SIN ESPOILER
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NADIE TOCA A LA SEÑORA MORETTI
Las puertas de acero del sótano de la mansión Moretti se abrieron lentamente.
El lugar estaba iluminado por unas cuantas lámparas que apenas rompían la oscuridad.
Dos guardias permanecían inmóviles junto a la entrada.
En el centro de la habitación, sentado en una silla y bajo vigilancia, estaba Mateo.
Tenía el rostro serio, pero en cuanto vio entrar a Lorenzo, sonrió con desprecio.
—Vaya... el flamante novio ya es todo un esposo.
Lorenzo caminó con paso firme hasta quedar frente a él.
Su expresión era completamente serena.
Precisamente esa calma era la que más imponía respeto entre quienes lo conocían.
—Espero que hayas reflexionado sobre lo que hiciste en mi boda.
Mateo soltó una risa burlona.
—¿Reflexionar?
Escupió las palabras con desprecio.
—Lo único que hice fue decir la verdad. Esa mujer...
Volvió a insultar a Valeria con palabras despectivas.
Los guardias intercambiaron miradas.
El ambiente se volvió pesado.
Lorenzo permaneció inmóvil.
—Termina esa frase.
Mateo sonrió con arrogancia.
—¿O qué?
—¿Vas a defender otra vez a esa...?
No terminó la oración.
Lorenzo dio un paso al frente.
No levantó la voz.
Pero toda la habitación quedó en silencio.
—No vuelvas a faltar al respeto a mi esposa.
Mateo soltó otra carcajada.
—¿Tu esposa?
—Sí.
La señora Moretti.
Y cada vez que pronuncies su nombre con desprecio, me estarás faltando al respeto a mí.
Mateo negó con la cabeza.
—Parece que el gran Lorenzo Moretti perdió la cabeza por una modelo.
Los guardias tensaron la postura.
Conocían perfectamente aquella mirada de su jefe.
Era la misma expresión que aparecía cuando alguien cruzaba un límite que jamás debía cruzarse.
Lorenzo habló con una calma inquietante.
—¿Sabes cuál fue tu error?
Mateo sonrió con soberbia.
—Ilumíname.
—Creer que podías entrar en mi casa...
Arruinar el día más importante de mi vida...
Insultar a mi esposa frente a mi familia...
Y marcharte como si nada hubiera ocurrido.
El silencio volvió a llenar el sótano.
Mateo intentó sostenerle la mirada.
Pero, por primera vez, comenzó a sentirse incómodo.
Lorenzo dio otro paso.
—Durante años muchos me han llamado el líder más temido de Italia.
No porque disfrute la violencia.
Sino porque nunca permito que alguien ataque a mi familia.
Su voz seguía siendo tranquila.
Controlada.
—Valeria ya no está sola.
Ahora lleva mi apellido.
Y quien la ofenda...
También me ofende a mí.
Mateo intentó aparentar seguridad.
—¿Eso es una amenaza?
Lorenzo negó lentamente.
—Es una advertencia.
Los guardias permanecían inmóviles.
Nadie se atrevía a interrumpir.
Lorenzo continuó:
—Te equivocas si crees que el respeto se consigue con insultos o provocaciones.
El respeto se gana con los actos.
Y hoy demostraste que no sabes lo que significa esa palabra.
Mateo guardó silencio.
Por primera vez, ya no tenía una respuesta burlona.
Lorenzo hizo un gesto a los guardias.
—Asegúrense de que permanezca aquí mientras resolvemos este asunto por los canales que corresponden.
Los hombres asintieron de inmediato.
—Sí, señor.
Antes de salir, Lorenzo se detuvo junto a la puerta.
Sin girarse, dijo con voz firme:
—Si vuelves a insultar a la señora Moretti, las consecuencias serán mucho más serias. No confundas mi paciencia con debilidad.
Abrió la puerta.
La luz del pasillo iluminó brevemente la habitación.
—Entiende algo, Mateo.
Mi responsabilidad como líder es proteger a mi familia.
Y cumpliré con esa responsabilidad cada vez que sea necesario.
Las puertas de acero se cerraron lentamente.
El eco del cierre resonó en todo el sótano.
Mateo quedó solo, en silencio.
Por primera vez desde que había irrumpido en la boda, comprendió que Lorenzo no era un hombre que actuara por impulsos.
Era alguien que hablaba poco, pero cumplía cada una de sus decisiones.
Y eso era precisamente lo que había hecho de Lorenzo Moretti una figura respetada y temida dentro del mundo de la mafia italiana.