Novela +18.
Vivir en un matrimonio político no es tan maravilloso cuando tu marido te desprecia. pero Rosaline tomará las riendas de su vida y al duque también. Porque ella es la duquesa.
NovelToon tiene autorización de Melany. v para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11 — Donde todos nos pueden ver
Después de lo ocurrido con Gabriela el aire en la casa cambió, no fue algo evidente para todos, pero yo lo sentía en cada paso que daba por los pasillos, en la forma en que los sirvientes ahora dudaban antes de ignorarme, en cómo algunas miradas se inclinaban con más rapidez y otras se apartaban con cuidado; no había ganado todo, pero había dejado claro que no iba a seguir cediendo sin respuesta.
Aun así, había algo que no me dejaba en paz.
No era Gabriela.
Era él.
Esa forma en que la había detenido, ese tono que usó con ella, esa pausa antes de hablar… había algo ahí que no encajaba con la distancia que siempre mostraba.
Lo encontré en su despacho, como siempre, rodeado de papeles, con la misma postura recta, como si nada a su alrededor pudiera alterarlo, pero yo ya sabía que eso no era del todo cierto.
Cerré la puerta sin anunciarme.
—Tenemos que hablar.
Levantó la vista despacio, sin sorpresa.
—Suena serio.
—Depende de cómo respondas.
Me acerqué sin rodeos, apoyé las manos sobre el escritorio y lo miré directo.
—Quiero saber por qué Gabriela se comporta así contigo.
Dejó la pluma, entrelazó los dedos y se tomó un segundo antes de responder, no con evasión, sino con calma.
—Porque ha estado aquí más tiempo que muchos.
Fruncí el ceño.
—Eso no explica por qué actúa como si tuviera derecho sobre ti.
Su mirada se sostuvo en la mía sin titubeo.
—Porque confunde lealtad con cercanía.
—¿Y tú se lo has permitido?
—No.
La respuesta fue inmediata, firme, sin espacio para dudas. Eso me hizo observarlo con más atención.
—¿Nunca pasó nada entre ustedes?
No se movió, ni un gesto, ni una duda.
—No.
Lo dijo con una seguridad que no buscaba convencer, simplemente afirmaba.
—Ni antes, ni ahora, ni en ningún momento —añadió, bajando un poco la voz—. No tengo nada con Gabriela, Rosaline.
Ese tono me obligó a sostenerle la mirada un segundo más.
—Entonces deja de permitir que actúe como si lo tuviera.
Se levantó, rodeó el escritorio con calma y se detuvo frente a mí.
—No lo permito.
—Lo parece.
—Lo parecía —corrigió, sin dureza—. Y ya viste que no lo tolero.
Había verdad en eso, y me molestó reconocerlo porque me quitaba argumentos.
—Ella no lo va a aceptar tan fácil.
—No necesito que lo acepte —respondió—, necesito que lo entienda de que hay otra persona quien manda aquí en esta casa.
—¿Y si no lo hace?
Sus ojos se fijaron en los míos. Hubo un silencio breve, pero no incómodo.
—Yo no voy a competir con una sirvienta —dije, bajando la voz—, pero tampoco voy a ignorar lo que hace.
—No tienes que hacerlo.
—Entonces respáldame cuando sea necesario.
—Lo haré.
Lo dijo sin dudar.
Eso me hizo respirar distinto.
—¿Por qué?
—Porque eres mi esposa.
No añadió nada más. No hacía falta.
Se acercó un poco más, su presencia cambiando el aire entre nosotros.
—Y porque no necesito a nadie más en ese lugar.
Mi pulso se alteró sin permiso. Su mano se movió con esa seguridad que ya conocía, deslizando los dedos bajo la tela de mi vestido, encontrando mi pierna sin pedir permiso, como si ese contacto fuera parte de una conversación que no necesitaba palabras.
Mi respiración se cortó apenas.
—A veces hablas mucho —murmuró cerca—. Cuando solo debes comunicarte conmigo de esta manera y me rendiré a tus pies.
Sus dedos se movieron apenas, suficiente para que mi cuerpo reaccionara.
—Si así lo quieres—lo tomé del cuello y le hable firme—. No quiero que te retracte de lo que me dijiste.
