dijo Emilia, mirando por la ventana.

Sebastián no levantó la vista de su teléfono.

—Entonces no actúes como una.

Emilia giró la cabeza. Lo miró con los ojos entrecerrados. Sebastián seguía leyendo su teléfono como si no hubiera dicho nada particularmente provocador.

El silencio se estiró tres cuadras.

Luego Sebastián sacó una bolsa de papel de entre el asiento y el descansabrazos. Se la pasó.

Emilia la abrió. Adentro había una paleta de caramelo artesanal de limón — de las que vendían en un puesto a la entrada del salón, hechas a mano, envueltas en celofán con un listón amarillo.

—Para que no te enojes —dijo Sebastián, sin levantar la vista del teléfono.

Emilia lo miró. Miró la paleta. Miró por la ventana para que él no viera que estaba sonriendo.

No pudo. Se rio. Una risa corta, involuntaria, que le aflojó los hombros y los puños.

—Eres imposible —dijo, quitando el celofán—. Me regañas por la copa y luego me compras una paleta como si tuviera seis años.

—Si tuvieras seis años no te habría regañado por la copa.

—¿Y por qué me regañas a mí?

Sebastián levantó la vista del teléfono. La miró con esos ojos de obsidiana que siempre parecían saber más de lo que decían.

—Porque puedo.

Emilia se quedó callada. Se metió la paleta a la boca para no tener que contestar. El caramelo era ácido y dulce al mismo tiempo — exactamente como todo lo que tenía que ver con Sebastián Mendoza.

Se comió la paleta entera mirando las luces de Reforma pasar por la ventana. Sebastián volvió a su teléfono. Ramón conducía sin hacer ruido. La ciudad pasaba al otro lado del cristal como una película nocturna que nadie había pedido ver pero que ninguno de los dos quería apagar.

Cuando llegaron al departamento, Emilia dejó el palito de la paleta en la bolsa de papel arrugada y se bajó del auto. Se detuvo antes de entrar al lobby.

—Sebastián.

Él la miró desde el otro lado del Phantom.

—Gracias por la paleta —dijo. Y luego, más bajo—: Y por la copa. Tenías razón.

No esperó su respuesta. Entró al edificio con el vestido negro y los tacones repicando contra el mármol.

En la cajuela del Phantom, el ruyi de jade viajaba en una caja acolchada. Veinte millones de pesos en una piedra que él no tenía intención de conservar: al día siguiente sería donada a la colección didáctica de la ANBA a nombre de Emilia Velasco.

1
Mirta Bernaccki
no entiendo bien. ambos padres decidieron por ellos a casarlos y de pronto están viviendo en el mismo techo, q paso con Beatriz y Patricia? media descabellada está novela. leo un poco más pero creo q la corto. no entiendo está trama rara
Gladys Medina
me disculpan pero no entiendo porque tiene que pegarle como si fuera una niña y el su papá, me lo podría alguien explicar por favor
Gladys Medina
que me disculpe la escritora pero todavía no entiendo la novela ni la actitud de Emilia no se la leo pero sigo en las nebulosas, hay cosas que no me cuadran, logico, no escribe solo para mi pero no sé
Gladys Medina
no entiendo, porque se fue a vivir con el, no se han casado, que paso quede en las nebulosas sinceramente, me salte alguna hoja, Dios
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