—No.
Lo admitió sin esfuerzo. Lo miré, intentando mantener el control.
Me aparté un paso, no porque quisiera, sino porque sabía que si me quedaba más tiempo iba a ceder antes de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Tengo cosas que hacer. Si Gabriela se vuelve a interponer en lo que hago yo misma la echaré.
—Por supuesto. Eres la duquesa después de todo.
No respondí, me giré y salí sin darle más espacio.
Porque tenía razón.
Los días siguientes trajeron visitas, muchas, demasiadas, mujeres que hablaban con sonrisas suaves y ojos que medían cada detalle, hombres que fingían cortesía mientras evaluaban cuánto peso tenía yo en esa casa.
El salón principal se llenó otra vez, voces bajas, abanicos moviéndose, miradas que se cruzaban como si yo no pudiera notarlas.
—Duquesa —dijo una de ellas con amabilidad calculada—, finalmente tenemos la oportunidad de conocerla.
—El gusto es mío.
Se sentaron sin esperar, como si ya conocieran las reglas.
—Nos preguntábamos si ya se siente cómoda aquí.
—Lo suficiente.
—Debe ser un cambio grande —añadió otra—, adaptarse a una casa con historia… y con costumbres marcadas.
—Las costumbres cambian cuando dejan de ser útiles. Y aquí hay mucha.
Una risa baja recorrió la mesa.
—Hemos oído que revisa las cuentas.
—Es correcto.
—¿Y entiende lo que ve?
La miré sin sonreír.
—Entiendo lo suficiente para notar lo que se ha manejado por inercia.
Otra mujer inclinó la cabeza.
—El duque siempre ha llevado bien su casa. No veo porque deba meterse.
—Pero ahora la lleva conmigo.
El silencio fue claro.
—¿Él está de acuerdo?
Antes de responder sentí su presencia.
—Lo estoy.
Su voz fue tranquila, pero suficiente para cambiar todo.
Se acercó hasta quedar a mi lado.
—Mi esposa tiene mi respaldo —añadió, sin mirar a nadie más que a ellas—, cualquier duda pueden consultarla directamente con ella.
No dejó espacio para más preguntas.
Las sonrisas cambiaron, las voces también, todo se volvió más cuidadoso.
La reunión siguió, pero ya no era lo mismo.
Cuando finalmente se levantaron para irse, las despedidas fueron más formales.
El salón quedó en silencio.
No me moví.
—No necesitabas intervenir —dije.
—Lo sé.
—Lo hiciste igual.
—Sí.
Lo miré.
—No soy débil.
—Nunca lo pensé.
—Muchos sí.
—Se equivocan.
—¿Tú también?
Se acercó apenas.
—Me equivoqué en cuánto ibas a tardar en demostrarlo.
Eso me hizo sostenerle la mirada.
Sus ojos bajaron un segundo, luego regresaron a los míos.
—Hoy estuviste a la altura de esta casa.
—Porque es mi casa.
Sentía su cercanía, el peso de su mirada, la forma en que el ambiente entre nosotros cambiaba cuando no había nadie alrededor… o incluso cuando sí lo había.
Fue entonces cuando lo noté.
Gabriela.
De pie al fondo, en la sombra del corredor, observándonos sin disimulo.
Sus ojos no estaban en mí.
Estaban en él.
Y eso encendió algo dentro de mí que ya no era duda.
Lo miré a él una vez más.
—Dijiste que no hay nada.
—No lo hay.
—Bien.
No esperó lo que hice después.
Me acerqué sin pedir permiso, sin avisar, sin darle tiempo a reaccionar demasiado, tomé su rostro con firmeza y lo besé.
No fue un gesto tímido, tampoco breve.
Como una afirmación.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba un instante antes de responder, su mano subiendo a mi cintura, sosteniéndome como si no fuera a permitir que me alejara tan fácil.
No me aparté de inmediato.
Tampoco él.
Cuando lo hice, lo miré de cerca, sin bajar la vista.
—De ahora adelante, dejaré en claro que eres mío.
Su mirada tenía algo distinto. La atención que me fuí ganando. Me abrazó suavemente y detrás de él, Gabriela no se movió.
Pero no hacía falta.
Su expresión lo decía todo.